La saga Matrix regresa en simultáneo al cine y al streaming de HBO Max- signo de los tiempos-  casi 20 años después, con una cuarta entrega llamada Resurrecciones. Y la pregunta esencial es ¿por qué?

Por Javier Califano

La trilogía de Matrix se podría resumir así: una inmensa obra maestra que influyó durante años el género de la ciencia ficción. Aquella primera película de la franquicia Matrix sustentó, en buena parte, nuestros escritos universitarios sobre los temas filosóficos y no tuvimos reparos en adoptar consideraciones estéticas prestadas de sus personajes en el vestir urbano.  Inmediatamente llegó una pasable secuela que derrochó todo o parte de su presupuesto en una dantesca  escena de persecución y un final,  Matrix Revoluciones, para muchos, más fallida de lo que cabría esperar. 

Veinte años no es nada, dice la letra de un tango, pero en este universo de propiedades intelectuales y Matrix Resurrecciones es una película que primero pretende dirigirse a los fanáticos,  pero no oculta su intención de querer ser didáctica para seducir a una nueva y curiosa audiencia. Nobleza obliga, hay un cierto placer en encontrar a Neo,  Trinity y demás ataviados héroes de vinilo y cuero  de la Matrix. La nostalgia es el primer elemento clave de esta resurrección, en particular, a través de las múltiples – y literales-  superposiciones de la primera película. Pero lamentablemente hasta ahí llega todo lo que se pueda ofrecer.

En Matrix Resurrecciones, Thomas Anderson (el siempre jovial Keanu Reeves) es un diseñador de juegos de gran éxito que ha creado un juego inmersivo llamado… The Matrix . Todo lo que hemos visto en la trilogía original es ese mismo juego, y sus hilos narrativos se deslizan en The Matrix: Resurrections en la forma de los recuerdos  que atormentan al buen Anderson. Para combatir esta locura en constante avance, nuestro otrora héroe se entrega a una dieta constante de pastillas azules y al diván de su psicoanalista (siempre extraordinario Neil Patrick Harris). Pero eso solo evita los delirios de Thomas hasta cierto punto. Todavía ve al amor de su vida, Trinity (una inoxidable Carrie- Anne Moss), en una cafetería, pero ahora ella es Tiffany, una socavada mujer casada, madre de dos centennials malcriados. En tanto los ecos del  Agente Smith,  antiguo némesis de Neo/ Anderson, replican  en el antagónico jefe de la compañía de videojuegos (Jonathan Groff). Mientras en sus ratos libres, Thomas Anderson añora el deseo de volar.  

Matrix Resurrecciones  es una película anticuada. Actualmente hay una tendencia, con pocos, pero considerables aciertos en la industria contemporánea del entretenimiento, es el caso de Cazafantasmas Afterlife y Spider-Man Sin regreso a casa,  donde es posible gestar algo nuevo a partir de lo viejo – aquello alguna vez ya narrado – siempre y cuando exista un valor agregado. Lamentablemente, Matrix Resurrecciones no ofrece ninguna innovación, dejando en evidencia esta falta de plusvalía intelectual. 

Si en 1999 Matrix fue visual y narrativamente  innovadora, el nuevo capítulo de la saga no ofrece nada más que aquello que el espectador podía encontrar  dos décadas atrás. Matrix Resurrecciones es una película que no fue planeada y su directora Lana Wachowski lo sabe: primero nos colma de intriga y nos entusiasma  con esta propensión a jugar la carta de la autoparodia. Pero el relato cae rápidamente en el desánimo, transitando por un dificultoso escenario autorreferencial de agotadas ideas y secuencias reversionadas, ni siquiera cual revés de la trama,  de aquella primera película. 

A duras penas esta resurrección queda en la nebulosa siendo evidente que se le acabaron las notas al pie de manuales de filosofía aplicada y planteos transhumanistas, en lo que parece apenas un tibio reinicio.

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