Por Pedro Benitez

La helada del crudo invierno atravesaba las paredes de chapa y madera de la casa. Esa mañana mamá nos bañó apresuradamente. Nos metió en una palangana gigante a Luciana y a mí. En los inviernos nos bañaba en la cocina. El agua estaba tibia, no quemaba como la mayoría de las veces. Las piernas de mamá iban y venían del placard de la pieza del fondo. Nos puso nuestra mejor ropa, la menos gastada. A Luciana la vistió con un vestido de color bordó con unas flores bordadas amarillas. A mí me puso un jean con una  camisa blanca. Nos tiró perfume por toda la cara y salimos corriendo por las escaleras del conventillo.

Fuimos hasta la casa de las tías Tona y Cachola, que quedaba a dos cuadras de la nuestra. Ellas vivían frente a las vías del tren, detrás de Caminito. Cuando llegamos a la esquina justo pasaban los vagones  a paso de tortugas escupiendo arena y piedras. Me di cuenta que del otro lado nos estaban esperando a nosotros. Entre cada vagón que pasaba veía la silueta de mis familiares:  Dani «el gordo», Ruben «el negro», Corchito en brazos de la tía Cachola y la tía Tona con sus tres hijos. Y por último el tío Lelo junto a su colectivo azul con líneas amarillas y un número gigante arriba del vidrio que decía Línea 64. También estaban algunos  vecinos del conventillo chusmeando con caras pálidas.

El tío Lelo vestía una camisa celeste, hablaba con  papá, mientras tenía la mano apoyada sobre su hombro. Ambos estaban nerviosos. Luego  golpeó dos veces la puerta del colectivo y gritó —¡Dale, suban! Los chicos primero— como quién invita a una excursión. Mis primos ninguno hablaba, apenas nos saludamos chocando las manos.  

Con Luciana nos sentamos en el medio, yo junto a la ventana. Papá seguía hablando con el tío Lelo mientras le cebaba mates. Mamá y la tía Tona estaban sentadas en los asientos de adelante nuestro, hablaban rápido y en guaraní. Siempre usaban esa lengua cuando pasaba algo malo. De la boca de la tía Tona salieron varias veces las palabras “La Chacarita”. Luego mamá se paró y fue directo a los últimos asientos.

En el fondo, en el centro, estaba la tía Cachola. Pálida, no se movía, tenía la mirada fija en el espejo que estaba sobre el asiento de chofer del colectivo, controlando la palanca de cambios que movía el tío. Llevaba puesto un vestido negro, opaco, viejo. Lo único con vida, era el pelo corto rojo furioso que le llegaba hasta las orejas. En los costados estaban sentados sus cinco hijos, mis primos.

En el pasillo estaba parada una pareja que era vecina nuestra. Anastasio era un gordo de largos bigotes blancos, le decía a la mujer eufóricamente —Y ahora qué va a hacer sola, con los cinco hijos, encima tiene un bebé de tres meses— Sulmira, la mujer respondió –Encima no trabaja y tiene ese perro policía que vive encadenado—. Hacía referencia al perro que tenía el papá de Dani, que era una especie de ovejero alemán. Años más tarde nos enteramos que la policía de la comisaría 24 se lo había robado.

Afuera llovía fuerte sin ganas de parar.  Me parecía una aventura viajar con la familia en un colectivo. Nunca nos habíamos alejado  tanto del Riachuelo. Luciana apoyó su mano en mi cabeza y la presionó junto al vidrio. —¿Qué haces nena?, grité. —Te estoy jodiendo llorón, ¿no sabes lo que pasó, no?— me dijo en forma burlona. Al rato vino el gordo Sergio saltando entre los asientos. —Dicen que le dieron diez tiros. Que mató a un policía y tenía una mochila llena de plata. Ahora está metido en un cajón de madera, mi mama me dijo que se lo tenía merecido y que ahora íbamos a despedirlo—. El gordo me llevaba un año de diferencia y como dos cabezas. Parado en los asientos rozaba el techo. A Dani, le llevaba un año de diferencia, y ahora un padre. 

Cuando llegamos a Chacarita y cruzamos el portón de hierro alto, el aire comenzó a ser más denso. Aunque no había nadie. Parecía que en los días de semana moría menos gente. Caminamos por un pasillo angosto comandado por  la Cachola que iba alrededor de sus hijos todos con las manos entrelazadas. Como si fueran nudos a punto de estallar. Hasta que llegamos a un auto negro con ventanas largas que tenía abierto el baúl. Papá se adelantó con un pequeño trote y al llegar metió el brazo con la camisa remangada y estiró un cajón gastado marrón  con manijas de cuero alrededor. El papá de Dani estaba metido ahí adentro. O eso había dicho el gordo Sergio.

Agarraron el cajón por las manijas, de un lado mi papá con el tío Lelo y del otro lado Anastasio con mi mamá. Seguimos caminando, yo era el último con una vista panorámica. El pasillo era ancho rodeado de piedras enterradas, algunas estaban quebradas. Estaban acompañadas con cruces envueltas de  plantas disecadas. Había también  velas de distintos tamaños y colores. Gordas, flacas, petisas, amarillas, violetas, negras. Encendidas unas al lado de las otras. Yo miraba el cajón con la fuerza de un imán. Miraba al marido de la tía. Imaginaba su cuerpo golpeando por las paredes de madera. La lluvia estaba frenando de a poco. Al viejo comenzaba a darle calor y transpiraba. El agua que salía de su piel se mezclaba con la llovizna, formando un pequeño humo que salía de sus pelos. El gordo Sergio se reía con Luciana comentando algo de la tele. Sulmira, la vecina con sus grandes aretes y collares hasta la cintura susurraba con la Tona señalando al difunto y a la viuda. La tía Cachola comenzó a quebrarse. Sus piernas se doblaron y con sus rodillas  golpeó la pequeña lluvia del piso. Papá paró la marcha del cajón. Y la tía comenzó a agarrarse de los ojos, de su pelo corto rojizo y lloraba. Lloraba al igual que la lluvia. Mamá la abrazó por la espalda haciéndose una bola negra de tela húmeda.

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