La exitosa película que se estrenó en diciembre del 2021 trajo diversos análisis centrados en cómo se vive la maternidad. Con una estética, fotografía y actuaciones brillantes, la obra se convirtió en una de las favoritas por los críticos de cine. En la siguiente nota compartimos dos visiones diferentes.

Por Malena Bianca & Agustina Gonzalez

La gran mayoría de las notas que circulan dan cuenta del éxito de la película de Netflix, brindan información sobre su directora, Maggie Gyllenhaall, la obra original de la mano de la autora italiana Elena Ferrante, y las destacables actuaciones. Sin embargo, hay otra dimensión que a veces suele olvidarse cuando se escriben críticas cinematográficas: lo que la historia te hace sentir. Pareciera que se trata de un parámetro básico, y lo es, pero en el fondo una película nos gusta o no; nos remueve emociones o pasa desapercibida. La cadencia narrativa de La hija oscura hace que el planteo se diluya y genera una gran ansiedad por terminarla para conocer el final, porque en el mientras tanto, parece que nada sucede ni sucederá.

El tema que busca mostrar la película es sumamente interesante, siendo el interrogante principal: ¿Se puede dejar de querer a los hijes? En una cultura, casi a groso modo, podría decirse universal, se enseña a las mujeres que su mayor acto de realización en la vida será ser madres. Desde los feminismos y con el correr de los años, se puso en discusión esta certeza. Hoy hay mujeres que tienen mayor libertad para decidir no tener hijos, incluso desde la creación de la pastilla anticonceptiva como método preventivo. Más todavía, la conquista por el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo frente a situaciones en las que ocurre un embarazo no deseado.

Pero, ¿Qué pasa con las maternidades que dejan de querer a sus hijes? Tal vez, pensaron en un momento que deseaban transitar ese camino y después distintos motivos fueron convirtiendo el trabajo (porque debemos decir que criar un ser humane es un trabajo) en una tarea opresiva. Ese mensaje busca transmitir la película, a través de la experiencia de Leda, una profesora académica, que en su momento estuvo casada y tuvo dos hijas, pero que con mucha culpa comenzó a sentir que no era feliz en esa vida. La culpa de sentir que sus hijas le molestan y son ellas quienes le roban la posibilidad de ser una mujer plena. Se trata de poner en palabras sentimientos que están vedados para las feminidades: estas obligada a disfrutar y encontrar la dicha en la maternidad, sino sos una mala madre, una persona horrible y una paria social que merece ser el chivo expiatorio de todo lo reprendible de la sociedad.

Tamara Tenenbaum reflexiona en su libro “El fin del amor” acerca de la maternidad, los mandatos y el deseo. Resulta casi necesario tomar su perspectiva del deseo para comprender a Leda: “El deseo no tiene nada que ver con los deberes y obligaciones”. Ahí entra en crisis la idea que se tiene sobre la maternidad perfecta, no decimos que no exista el proyecto o el deseo de maternar, pero el deseo no es estanco, al contrario fluctúa y cambia con el tiempo. No se puede ser la madre ideal indefinidamente.

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Muchas veces surgen críticas sobre distintas películas, donde se suele decir “no pasa nada”. La pregunta es ¿Qué sucede cuándo no pasa nada? Acostumbrados a que los productos que vemos en Netflix nos tengan con el pochoclo en la mano, La hija oscura, como tantas otras obras que manejan ritmos similares, nos ubica en otro lugar como espectadores para que no solo nos sumerjamos en la trama si no también en la belleza de la estética y de la fotografía. 

La película que protagoniza Olivia Colman tiene escenas largas, donde solo se ve a la actriz principal mirar el desenvolvimiento de una madre, que podría ser ella, con su hija. La observa detenidamente. Uno se puede preguntar qué le genera esa escena a Leda, si es tristeza, arrepentimiento o un dilema moral. Y también qué le genera al espectador, ¿le incomoda? ¿lo perturba? Y no solo eso puede suceder por lo que plantea la trama si no también  por los tiempos en que lo hace.  

Por otro lado, la narrativa lo que busca es dar lugar a los silencios. Que de alguna forma u otra, la familia del marido de Nina (Dakota Jhonson) rompe, generando un bullicio que a Leda le produce incomodidad.  Se trata de una familia numerosa con tinte mafiosa que se presenta en la playa y luego en el cine, como creyéndose dueña del lugar que perturba la tranquilidad que la protagonista fue a buscar en sus vacaciones. Y que de cierta manera también le recuerdan al bullicio de su antigua casa, con Bianca y con Martha, que lloraban y hablaban sin parar, como cualquier niñe de su edad. 

En una de las escenas de Leda con Nina,   en la que se encuentran en la feria del pueblo y conversan acerca de la familia y la felicidad. Nina le pregunta a Leda por sus hijas. Leda, con los ojos llorosos, le responde que se había ido, que las había abandonado por tres años. ¿Cómo se sentía no tenerlas? Preguntó Nina. Leda responde que se sintió increíble. Lo interesante de esta escena es que Leda responde con tristeza.  No parece un arrepentimiento por haber dejado a sus hijas si no más bien la culpa por haberse sentido bien y por haber explotado al máximo su vida cuando ética y moralmente no le correspondía. 

Cuando más arriba hablábamos de la dimensión personal que nos genera una ficción y queremos atribuirlo a la cotidianeidad, es interesante preguntarse cuántas veces escuchamos de mujeres que crían solas a sus hijes. Todes conocemos una historia similar. Sin embargo, pocas veces escuchamos historias de mujeres que abandonan a sus hijes y éstos quedan a cargo de su padre. Pero nadie se pregunta dónde está el padre de esos niñxs cuando la historia es a la inversa. Ahora bien, cuando una mujer abandona a sus hijes, el revuelo y el desprecio que se genera es mucho mayor. 

¿Por qué la recomendamos? Porque es una producción que te invita a pensar pero también te genera incomodidades y ciertas contradicciones. No apuesta a que empatices con la protagonista ni la ubica del lado del bien o del mal. No busca en el espectador un cómplice si no más bien lo interpela desde una perspectiva más profunda.

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