Julián Alejo tenía 30 años cuando empezó su transición. Sabía que no iba a ser fácil. Es más, casi se arrepiente. Pero cuatro años después, le llegó su DNI. A diez años de la sanción de la Ley de Identidad de Género, una historia que muestra la importancia de la ampliación de derechos.

Por Agustina Gonzalez

“¿Por dónde se empieza?” Se pregunta Julián frente a su cámara del celular. La voz se le quiebra pero contiene el llanto. Con su mano izquierda se toca la cara que poco a poco le está cambiando, y con la derecha, sostiene su documento de identidad. Son las diez de la noche del martes 25 de enero del año 2022, hace cuatro años que empezó su transición. “Esto es increíble, porque te acerca a que el día de mañana no tengas miedo cuando te vayan a nombrar” afirma.  

Hace diez años el Congreso de la Nación sancionó la Ley 26.743. Un 9 de mayo del año 2012, con 55 votos a favor y una abstención, el Senado de la Nación Argentina reconoció el derecho a la identidad. Hoy, 12.655 personas obtuvieron su DNI conforme al género que perciben, distinto al que les asignaron al nacer. Julián Alejo Bovio es uno de ellos. Lo festeja y cuenta un pedazo de su historia en un video que publica en su cuenta de instagram. Más tarde, nos abre la puerta de su casa para mostrar quién fue y quién es hoy. “Cuando uno nace se toma toda su vida para encontrar quien es. Para una persona trans es nacer dos veces, es armar esa persona. Yo siento que en mi caso es rearmar una persona de cero” afirma. 

—¿Cómo fue el proceso del cambio?

— No hubo un quiebre, no hubo un día en que me levanté y dije quiero cambiar. Analizando para atrás con mi psicóloga y con amigues fuimos viendo distintos indicios desde que era chiquito. Vestimenta, la necesidad de congeniar y fraternar  con los chicos. Siempre estaba con los varones. En el recreo me iba a jugar a la pelota con ellos y no es porque condiciona a un género, pero era una necesidad, imitaba los gestos, las formas, me quería vestir igual. Yo me sentía más cómodo cuando me daban una remera suelta y odiaba ponerme vestidos, me deprimía. Cuando empecé a ser adolescente ya me pintó  no querer ponerme vestidos. Yo quería andar con un jeans, una remera y siempre andaba con una gorra puesta, era lo único que me identificaba. Con la psicóloga estuvimos haciendo una cronología y vimos fotos de cuando yo era chico y me dice ¿Acá ves a Julián? ¿Acá no ves a Julián? Todas fotos que son específicas y veo un poco de lo que soy ahora. Formas de vestir, formas de pararme, de moverme, lo descubrimos pero ya estaba ahí. Julián apareció hace cuatro años. Estaba muy incómodo con mi género biológico y un día vino mi hermana a comer a casa y hablando de todo un poco le dije mira yo no me siento mujer, fue una charla muy copada. Un día estaba muy ahogado de todo, saqué un pasaje a Mendoza, después me fui a la costa  y sentí que algo había cambiado. Fue un viaje increíble, me había encontrado con un montón de cosas mías y volví pensando en cambiar la vestimenta, y obviamente con el miedo de afrontar todo lo que es el cambio de género cuando tenés 30 años. Una cosa es cuando tenes 15 años, que recién arrancas la vida, pero otra cosa es 30 años después de haber vivido tanto. Fue pasando el tiempo, fui encontrando que era lo que me pasaba, me fui sintiendo más cómodo con el cambio de guardarropas, hasta que un dia le dije a amigxs y familia,  yo no me quiero llamar más el nombre (no lo digo porque me da un poco de nostalgia). 

—¿Qué es lo que te da nostalgia? 

—Es un nombre con el cual no hice el proceso de recordarlo con amor, Jimena sufrió muchísimo, tenía un hueco en el corazón que se llenó el día que se encontró con Julián. 

—¿Por qué Julián Alejo? 

—Julián es el personaje que adoptaba cada vez que jugaba con mis amigues y con mi hermana a la casita. Yo siempre era el papá. En esta casa yo me crié y en el fondo vivía una familia con dos hijos y eran como mis amiguitos de la infancia y jugábamos siempre en el patio, y cuando había que jugar al papá y a la mamá yo era el papá. Siempre era el papá y siempre era Julián. Era un nombre que estaba ahí siempre y me hacía sentir cómodo. Por eso cuando llegó el momento de elegir el nombre me llamé Julián. Alejo vino por osmosis, fue buscar un segundo nombre que pegara. 

—¿Cómo fue el momento en que te entregaron el documento? 

—El día que vi la cédula y vi mi cara y vi mi nombre, las primeras dos lágrimas fueron raras. Fue algo rarísimo. Es muy difícil dejar quien fuiste por treinta años. Yo te cuento todo lo bueno de lo que me está pasando, pero yo tengo treinta años de vida siendo otra persona. Mi segundo nombre era el nombre de mi mamá, y que no exista más eso me genera muchas cosas difíciles, son muchos recuerdos, muchas sensaciones. Volver al barrio también fue fuerte, chocarme con mucho del pasado. Estar viviendo en esta casa es procesar un montón de ausencias que no las tuve que procesar viviendo afuera de este lugar. Cuando falleció mi vieja, después se murió el papá de mi mamá, se murió mi abuela, se murió mi tío, se murió mi viejo. Fueron tres años donde perdí a mucha familia. Gente que conoció  a Jimena y hoy soy Julián.  Hay un montón de vecinos que me conocen desde que caminaba en pañales por la vereda y hoy no saben quien soy. Es raro, porque te miran y no saben quien sos, es muy loco ver  a la gente que me vio crecer y ser otra persona y por otro lado está bueno que no me reconozcan porque significa que el cambio está funcionando.

Cuando Julián habla de su transición recalca que cada uno lo vive de manera diferente y que no hay una sola forma de hacerlo. Tiene un grupo de amigxs trans con los que comparte experiencias y a pesar de vivirlo de diversas maneras,  la finalidad es la misma: la búsqueda de la identidad. Confiesa que un día quiso tirar todo por la borda: “No voy a negar que una vez me arrepentí, llevaba tres meses de hormonado, y un día me levanté cansado de transicionar. De tener que ir a kinesio y que me llamen con el nombre anterior. Y dije bueno ya fue, me dejo de hormonar, me dejo crecer el pelo, me vuelvo a depilar, y a la mierda todo. Me cansé. Fue un día donde me cansé de tener que construir esta identidad. Y después se me pasó”. 

Espera hacerse la mastectomía este año a más tardar en agosto, para llegar al verano cicatrizado. Según la ley, todos los tratamientos médicos que implican la transición deben ser cubiertos por el Plan Médico Obligatorio tanto en el ámbito público como privado.  “Lo que siempre sueño es tener un verano en el cual pueda estar con el torso desnudo y no  tener que preocuparme por las miradas. Es mi meta”. 

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