A 20 años de una de las crisis políticas, económicas y sociales más profundas de nuestra historia. La cronista revive en carne propia los días anteriores y posteriores a la rebelión del 19 y 20 de diciembre.

Por Luisina González

Son las elecciones nacionales de octubre de 1999.

Esperamos políticas que se aparten del modelo neoliberal que impuso Menem los años anteriores—oímos decir.

Los sectores medios no reconocen ninguna fuerza que los represente, y comienzan a buscar en otros partidos políticos una alternativa para el “cambio” que esperan. El FREPASO, (conformado por peronistas disidentes, algunos radicales, democristianos, militantes del movimiento de los DDHH y agrupaciones menores) junto con los radicales, conformaron la Alianza.

Esta es la Alianza para ese cambio. Poné el agua—

Es 14 de octubre del año 2001. Un compañero prepara el mate mientras esperamos el resultado.

El presidente De La Rúa desoye las demandas del pueblo. En dos años de gestión sus promesas de centroizquierda las reemplazó por los programas del FMI, y la continuidad del gobierno de Carlos Menem, mientras intenta paliar la crisis mediante un “impuestazo” que no hace más que empeorar las cosas.

Nombra a Domingo Cavallo como ministro de economía, quien impulsa el plan “déficit cero” que no es más que el recorte del 13% en los sueldos de los docentes, empleados del Estado y jubilados. Se profundiza la recesión. Ya somos millones de pobres y desocupados. Hay fuga masiva de capitales. Los bancos bloquean los depósitos. Se agrava la crisis. El gobierno de la Alianza es derrotado en las elecciones legislativas.

Otra vez mate.

Es la mañana del 19 de diciembre de 2001.

Por la televisión vemos los saqueos en el Gran Buenos Aires. El intento de todos por mantener la normalidad en una situación caótica, es absurdo.

Después del mediodía, habla el ministro de economía —…esto significa una fuerte reducción del gasto…

Todos esperábamos la renuncia. Pero no. Habla y justifica todo lo que estaba hecho. En el calor agobiante de la noche, se escucha:

Quiero informarles que ante esto, he decretado el estado de sitio en todo el territorio nacional— es el anuncio del presidente de la Nación.

El pueblo estalló, no aguantó más.

¿Quiénes éramos?

Los motoqueros encabezan la movilización. Representan el paradigma de esta época, de la precarización laboral, del mercado de trabajo de la convertibilidad. Jóvenes que encontraron una manera de sobrevivir en la Argentina de la década del 90. Son los protagonistas de la calle. Estalló en ellos la bronca, y fueron ellos los que más visiblemente lo expresaron.

Pero este movimiento prescindió de todo tipo de organizaciones centralizadas. No la hubo en la convocatoria ni en la organización de los hechos. La presencia de tantas personas que habitualmente no participan de lo público, sino en condición de individuos acotados y objetos a ser representados tanto por el aparato comunicacional como por el político, destituyó toda situación central. No hubo protagonistas individuales.

Se dio algo diferente: romper la costra, salir afuera, encontrarse con el otro, reconocerse en el común sufrimiento y poder así activar los poderes del propio cuerpo en la medida en que empezábamos a sentir que podíamos construir un cuerpo común poderoso.

Después de muchos años, cuando el país parecía sumido en la apatía, estalló una nueva insurrección. Sin armas, pero esta vez haciendo sonar cacerolas que se derramaban por los barrios y ocupaban la ciudad.

Estuvimos en la calle y logramos el objetivo político: la movilización, que el Congreso derogara el estado de sitio y la renuncia de Cavallo en la madrugada. A partir de ahí, dieron permiso para matar y, como siempre, pusimos los muertos los del campo popular.

La mañana del jueves 20 de diciembre de 2001, el gobierno ordena reprimir a los manifestantes que habíamos permanecido frente a la Casa Rosada. La represión no nos pudo desalojar de la Plaza de Mayo. Cientos de ciudadanos se sumaron a la protesta. Se hicieron sentir las organizaciones sociales, sindicales y políticas.

El pueblo no se va. Somos trabajadores, amas de casa, empleados, jubilados y estudiantes. Herederos de aquellos que por décadas habían desafiado dictaduras y persecuciones, soportado ajustes, y en democracia traicionados.

El mate está frio. Son las 19.52 horas del viernes 21 de diciembre.

Se oye un ruido desde lo alto, pero suena más grave que los anteriores. Un helicóptero despega.

Esta rebelión, protagonizada por múltiples sectores sociales, no se identificó con ninguno de ellos. Junto con gente de baja condición, hubo una decisiva participación de sectores medios, que no se movilizaron aparte, sino que lo hicieron con la voluntad de confundirse con el resto de la población afectada por la crisis.  Se exigía desde el fin del corralito hasta el pago de sueldos atrasados y mayores subsidios para desocupados.

De la Rúa había renunciado. Fue una batalla ganada contra la globalización.

Hay que cambiar la yerba.

El amanecer del sábado 22, nos encuentra con una extraña sensación de libertad anhelada desde hace tiempo.

Esto no quiere decir que todo cambió. No tengamos la fantasía de que ya está hecho. Este es un proceso que requiere tiempo porque los miedos y las coerciones a vencer son muy profundas y la realidad de la amenaza represiva es muy intensa.

Ahora el desafío es poder ejercer una estrategia que nos lleve pacífica y democráticamente a multiplicar nuestra capacidad de resistencia, tras haber descubierto el poder de los grandes conglomerados colectivos ciudadanos.

