Cómo el mundo llegó a tener las dinámicas, certezas y contradicciones que hoy tiene es una pregunta fundamental si se pretende estimar un posible futuro de las sociedades modernas,  como un todo, ya que la hiperconectividad actual hizo del planeta un lugar mucho más pequeño donde la virtualidad es un actor que une y desune con la misma efectividad.

Foto de Paweł L. en Pexels

Por Gustavo Rubio

Las etapas históricas de la humanidad dividen el pasado y presente en períodos largos denominados eras, allí podemos hablar de la era antigua, media, moderna y posmoderna. ¿Podríamos pensar que en la actualidad vivimos en la era de la complejidad? La civilización y el progreso son postulados de grupos minoritarios que se apoderaron de los mecanismos de poder y coerción y con ellos lograron la apropiación de los discursos impuestos a las grandes mayorías. La cultura de masas tiende a impregnar a las sociedades de un pensamiento único y si bien, en la historia se pretendió un progreso constante en los intentos por el dominio de la naturaleza no ocurrió lo mismo en la regulación de las relaciones humanas. Durante el siglo XX la tendencia de las producciones teóricas de las izquierdas afirmaban que los oprimidos desarrollan una intensa hostilidad contra la cultura desigual que favorece a unos pocos en desmedro de muchos y que esto los incita a la rebelión de tono revolucionario. Pero esta afirmación parece ser desmentida por la actual era de la complejidad, donde la desigualdad de los pueblos del mundo respecto de los privilegios de las elites se muestra como algo sin precedentes y los desafíos que se intentan poner en tensión para con el nuevo sistema de vida quedan segmentados en guetos tan inconexos que son fácilmente disipados por los mecanismos de control utilizados por los conglomerados de poder político y financiero global.

Se puede pensar como un triunfo de la globalización la atomización de las sociedades, un un periodo de individualismo nunca antes visto en cuanto a la privatización del yo, el desinterés por la propia identidad social que lleva al abandono ideológico y político, la carencia de empatía y de reconocerse como parte de un colectivo. El proceso de personalización que proporciona la ilusión de poseer libertades individuales alejadas de la socialización disciplinaria e inmersas en una sociedad flexible y hedonista, la realización personal por encima de todo y de todos. En la era de las comunicaciones, donde se funden y confunden emisores y receptores, la idea de futuro y la construcción del “hombre nuevo” no tiene lugar, los cuerpos quieren vivir vertiginosamente el aquí y ahora, asistimos así a la emergencia de la sociedad del consumo como rey y el ego como dios. En este contexto adquiere vigencia la afirmación de Antonio Gramsci en Odio a los indiferentes en cuanto a que “Lo que ocurre, no lo hace tanto porque algunas personas quieren que eso ocurra, sino porque la masa abdica de su voluntad, deja hacer. Deja que se aten los nudos que luego sólo la espada puede cortar, deja promulgar leyes que sólo la revuelta podrá derogar, deja subir al poder a los hombres que luego sólo un motín podrá derrocar”. Pero, realmente la masa renuncia a su voluntad o desconoce lo que realmente quiere y repite sin cuestionarse lo que otros le imponen. Los individuos del mundo son portadores de derechos sociales que los asisten por el solo hecho de ser humanos, los mismos en muchos casos son vulnerados e ignorados por quienes deberían velar por su cumplimiento, en la era de las comunicaciones se desinforma con objetivos concretos para que los distintos estamentos de la sociedad se mantengan dispersos, separados por clases, etnias o creencias, impidiendo así la unión masiva por causas comunes, desalentar la empatía como objetivo primario.

Así, resulta válida la idea de que este es un periodo de narcisismo de los deseos individuales que busca posicionarse por sobre las distinciones de clase, se trata de relacionarse con los parecidos, con quienes se comparten los mismos objetivos existenciales, ya que este Yo que ignora la otredad emerge como mantra para la dispersión de las potencias sociales. 

Podemos asumir que toda sociedad posee sus propios grados de injusticia e incluso liberando a todes de la opresión, es imposible pretender que ese tejido social pueda ser desprovisto de toda forma de mal. Pero no, no alcanza con saber donde está el mal, vencer a un sistema injusto puede ser difícil, pero es una tarea infinitamente más sencilla que construir algo nuevo y mejor. En el sentido Guevarista de la palabra, la revolución social (sea cual sea el sentido ideológico de la misma) no es un resultado a alcanzar sino un proceso sin fin. Si algún cambio emerge no será el fruto de un deseo de muchos o pocos, sino producto de la acción concreta de mujeres y hombres comprometidos con transformar la realidad que los habita.

DE LA TEORÍA A LA REALIDAD: HOY PANDEMIA

El devenir de esta idea de mundo individual sumergido en la subjetividad y la meritocracia, por estos días se pone a prueba con el contexto pandémico global, que no solo provocó temor en los grandes centros urbanos del mundo, sino y más importante, provocó incertidumbre, porque toda la complejidad planteada en este texto con un ordenado desorden, se pone en tensión cuando una de las piezas del juego se mueve de manera impredecible.

Lo que sucedió en el año 2020 y que seguirá ocurriendo por un lapso de tiempo aún desconocido, descolocó e hizo perder el eje a amplios sectores de las sociedades civilizadas, a los emancipados de este mundo híperconectado y tan desunido. Cuando se visibiliza que el cuidado propio indefectiblemente significa cuidar al otro, a los sectores reaccionarios lo que les molesta es la evidencia de una inevitable conexión, un lazo de unión con un otro con el cual se quieren diferenciar. Debido a esta construcción cultural de las últimas décadas somos, muchas veces, profundamente ignorantes en términos vinculares, hoy estamos obligados a y no sabemos cómo. Hay en el mundo más de siete mil millones de cuerpos intentando llenar su lugar y las interacciones contemporáneas tienen una carga vincular nunca antes vista, es la evidencia empírica de que el individuo autónomo no existe. 

La singularidad de lo vivo, los lazos, la fragilidad, el conflicto, representan instancias de la complejidad que son atravesadas por las condiciones de vida que impone el sistema actual. Parafraseando al filósofo argentino Miguel Benazayag, podemos concluir que la superficialidad, el esteticismo, el triunfalismo y la lógica del vacío, proponen la re significación del ser humano en el sentido de transformar la subjetividad, la vida y la cultura en una “cosa”, es probable que muchos o algunos tengan el deseo de ser cosa, lo que no es deseable es transformarse en cosa sin darse cuenta.

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