Cuando mataron a Elías Garay, el pasado 21 de noviembre, el joven que se encontraba defendiendo la Lof Quemquemtreu, el cronista estaba de vacaciones en Bariloche y un repentino corte de ruta le impidió su regreso al hotel. En esta crónica en primera persona se narra no solo la disputa de tierras si no también el odio de clase.

Por Pedro Benitez

Abro los ojos y todavía seguíamos en el Parque Nacional Nahuel Huapi, al sur de la provincia de Río Negro. Entre bostezo y bostezo miro la playa del Lago Mascardi. Ese lago que nos acobijo toda la mañana, al grupo de la excursión y a mí. Lago Mascardi, había sonado como un repicoteo durante todo el día. Había escuchado y leído varias veces ese nombre. Abro la mochila y saco el equipo de mate, estamos cruzando la garita del Parque Nacional, donde a las primeras horas del día nos detuvimos a pagar la entrada de $220. Son las siete de la tarde, la garita está vacía. Desierta como todo el camino de ripio. Somos la última combi en dejar atrás el imponente Cerro Tronador.

La combi vuelve a pisar asfalto nuevamente, retomamos por la mágica ruta 40, estamos a veinticinco minutos del centro de Bariloche. Tomo el segundo mate y por el vidrio observo dos policías caminando al costado de la ruta. La combi se detiene bruscamente, un chorro de agua caliente me quema la rodilla. En frente una fila de autos, camionetas, motos y gente que abren las puertas de los vehículos. Al principio de la fila de los rodados un hilo de humo negro se hace presente.

“Mataron a un mapuche”, dice en frío el chofer al volver de la caravana de autos y agrega “cierren las cortinas, pueden tirar piedras”. Vuelve a bajarse y nos deja encerrados.  A la guía, se le borra la sonrisa con la que nos había inundado durante toda la excursión. “No va a pasar nada, pero esto puede demorar un buen rato” dice, mientras intenta calmarnos.

El clima dentro y fuera de la combi comienza a ponerse caliente, espeso. Un señor de unos 50 años, con una sonrisa lujuriosa suelta “A uno solo mataron, hay que matarlos de a tres a cuatro”. Se suma la voz de la mujer y agrega “Estos que quieren las tierras gratis por que no la van a buscar a Calafate y que le entreguen Hotesur”.  Vuelven el chofer con los pantalones caídos arrastrando las suelas gastadas y nos dice que parece que mataron a dos mapuches en El Bolsón, que por cinco minutos no llegamos a cruzar antes que comience el corte.

Afuera las personas van y vienen. Algunos a pie, otros en bicicletas que bajaron de sus camionetas. Otros autos deciden volver por la ruta vieja. Una guía propone cruzar por el lago, que está a metros, con el agua calma, transformada de colores. Algunos dicen que entre la muchedumbre de la ruta hay “infiltrados”. Los guías no quieren hablar por lo alto cuando pasa un desconocido, salvo que sea otro chofer o un guía. Los que pasan tiene la piel oscura, con ojos rasgados al igual que la guía. “Puede ser uno de ellos” lanzó un extremista que está sentado en el fondo de la combi.

Una joven oriunda de 9 de Julio, provincia de Buenos Aires, amenaza con cruzar el corte a pie. Entre voz cortada y con amague de llorar dice que si o si tiene que llegar mañana al aeropuerto, que su vuelo sale a las 10 de la mañana. El chofer nos dice que vamos a volver, pero con una demora de 15 horas de viaje por la ruta vieja. En las conversaciones que brotan dentro de la combi van relatando que “los mapuches son de origen chilenos. Que ellos en realidad mataron a nuestros originarios, los Tehuelches”, dice con firmeza Isis, nuestra cordial guía, mientras inclino mi termo con la calcomanía MEMORIA VERDAD Y JUSTICIA. “Esto pasa porque el Gobierno Nacional no interviene. Tienen miedo de mandar a las fuerzas y que maten como paso con el artesano, que no era artesano, Santiago Maldonado o ese mapuche (Rafael Nahuel) que mataron los mismos mapuches y les echan la culpa a las fuerzas de seguridad”, se escucha en la ronda de afuera. La doctrina Chocobar está más presente que nunca, pienso, primero se asesina y luego se hacen las preguntas.

Es cierto que el Estado Nacional esta ausente en esta problemática hacia los Pueblos Originarios que por el artículo 75 inciso 17 de la Constitución de la Nación Argentina, que incorporó entre las atribuciones del Congreso: “Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afecten. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones”. Si bien la mayoría de las comunidades de los Pueblos Originarios tiene la posesión de sus tierras acá en el Sur el conflicto sigue latente.

Nuestra Patagonia es vista con buenos ojos como los Alpes Suizos de Latinoamérica. Nombre o paralelismo que le ponen aquellos que ven esas tierras mágicas de montañas que parten lagos en dos, en negocios inmobiliarios. El suelo patagónico del sur es único porque detrás suyo tiene la cordillera de los Andes con una longitud de 7.000 kilómetros.  

Son las nueve de la noche y el cielo sigue gris claro. Una garua finita de agua cae sobre los parabrisas de los autos. El hilo del humo negro sigue su dirección hacia el cielo. La combi retoma hacia la ruta vieja. Abrimos las cortinas y los demás automóviles siguen esperando que se levante el corte. Paramos  en un parador para pedir comida y agarrar un poco de internet. Me pido una lata de cerveza Quilmes y unas Rex para cenar. En la pantalla del celular aparece el titular “Un mapuche muerto y otro herido en el Bolsón”.

Trato de agarrar un poco de señal, que va y viene. Entro a twitter, leo diarios, quiero saber qué pasó, quiero sacarme de encima los comentarios de mis compañeros de la combi. Pienso en que es mi última noche en Bariloche, que me gustaría estar en el centro en alguna cervecería o acostado en el hotel, pienso en mi privilegio de turista. Elías Garay, se llamaba -lo digo en voz alta- estaba defendiendo el territorio Lof Quemquemtrew en El Bolsón, cuando dos civiles entraron a los tiros y lo mataron a él e hirieron a su compañero. Mientras apoyo mi cabeza en la ventana y guardo mi celular en el bolsillo, pienso que la noche va a ser larga. Repito su nombre una vez más e imagino su cara.

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