La vorágine diaria, la falta de oxígeno, el pánico, un derrumbe. En este texto, la cronista narra en primera persona el tiempo que vivió dentro de un cuerpo que no sentía propio, un cuerpo inútil, sin resistencia. Un relato sobre cómo, según su historia, es vivir con ansiedad.

Foto: Patricia Leguizamón

Por Agustina Gonzalez

Veo al mundo desmoronarse encima de mi cuerpo. Lo veo mientras queda suspendido en el aire a centímetros mío. No me aplasta, pero me ahoga y me comprime el pecho. Me roza la piel. No tengo los reflejos suficientes para poner las manos por arriba de mi cara para evitar el impacto. Pero no impacta y se hace eterno ese instante donde no pasa más de lo que pasa. El cielo más celeste que alguna vez pude ver me sopla la nariz. Siento mi cara húmeda como si estuviera llorando pero no siento la congoja. Las personas que me rodean me roban el aire y no llego a advertir que es un recurso escaso. No me salen las palabras. Tiemblo, estoy fría, aunque es verano y el día es cálido. 

Fue un viernes del mes de enero. Ese día me asumí enferma. Aunque los médicos decían que era una chica sana y los análisis de sangre no mostraban más que una mínima baja en el hematocrito y en los glóbulos rojos. La resonancia magnética decía que tenía una rectificación cervical, pero nada grave. Podía marearme, podía sentir dolor de cabeza y un hormigueo en los brazos, pero nada era para alarmarse. 

Era una chica sana dentro de un cuerpo enfermo. Un cuerpo fuera de control. El psicólogo me decía que había que descartar lo biológico. Yo le decía que había que seguir buscando. Sólo un diagnóstico podía darme la certeza que me estaba faltando. No quería estar enferma pero necesitaba ponerle nombre a mis síntomas, aunque algunos eran inexplicables.

Las ventanas cerradas de los colectivos se transformaron en un demonio. Me sentaba en el anteúltimo asiento, el que está arriba de la rueda y delante de la puerta de atrás. Miraba las ventanas una por una, me daba vuelta para ver las que tenía atrás. Contaba los segundos entre que un pasajero bajaba y se abrían las puertas. Sentía que el oxígeno se me deslizaba de las manos. Lo corría pero se me escapaba. Atinaba a tocar el timbre para bajar a buscarlo. Pero cuando bajaba y por fin lo encontraba y no me sentía flotando, tenía miedo de perderlo. Tenía miedo de perder ese instante donde sentía que tenía el control sobre mi cuerpo. 

El miedo al miedo. El miedo a no poder -aunque me decían vos vas a poder- y lo decían con una certeza que me agobiaba y me desesperaba.  Sabía que no me iba a morir, yo lo sabía. Pero no era suficiente. No me alcanzaba con saber que lo que tenía en algún momento se podía ir de la misma manera en que llegaba. No me alcanzaba porque cuando de repente sentía que el mundo se me desmoronaba no había derrumbe. Entonces no había escombros para juntar, ni había piezas para armar, ni había cristales para pegar. Solo estaba ese mundo encima mío comprimiéndome el pecho y yo le decía que no se detenga, que me aplaste de una vez. 

Yo flotaba, no llegaba a hacer pie. Y en las noches de insomnio zigzagueaba en un cuadrado, hacía círculos  y me abrazaba a mis pies. Caminaba por la casa y por el barrio a las tres de la mañana y contaba las horas que faltaban para que suene el despertador que no me despertaba. Me bañaba, me delineaba los ojos de negro, me pintaba los labios de rojo y me subía a plataformas que me hacían ver desde más alto, y yo miraba. Esperaba que llegara de nuevo. Lo esperaba con las manos en guardia apretando los dientes y cuando recibía el primer puñetazo me hacía chiquitita de nuevo. A veces rezaba. Cómo quien reza por oportunismo. Cómo quien busca a Dios solo cuando se encuentra en un aprieto.  

Asumirse enferma es también asumir que así te van a ver los demás. Ponerse una etiqueta. Decir quién soy, qué soy y qué tengo. Darle un vuelco a mi identidad. Yo trabajaba en un lugar donde había mucha gente que presenciaba mis derrumbes. Me costó aceptarlo y me costó aceptarme en un cuerpo inútil. Un cuerpo nuevo que sentía que no me pertenecía, que era raro, que me lo habían impuesto. Pero después de un tiempo ya no quise despojarme de él. 

Ya no cruzo los dedos ni rezo para que se termine. Solo respiro y trago mucho aire. Lo devuelvo. Me hago cargo. Me hago cargo de que era mío, ese cuerpo y este cuerpo. Aunque no se parezcan ni tengan nada en común. Intento armar un rompecabezas y llenarlo de piezas sanas y enfermas. Porque no sé cuándo va a volver a pasar. Y cuando pase, cuando pase de nuevo quiero no culparme como me culpe aquella vez. No quiero culparme por verme nadando en un océano con el viento de frente. No quiero culparme por no poder o por habitar un cuerpo extraño y desconocido, porque ese también es un síntoma. Aunque duela y aunque el mundo quede suspendido arriba mío una vez más y la vida y la muerte sean difíciles de alcanzar. Eso también pasará. 

Un comentario sobre “El miedo al miedo

  1. Muy bueno.. miedo al miedo.. ese que paraliza, que se apodera de uno y te cuesta respirar, y el corazón galopa muy rápido, y las manos transpiran y te tiembla la boca y respiras profundo para que el cuerpo reciba todo el aire…
    Creo que una de las mejores manera de vencerl al miedo es así… Poniéndolo en palabras, hablar de él cómo algo más .. Gracias Agustina González por ponerlo en palabras, con contarlo…

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s