La noticia del jugador de Godoy Cruz puso nuevamente en discusión las presiones que se viven en el ambiente del fútbol. No obstante, no se puede pensar al suicidio como monocausal. 

Gabriel Romanelli

El futbolista nacido en Uruguay, tenía 30 años y se encontraba bajo tratamiento psiquiátrico por un cuadro de depresión. Según lo trascendido no respondía las llamadas hace cuatro días. Lo encontraron muerto en su departamento en Mendoza. 

En el 2019, en Radio Nihuil el jugador dijo lo siguiente: «Los jugadores no somos robots, no estamos hechos de acero. Nos pasan cosas que influyen en nuestro rendimiento. Son cosas que no se saben, pero cuando uno las vive de adentro, todo tiene un por qué». 

Año tras año se realizan campañas para alertar sobre esta problemática. Sin embargo, las enfermedades mentales siguen siendo estigmatizadas por gran parte de la sociedad y en muchos casos le quitan importancia con frases hechas que lo único que hacen es responsabilizar a la persona por todo lo que le pasa. Como si la solución a la depresión fuese decretarse más amor propio y vibrar alto. 

Según estadísticas arrojadas por la Organización Mundial de la Salud, anualmente se suicidan alrededor de 800.000 personas en todo el mundo. Lo que implica que cada 40 segundos una persona se quita la vida. Las cifras son más altas si contamos los intentos de suicidio. Frecuentemente se escuchan decenas de mitos que rodean al suicidio: «estados de locura», “la cobardía de vivir”, “el coraje de tomar dicha decisión”, “los que avisan habitualmente no lo hacen”. Si bien existen causas a menudo concretas (como adicciones o trastornos específicos), el suicidio no es algo extraordinario, o algo que le puede pasar solamente a otros, tiene que ver con algo que es mucho más terrenal, ordinario y que está al alcance de todos nosotros: el dolor. Eso que nos pasa habitualmente y de lo cual no podemos escapar… aunque a veces se intente. El dolor está presente por más que no queramos. Somos sujetos arrojados en miles de variables, cuyas dinámicas no manejamos: a fin de cuentas podemos controlar una cantidad demasiado finita de cosas. El dolor siempre es algo que se nos presenta y que puede aparecer. Dicen que “el tiempo todo lo puede o todo lo decanta”, no estoy de acuerdo con esas aseveraciones: considero que el tiempo es una mera proyección de un ciclo que tiene que ver con nuestra existencia. La importancia radica en lo que podemos hacer en ese tiempo, lo que podemos hacer con eso que nos pasa. Ese dolor de la existencia a menudo produce acciones en nosotros, una toma de decisiones. La pasamos mal y quizá hablamos de eso, o nos emborrachamos para “ahogar las penas”, nos anestesiamos. Otras veces las decisiones pueden ser mucho más complejas y determinantes: ahí es donde entra en juego la dimensión del suicidio. No tiene que ver con la decisión de terminar con una vida, más bien de terminar con un dolor. 

La persona en extrema vulnerabilidad oscila permanentemente entre un deseo de vivir y uno de morir. Es la decisión final de un dolor mental insoportable que no encuentra cauce haciendo lazo con el otro: como una palabra que se dijo pero que otros no pudieron escuchar. Por esto no es de extrañar que en los adolescentes sea la segunda causa de muerte. Por estas razones son imperiosas las campañas de prevención, hablar del suicidio “no da ideas” como también se suele creer erróneamente: es una forma más de acompañar a esas personas que necesitan contar con otrxs para que su dolor pueda ser algo más tolerable, para que quizá puedan hacer algo con ese dolor que los saque de esa oscilación entre la vida y la muerte.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s