Llegó el aclamado feriado de carnaval y en diversas provincias de Argentina se vive a puro ritmo. Una fiesta que te conecta con la Pachamama y las coloridas montañas. En esta ocasión, el cronista nos sumerge en todas las sensaciones de uno de los carnavales más importantes del país.

Por Pedro Benitez

—Cincuenta pesos y viajan en el ejecutivo, quedan dos lugares— gritó el  boletero. Estaba vestido con un joggins  con agujeros en la rodilla, camisa holgada y una campera de jeans. La piel quebrada por el sol, por donde caían lavas de transpiración. Saqué un billete de $1000 y nos subimos de un salto al micro clandestino con Brian. A él lo conozco desde la primaria, donde éramos compañeros y no teníamos nada en común. Nos quedaban por delante veinte horas de viaje en micro al norte, donde nos esperaba el otro grupo de la primaria. 

Era la primera vez que iba  a la provincia  de Jujuy. Y la primera vez que iba a un carnaval del interior. Era la primera vez que iba a ver diablillas y diablillos.  Saqué los pasajes para viajar en los micros “Truchos”. Unos que salen del barrio del Once. Los pasajes salían un cuarto menos que de los de la estación  de Retiro. Al principio dudé, porque era muy barato ¿Y si hay algún accidente? Luego me tranquilizaba que si llegaba la muerte, la plata del seguro no la iba  a ver yo. Los colectivos salen de una manzana  de las calles Castelli, Saavedra, Adolfo Alsina e Hipólito Yrigoyen. Se sube al micro a partir de las 16 horas, por orden de llegada. Filas de 100 metros, donde todos suben en perfecto orden a gran velocidad en forma automática. 

En el conventillo donde vivía, la mitad eran paraguayos y la otra mitad jujeños. Todos casualmente provenían de la localidad de San Pedro, la segunda ciudad más importante de Jujuy, luego de San Salvador. Una ciudad obrera. Íbamos a San Pedro, donde mi amigo tenía familia. Nos iban a prestar una casa. 

La mayoría de la población jujeña trabaja en las principales ciudades del país, como Córdoba, Mendoza y Buenos Aires. El exilio laboral empieza con la finalización del carnaval y termina en diciembre. Con la llegada del verano, la mayoría vuelve a sus pavos. Van a pasar las fiestas y a disfrutar el carnaval. Abandonan sus puestos de trabajo, sus casas, y se vuelven a su hogar donde se criaron. El carnaval para los jujeños es todo. Es un viaje de ida. Allá se reencuentran. Entre vino y vino cruzan  como fueron esos nueve meses del exilio laboral.

Llegamos a San Pedro  pasadas las dos de la tarde. En una estación donde no existía. No había parada, ni carteles de llegada. Ni bancos de plaza. La estación era un boulevard por donde pasaba una avenida principal. Bajaron del micro una veintena de vecinos y dos forasteros. El sol pegaba como una piña en el cuello. Un calor grueso, seco. Al frente nos esperaban dos perros, con la mandíbula pegada al suelo. Había un kiosco y una panadería  con las persianas bajas. Era un cementerio de sol. La siesta en el interior es tan sagrada como lo es el vino de cartón.

Llegamos un sábado, para cuando comenzaba el carnaval. Ese mismo día en la ciudad de Tilcara, iban a desenterrar al mítico Pujllay, que está dentro de apachetas, descansando desde hace un año. Guardado. Es un montículo de piedras grandes en forma cónica. Durante nueves días sueltan al diablo carnavalero que andará suelto por todo el Jujuy al compás del vino y de los pies descalzos. Ese día es oficialmente el comienzo del carnaval. En el cual se realiza una ceremonia en el medio del cerro. Y se le pide permiso a la Pachamama. La harina de colores se hace presente. La espuma también forma parte del ritual. Comparsas hacen resonar las montañas de colores. Trajes de diablos y diablas saltan y corren por el cerro. La Garganta del Diablo escupe agua, como una continuación de las Cataratas del Iguazú.

Ese mismo sábado comenzábamos en San Pedro nuestro carnaval. La agenda para toda la ciudad es la misma. El protocolo de la ciudad durante los dos sábados y dos domingos es el mismo. Cuando muere la siesta y comienza la merienda, la primera cita obligada  es el club Providencia. Se baila, se salta, los cuerpos se pegan a la luz del día. Sin distinguir género. Las chicas te pasan las manos por la cara con témperas. Te pintan el cuerpo de violeta, verde, azul, amarillo. Los cuerpos se transforman en lienzos. Los varones se pasean con la caja de vino en una mano y en la otra una pizca de polvo de colores. Comienza el cortejo. La jornada en Providencia termina con el clásico carnavalito. Haciendo una rueda humana por toda la pista.

Luego todos vuelven a sus casas. Se bañan y cambian y se dirigen al centro, al ver las típicas comparsas. Cada uno, con silla en mano, va al corsódromo, que dura hasta cuando la luna se posa en el centro de la noche. 

Entre semana, los exiliados trabajadores se visitan entre sí. Reencuentros de asado. Los ñoquis del 29 pasan para un martes. El asado del domingo para el miércoles. Da la impresión que nadie trabaja. Solo los comerciantes para proveer comida y alcohol. En las estaciones de servicio hay heladeras de vino Capri. Cuenta la Leyenda, que un día todo San Pedro se quedó sin vino, y tuvieron que pedirlo de urgencia a la provincia hermana de Salta, donde el intendente tuvo que hacer de todo para que no haya desabastecimiento de vino durante el carnaval.

Al llegar a Tilcara una misión interna se hizo presente. Un pájaro se posó en la ventana del hostel y me hizo un guiño de ojos. Al finalizar la mirada cómplice el aguilucho salió disparado con un gran chiflido silencioso. El domingo era el último día de carnaval. La última jarra de vino en cartón iba a rodar. El ritual comenzó en una hora desconocida de la tarde. Al llegar al cerro de los siete colores el tiempo se perdió en el alba. Las comparsas volvían a retumbar sobre las piedras. Los tilcareños, son de estatura baja. La piel tiene un color cobrizo mate satinado. Diablillos y Diablillas corretean y te exigen vino. Si no le convidas te cae una maldición advierten los lugareños.  Están vestidos con trajes de seda con infinitas piedras de colores. Con todo el cuerpo cubierto. Solo tienen una pequeña rendija en la cara por donde beben y cantan. Da cierto temor por momentos. Porque el quechua que tienen es como el de un chillido de gatito maligno.

Las personas caminan en masa. Turistas, forasteros, tilcareños, coyas y jujeños.  Haciéndose en un solo ser. La noche se esfuma y aparecen pequeños fueguitos. Todos se dirigen hacia la Apacheta. Donde una pirámide de fuego ilumina las estrellas. Llegó el momento de enterrar al Pujllay. Llegó la hora de dejar de dormir al diablillo por un año.

Al acercarse al fuego todos tiran una ofrenda. Puede ser cualquier cosa, desde una moneda a una prenda de ropa. La ofrenda es obligatoria. Lancé una gorra Nike que había comprado en  Once antes de viajar. No recuerdo el deseo que pedí, lo que sí recuerdo es que era obligatorio. 

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