La Chacarita

"Con Luciana nos sentamos en el medio, yo junto a la ventana. Papá seguía hablando con el tío Lelo mientras le cebaba mates. Mamá y la tía Tona estaban sentadas en los asientos de adelante nuestro, hablaban rápido y en guaraní. Siempre usaban esa lengua cuando pasaba algo malo. De la boca de la tía Tona salieron varias veces las palabras “La Chacarita”. Luego mamá se paró y fue directo a los últimos asientos".

Debajo del árbol

"Esperarás, como cada año, el regalo debajo del árbol. Sabrás que serán ellos quienes... uno de ellos, quien lo coloque antes de salir. Serás parte del teatro, que ella olvidó su pañuelo, que la noche en casa de la tía estará fresca. O será él, que olvidó entrarle el agua los perros o ponerle la música fuerte para que se distraigan de los cohetes de la medianoche".

El menos peor

"Julio insistió con un hijo, yo hubiera preferido un gato. Cuando llegamos el lugar estaba poblado de mocosos sucios y desabrigados. El sol aumentaba el olor de haberse bañado muy poco. Tenían los pelos duros, las narices empolvadas y los pies descalzos. El lugar era un desarmadero de niños".

Línea roja

"Las tardecitas de verano eran de fútbol en la cuadra de mi barrio. Paola, la mediocampista, elegía su equipo. Del otro lado Verónica se enfrentaba en su elección. Algunas tardecitas la línea dividía por colores favoritos: rojo o azul; otras veces por gustos de helado: dulce de leche o vainilla".

Eduardo Galeano: tres libros de uno de los escritores que nos marcó a fuego y nos enseñó a ser capaces de mirar lo que no se mira pero que merece ser mirado

Eduardo Germán María Hughes Galeano, nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940. En 1960 inició su carrera periodística y años después, tras el golpe de Estado de 1973 fue encarcelado y tuvo que exiliarse a Argentina. En 1976 fue añadido a varias listas negras por lo que tuvo que exiliarse nuevamente, esta vez a España, donde escribió la trilogía Memoria del fuego. Nueve años después regresó a Montevideo.

El día que morí un poquito

Algo se murió y cuando digo algo no solo hago referencia a ese cuerpo inamovible que reposa en ese cajón, que ni siquiera se parece al que nos dio la mano en vida. Hablo de otra cosa, una cosa que no se descubre el día en el que ese cuerpo dejó de respirar ni en los días anteriores de agonía cuando todos suponían que no había vuelta atrás. Que no había más nada por hacer. De un instante al otro dejas de ser una persona para convertirte en un cuerpo, un cuerpo que no se ríe, ni se enoja, ni se agita. Un cuerpo parecido a una masa amorfa que pronto se convertirá en cenizas.