La autora Gioconda Belli publicó su libro en 1988. Hace menos de una semana conmemoramos otro 24 de Marzo en Argentina. Al leer esta historia se pueden ver las similitudes que nos unen como pueblo latinoamericano.

Por Malena Bianca

Pasaron más de 30 años desde que la autora Gioconda Belli escribiera su primera novela “La mujer habitada”. El escenario en el que ocurre la historia es la ciudad imaginaria de Faguas, con similitudes reales al paisaje y sociedad centroamericana. En dicha ciudad hay una dictadura de generales desde hace muchos años y quienes oponen resistencia son el movimiento guerrillero. Los países latinoamericanos comparten en sus origenes fundacionales el genocidio de pueblos indigenas y a finales del siglo XX las dictaduras militares. Esta semana en Argentina se recordó otro 24 de Marzo, pasaron 45 años del inicio de la dictadura militar con complicidad civil que desapareció a 30.000 personas y robo más de 400 bebés.

La protagonista se llama Lavinia, nacida en una familia aristocrática rehuye de su clase social y del entorno familiar. Por esa razón, decide regresar a su pueblo natal Faguas y vivir en la casa heredada de su tía Ines. Su revolución personal pasa por sentirse una mujer libre e independiente. Al empezar una relación con Felipe, comienza a cuestionar sus privilegios de clase y a observar la desigualdad social en su ciudad. Ese paisito inventado por la autora, es fácil de verlo en las realidades de los pueblos latinoamericanos. Es interesante el crecimiento de Lavinia durante esta etapa de su vida. Al principio, considera que los intentos de la guerrilla por combatir al Gran General son una forma heroica de suicidio. Pero, en una búsqueda de identidad personal y colectiva, encuentra su lugar en el mundo al lado de sus compañeros y compañeras haciéndole también frente a la opresión de los generales.

Lavinia, no está sola. Aunque no lo entienda, establece una conexión profunda con el árbol de naranjas de su jardín. Ese árbol está habitado por el espíritu de Itza, una mujer y guerrera indigena que luchó contra los invasores blancos. La novela está relatada en ambos tiempos, por un lado la vida de Lavinia, y por el otro, la voz de Itza para contar no solo la resistencia de los pueblos originarios, sino también los amores, familia y amistad, así como también sus dioses y ceremonias. Tan lejanas en el tiempo, las realidades de ambas se unen en sus batallas y contradicciones. Se cuestionan su rol como mujeres y sus relaciones afectivas con los hombres. El reconocimiento del machismo en sus respectivos compañeros de amores y combates. Lavinia reflexiona al respecto y plantea: “Las mujeres entrarían a la historia por necesidad. Necesidad de los hombres que no se daban abasto para morir, para luchar, para trabajar”.

Es imposible leer este libro sin sentir que podría estar hablando de nuestro país (o de cualquiera de Latinoamérica). Nuestros pueblos vivieron el terrorismo de Estado, el robo de bebes y las desapariciones de personas. Leer a Lavinia, replantearse su vida y su rol en la sociedad, para luego dar el paso y unirse al Movimiento de Liberación. Una generación que supo creer que era posible cambiar el mundo. Leer esta novela, en una fecha tan cercana al 24 de Marzo, nos recuerda la importancia de tener la memoria viva como Itza y la conciencia social como Lavinia.

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