El largometraje del director argentino Pablo Agüero obtuvo 9 nominaciones a los premios Goya y no baja del top 3 en Netflix. Una historia sobre un grupo de mujeres vascas acusadas de brujería.

Por Malena Bianca

Las narraciones sobre brujas recobran cada vez más interés y fuerza. Desde hace años las consignas feministas las incluyen con frases como “somos las nietas de las brujas que no pudiste quemar”. También la literatura y libros de historia han echado luz sobre uno de los genocidios humanos más grandes de la historia: la quema de mujeres acusadas de brujería tanto en Europa como en América Latina. Lo que tiene de diferente la película del director Pablo Agüero es la mirada para relatar un suceso tan ampliamente conocido. El foco de la historia está puesto en el proceso inquisitorial que viven un grupo de mujeres y amigas vascas. Lejos de narrar las persecuciones y acusaciones públicas, la historia comienza con ellas siendo capturadas para ser interrogadas y obtener, bajo tortura, información sobre el Sabbat. La atención está puesta en cómo estas mujeres se contienen y se ayudan con gran inteligencia a sobrevivir uno de los momentos más terribles de sus vidas.

De forma muy habilidosa la película se encarga de mostrar la doble discriminación que sufrían las mujeres de aquella zona española: se las encierra por tratarse de mujeres y de vascas. Más de una vez, nombran que el castellano es el idioma cristiano frente al eureska. Ese énfasis en diferenciar el lenguaje tenía como fin dar cuenta de otras diferencias culturales, como por ejemplo la religión cristiana del paganismo. Sin embargo, como puede verse en la película, hay una obsesión morbosa y placentera del juez inquisidor por descubrir los secretos del Sabbat y de los bailes de las brujas. “Peligrosa es la mujer que baila” expresan en una escena. El verdadero peligro era que las mujeres se encontraran y se reunieran, pero sobre todo que en esos espacios se pudiera gestar una resistencia al poder y eso no era conveniente para quienes lo denotaban, como fue la Iglesia.

Una cita del libro Calibán y la Bruja, de Silvia Federici explica aquello que se puede ver en la película: “La caza de brujas fue también instrumental a la construcción de un orden patriarcal en el que los cuerpos de las mujeres, su trabajo, sus poderes sexuales y reproductivos fueron colocados bajo el control del estado y transformados en recursos económicos. Esto quiere decir que los cazadores de brujas estaban menos interesados en el castigo de cualquier transgresión específica, que en la eliminación de formas generalizadas de comportamiento femenino que ya no toleraban y que tenían que pasar a ser vistas como abominables ante los ojos de la población”. La duda sobrevuela la trama ¿Son brujas? ¿Importa acaso? Como dice el escribano, hace rato estaban quemando culpables en los pueblos. Solo necesitaban una confesión, que, obtenida mediante tortura, sellará el destino en la hoguera de miles de mujeres.

Para verla hay dos posibilidades: las plataformas Netflix y Cine.ar. La película es recomendable para quienes son afines a estos temas históricos, pero también para quienes buscan una mirada renovadora de la temática. Akelarre es una de esas historias que podemos considerar necesarias ¿Por qué? Porque son temas que duelen y no deben olvidarse. Aún hoy las mujeres luchamos por tener una vida en libertad y sin miedo.

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