Por Agustina Gonzalez

¿A dónde ubicamos a M. y a su madre? Si se le busca un lugar no se lo encuentra. Una niña sin escolarización, un secuestrador con incongruencias en su documento y apellido. Una madre estigmatizada. Un funcionario público diciendo que denunciaron tarde. Una sociedad poniendo el ojo en que no la cuidaron, en que la entregaron. Cómo si la calle fuese un lugar seguro, cómo si en la calle fuese tan fácil poner límites entre lo público y lo privado.

Un caso social devenido en policial porque es lo que más se consume y lo que más rating da. Vivimos tres días con la televisión prendida y las noticias contando el minuto a minuto de la búsqueda por parte de las fuerzas policiales, mostrando las cámaras donde se vio a M. de short y sandalias y a su secuestrador en una precaria bicicleta. Cómo si se hubiese tratado de una serie de Netflix en la que te comes la temporada en un día y te lamentas cuando se acaba.

La encontraron viva. Podríamos decir sueltamente que se trata de un final feliz porque acostumbramos a encontrar a las mujeres y a las niñas muertas. Pero abiertamente y desde el mayor sincericidio deberíamos replantearnos qué lugar ocupó Maia como sujeta de derecho y qué lugar ocupará mañana. Si hasta el derecho más básico como el de una vivienda le fue vulnerado. ¿A dónde va a dormir M. esta noche? ¿A dónde van a dormir todas las M. esta y las demás noches? Pero en los medios de comunicación se pelean para ver a qué distrito pertenece. Si al más rico del país o a el inviable conurbano. Y se asombran porque la Caba no empieza ni termina en Belgrano.

Mientras tanto, en las redes sociales se descubrió la indigencia. Se descubrió que por fuera existen personas que vemos a diario pero muchas veces ni siquiera miramos. Y que con el mayor asco le entregamos la sobra si es que está a mano. ¿Estado ausente? ¿Estado responsable? Pareciera ser que también se descubrió la responsabilidad del Estado. Pero si éste hubiera respondido con una Asignación Universal por Hijo, con la Tarjeta Alimentar, con una vivienda social, un trabajo en una cooperativa o una beca, Maia se hubiera transformado en la negra de mierda despreciable que nunca debería haber nacido y que sólo fue parida para que su madre pueda cobrar un plan. La doble vara discursiva en la que pregona el morbo y la lástima hacia el marginal y el odio hacia el pobre asistido por el Estado.

Una vez más, fueron las clases populares las que se plantaron frente a la desidia estatal y policial para que no dejen de buscarla. Así es que la abuela de la nena lo primero que hizo fue agradecer a sus vecinos de Villa Cildañez, los que bancaron la parada estos tres días. Los mismos que paran la olla cuando no la para nadie.

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