Se cumplen veinte años del estallido social que dejó marcas imborrables en la historia de nuestro país. El cronista reencarna no solo su situación económica deplorable -similar a la de millones de argentinos- sino también la violencia que envolvió a la época.

Por Pedro Benitez

Papá nos había abandonado, no recuerdo ni el día, ni el momento en que dejó de dormir con mamá. Tampoco lo había visto armar el bolso y bajar la escalera del conventillo para irse a la parada del 33 que quedaba en la esquina de casa, en Olavarría e Irala, para tomarse el micro de Retiro hacia Paraguay. El viejo se había ido tres meses de casa porque mamá había conocido al amor de su vida, Héctor. La última frase del viejo que recuerdo fue “ahora vuelven los militares, y todo va a volver a la normalidad”. 

Donde hay un chino hay un saqueo

En la calle el clima era más espeso y pesado que de costumbre. Al pisar el asfalto gomoso, ya el caminar era distinto. Con mi amigo Bruno que pateábamos las calles de sol a sol sentíamos que estaba pasando algo. Ya los partidos de futbol de la Plaza Caminito no eran lo mismo, será a partir del momento que cuando una balacera nos zumbó al oído y vimos correr un cuerpo macizo morocho ensangrentado, sabíamos que algo estaba por estallar. Yo no era de mirar la tele y en casa tampoco se hablaba de política. La única referencia que había en la pieza del conventillo era una calcomanía que decía “Menem 1994” pegada en el mueble de copas iluminadas por el polvo. 

Y el cambio de paradigma se dio cuando los supermercados chinos de repente se llenaron maquinas de soldar y comenzaron a forjar rejas gruesas, como la de las cárceles de máxima seguridad. Los super chinos comenzaron a florecer en competencia de los grandes supermercados donde había marcas baratas y gaseosas de cincuenta centavos, la famosa “Lily” de pomelo rosado que no podía faltar en nuestra mesa. Mamá ya hace tiempo había dejado de ir al Coto del Parque Lezama donde llenábamos de a dos changuitos. Ahora solo nos alcanzaba para media docena de huevos y una Lily por día. 

Habrá sido un martes, que eran de esos días de la semana que nunca pasaba nada. El Chino de Olavarría cerró sus rejas bruscamente al ver una oleada de vecinos acercarse. Mi primo Corchito de 10 años estaba en la primera fila. Quería entrar, había que entrar. Se veían imágenes en los televisores de veinte pulgadas de personas que se llevaban pedazos de carne sobre sus espaldas. O como en una terraza de un Hipermercado Coto el gerente y los empleados estaban armados y decididos a tirar a sangre fría a aquellos se que se animen a saciar su hambre agarrando cualquier cosa de las góndolas. El discurso de la gente era que valía todo. Y así estaba decidido por mi primo y los demás vecinos. Yo también tenía una necesidad de entrar, aunque las porciones de comida en casa estaban contadas, mi panza iba a estar llena al ir acostarme. Todos los vecinos teníamos que entrar. Apenas algunos valientes pudieron escapar con algunas gaseosas y paquetes de fideos bajo el brazo, al llegar dos patrulleros de la comisaria 24. Luego el tumulto de vecinos se dirigió hacia un supermercado Día que quedaba en la zona del bajo del barrio, donde antes se bailaba hasta el amanecer en las cantinas, ahora abandonadas. Ahí danzaba el hambre y la desesperanza. 

Pizza sin queso

En esos meses fatídicos del 2001 empezamos a comer pizza seguido, antes era algo que pocas veces comíamos en casa, salvo la del comedor del República de Chile que una vez por semana se almorzaba en la primaria. Tampoco éramos de pedir delivery y mucho menos de comer afuera, ni la vieja sabía amasar, creo. Mi tía Cachola hacía una pizza que habíamos apodado “la de Conventillo”. Era una masa que cuando la metías en tu boca parecía arena con salsa y una capa de queso finita.

En esos tiempos en casa los pedazos de carne y las presas de pollo eran contadas. Un pedazo para cada uno. En mi familia estaba Luciana, la hermana del medio, Beto, el mayor de los tres, que era el otro sostén de la familia y mi mamá, que ganaba $250 por mes en una empresa de limpieza. Si bien ella nunca perdió su trabajo, su sueldo no alcanzaba, y el de Beto acompañaba. La comida de los fines de semana se hacía imposible de comprar, pero de repente empezó a caer en casa una amiga de mamá y siempre traía un paquete de harina que solo le agregabas agua y te salían cuatro pizzas. Fue en el verano donde comíamos pizza siempre, Norma,  La Negra, como le decíamos con amor, nos dejaba un paquete de harina y un pedazo de queso para la semana.  A lo que el menú semanal se agregaba fideos con manteca y huevo frito. A veces era solo la masa de la pizza con salsa y sin queso.Mamá siempre decía que “en la heladera nunca puede faltar queso, ni manteca ni huevos”.

El 2001 nos marcó a toda una generación; adultos, adolescentes, niños y por nacer. Fue un antes y después en la sociedad argentina. Como luego del golpe cívico eclesiástico militar de 1976 dijimos Nunca Más al Terrorismo de Estado hoy debemos decir Nunca Más a políticas de hambre hacia el pueblo.

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