Una nueva mañana en Buenos Aires. Las manos van y vienen, buscan un mate en la ronda de una asamblea barrial. Es un mate popular. Tenemos un presidente provisional: Adolfo Rodríguez Saá.  Y lo escuchamos mientras votamos alguna medida de fuerza.

En primer lugar anuncio que el Estado argentino suspenderá el pago de la deuda externa”.

Mientras los ahorristas continúan pidiendo justicia, se anuncian elecciones nacionales para dentro de tres meses y se agudizan los conflictos en el Justicialismo. Rodríguez Saá dura menos que un mate en ronda grande. Renuncia el día 31.

Entre brindis con mates amargos, el 2 de enero de 2002, se proclama presidente Eduardo Duhalde, (ahora opositor a Menen en el PJ) que tiene que enfrentar la crisis más grave del país.

¿Quién va a pagar el costo de la devaluación? ¿Cómo va a atenuar la movilización social y sus demandas? ¿Cómo hará para llegar a las elecciones derrotando a Menem y a la oposición?

Seguimos en la calle. Acá estamos las asambleas vecinales, los confiscados por los bancos, las clases medias empobrecidas, los desocupados de todos los gremios y miles de indigentes. Cuestionamos una democracia representativa que traicionó nuestros mandatos. Sabemos lo que queremos, pero no cómo lograrlo. Desconfiamos del sistema de partidos políticos y necesitamos la construcción de alternativas con nuevas representaciones. Padecemos una crisis de representación obrera de parte de las centrales sindicales, que han perdido el norte.

Sin abandonar el mate, pintamos una bandera con la siguiente inscripción:

“Creemos que la clase obrera (…) quiere una CGT unida, no una CGT sectaria ni sometida a ningún partido político. Quiere una CGT que responda a las bases obreras y defienda con unidad en la lucha los derechos de los trabajadores (…).” Agustín Tosco.

Piquete y cacerola.

Es fin de mes. Nos movilizamos hacia la Marcha por el trabajo. Miles de trabajadores y desocupados somos recibidos solidariamente por vecinos, asambleístas y comerciantes golpeados por la crisis. Estos nuevos lazos de solidaridad fueron la herencia de Córdoba del ´69  (y de los ecos en las demás provincias: Rosario, Salta, Corrientes y Tucumán), donde numerosos  contingentes de jóvenes de sectores medios y altos participaron también de ese nuevo clima de época. Los comerciantes nos recibieron en el ingreso a la Capital Federal, con mate cocido y pan.

La lucha es una sola.

Mientras Duhalde intenta reactivar el mercado interno y la industria nacional, impulsa el Mercosur y lanza programas frente a la desnutrición, continúa subsidiando a las privatizadas y concesionarias de servicio.  Propone proteger a los más pobres pero la devaluación castiga duramente a los trabajadores.

Aprueban una ley de emergencia económica que congela salarios mientras permiten aumentos del ciento por ciento en combustibles y alimentos producidos en el país.

Como en la dictadura, la deuda millonaria de los bancos y las corporaciones pasaran al Estado y el pueblo deberá pagar miles de millones de dólares.

Cuando éramos obreros nos defendíamos con paros. Hoy, somos todos piqueteros. Cortamos las rutas ante la falta de respuestas del gobierno. A cambio, obtenemos subsidios a los jefes de hogar. Sin embargo, nuestros antecesores nos habían demostrado que la acción popular podía golpear incluso una dictadura que parecía invencible. Allá vamos.

Mientras Argentina está en cesación de pagos y cada día mueren cien personas por desnutrición, el FMI agudiza sus presiones. El gobierno le seguirá pagando como acreedor privilegiado.

Corren los meses y los ahorristas no recuperan sus depósitos. Los bancos extranjeros se niegan a devolver dólares a sus clientes. Es el principal problema que debe enfrentar el nuevo ministro de economía, Roberto Lavagna.

El conflicto culminará en un gran fraude, el gobierno subsidia a los bancos en falta con millones de dólares. Los ahorristas reciben bonos a diez años. No hay verdes para nadie.

Acá, hace frio pero da igual. Es 26 de junio del año 2002.

Hoy cortamos el Puente Pueyrredón. Con el Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, reclamamos mejoras en las condiciones de los subsidios, insumos para centros de salud y escuelas, desprocesamientos de luchadores sociales y el fin de la represión.

Somos reprimidos por la policía. El compañero Maximiliano Costequi cae gravemente herido en la estación de tren de Avellaneda. Darío Santillán lo asiste y lo balean por la espalda. Darío y Maxi llegan sin vida al hospital. A partir de este momento, reivindicamos, a través de ellos, a todos los mártires de las luchas obreras y populares. Esa noche nos movilizamos hacia Plaza de Mayo exigiendo castigo a los culpables. A los pibes los mató la policía.

Los sucesos de diciembre obligan al gobierno de Duhalde a adelantar el llamado a elecciones nacionales. Luego de que Carlos Menem renunciara a participar de un ballotage contra Néstor Kirchner tras las elecciones generales de 2003, el santacruceño asumió la Presidencia de la Nación. Fue el 25 de mayo de 2003.

Formo parte de una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias, me sumé a las luchas políticas con valores y convicciones a las que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada.Néstor Kirchner.

…Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengamos historia, no tengamos doctrina, no tengamos héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan.

Esta vez es posible que se quiebre el círculo…

Rodolfo Walsh. Extraído de “Periódico de la CGT de los Argentinos”. Mayo de 1968 – febrero 1970

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