«Barrio de La Boca» by Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires is licensed under CC BY 2.0 (Foto: Estrella Herrera)

Por Pedro Benitez

Me despierta un zumbido.  Al segundo ¡pum! ¡Ban! ¡Pum! Suenan cuatro tiros en este sábado caluroso. Deben ser algunos pibes que ya se preparan para las fiestas con los cohetes, pienso en voz alta.

Es sábado. Es feriado. Hoy no me toca laburar. Pero el reloj obrero me obliga a despertarme igual. Los rayos de sol entran por la ventana como una sábana que aclarece toda la habitación. Me levanto con el cuerpo pegoteado. Mojado. Abro la heladera, que apenas enfría. Hay una lata de cerveza abierta, una caja de pizza con una porción adentro y la botella de agua, vacía. Abro la canilla y me tomo dos vasos de agua tibia. Me pego un baño rápido y salgo a comprar facturas a la otra cuadra de casa.

Al salir a la calle, siento olor a pólvora. El pavimento esta vació, salvo un gato que sube unos escalones en la vereda del frente. Me rodean unas botellas de vino recortadas. La huella del meo todavía húmedo marca que hace unas horas se fueron los pibes que pasaron la noche acá.

Camino hasta a la esquina, y giro la cabeza hacía la casa donde vivía Diego, en Suarez 1430, veo un patrullero. Una madre llora. Un policía insulta a dos, tres vecinos. Apenas hay un vallado humano con cuatro policías. Hay un pibe acostado en la calle recientemente asfaltada, tapado con un plástico negro. Le cubre la cabeza hasta las rodillas. Es un cuerpo chiquito. Parece mi sobrino. Desde las zapatillas Fila, sale un hilo rojo oscuro.

Sigo dormido. Sigo caminando.

–Dos medialunas de manteca y una bola de fraile.

-Uno menos me responde el dueño de la panadería.

De fondo TN repite “Dos menores apuñalaron a un turista en Caminito, en el barrio de la Boca”.

El 8 de diciembre del 2018 Juan Pablo Kukoc fue asesinado de 4 balazos por el policía Chocobar, luego de un asalto a un turista por una cámara de fotos. Los casos de gatillos fácil son moneda corriente en estos barrios, así lo reafirma un mural con la cara de Diego Núñez a unas cuadras, “Basta de gatillo fácil”, pintado de azul y oro.

Veredas y chapas de colores

Caminando por el barrio de la Boca, es fácil perderse. Las estructuras de chapas azules, rojas, verde inglesas y amarillas, superan el siglo de vida.  Atrae a miles de turistas cada año. Tranquilamente el barrio podría vivir de los cientos de dólares que deja cada uno. Incluso podría independizarse de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y tomar su nombre como es, “La República de La Boca”.

Cuando los turistas desaparecen de Caminito, luego de las 18 horas de cada día del año, el barrio vuelve a renacer. Se retiran esos cuadros de artistas que tapan los murales y las míticas obras boquenses. Se puede ver a los obreros trabajando nuevamente en el puerto. Un bailarín de tango sobresale del fresco sobre las paredes hechas por el albañil Walter Vicente. Un artista que dejo sus huellas distribuidas por los adoquines de La Boca.  Del emblemático “Samovar de Rasputín”, salen angelitos culones creados por él. El Samovar es un clásico en el universo del Rock Nacional. Por sus escenarios al aire libre pasaron Pappo, Moris y Chizzo de La Renga.

En los banquitos que rodean la callecita de adoquines empiezan a caer las madres con el mate y los niños colgados bajo el brazo. Cuando llegue la noche, rodará el whisky, el tablero de ajedrez y una bolsa. En ese mismo pasillo ancho, mágico.

Al final de Caminito, se abre el puerto, como una gran boca. Un gran cementerio de agua oscura. “El barrio de los dos puentes”, lo llama el trapero Trueno. Porque desde el riachuelo se levantan dos estructuras largas. Como esas naves de Star Wars que caminan sobre el desierto de no sé qué planeta fucsia. Una tiene el color de toda la historia del barrio: un cobre gastado. El otro anaranjado prefectura. Cruzando el puente se puede ir hasta la Isla Maciel. A pie o en bote. Que une a la Ciudad con la provincia de Buenos Aires.

Román

En una pared sobre las vías del tren sin pasajeros está posado el Topo Gigio de Riquelme. Invita a metros al estadio de Boca Juniors. El humo de las parrillas donde están los choris obliga a clavarte uno con cerveza en mano, $300 el chori y un chop escrito con tiza naranja sobre un cartel colgado en el local de Quique, lleno de camisetas Xeneizes. Tres niños observan a un morocho con boina gastada tocando un acordeón en mano y su compañero con una criolla. En la puerta N° 7 del estadio esta Valentín. Está vestido con un camperón color caqui, una bufanda azul y oro y en los pies lleva puestas unas ojotas. “Si Valentín no te corrió no tuviste infancia”, indica un post en el grupo de LaBocasegura en Facebook. Todos tienen una anécdota, algunos le gritaban aguante River y los salía a correr alrededor de la bombonera. Esa es su casa hace más de quince años. Su cama son dos cajones de cerveza y un colchón finito, un televisor sin cable y un chango de supermercado con un muñeco con la camiseta de Palermo. Y dos perros. No habla. Nunca habló.  Duerme todos los días en ese lugar, menos los días que hay partido.

Canillita

Dani es el diarero de la esquina de Olavarría e Irala. Es alto, huesudo, tiene la nariz ancha y unos risos dorados opacos le caen hasta el hombro. Se identifica como anarquista. Es el dueño del último puesto de diarios que quedó en el barrio. Dani sabe todo del barrio: quien usurpó una pieza, cuáles son los pibes que joden a los vecinos, quién es tranza y quiénes son amantes. Está parado en esa esquina desde las cuatro de la mañana, hace veinte años. A las cinco comienza el reparto de diarios y revistas en bicicleta. Dani deja por una hora el puesto sin nadie que se lo cuide.

¿Quién se robará el Clarín o la revista Brando? Antes el reparto lo hacía su hermano y socio que falleció hace unos meses. Él vive en Caballito. “Acá me siento vivo, acá todos me saludan. Allá ni conozco al vecino que vive al lado mío. Nadie saluda a nadie”, me confiesa, al decirme que siente por el barrio.

Sube y baja

Es un barrio donde los vecinos no caminan por las veredas, veredones, vereditas. Que hay de todos los tamaños, desde 25 centímetros hasta 2 metros. Con escalones partidos y con miles de escalones. Sólo los turistas o aquellos extranjeros que viven del otro lado de la Av. Patricios y Av. Martín García la usan.

En los veranos, las veredas sin caminantes son ocupadas por las piletas de pelo pincho. El patio trasero es la vereda del frente. En esos veredones es el lugar perfecto para “La Parada”, donde los jóvenes matan el tiempo. Matan la vida. Matan el futuro. Matan el sueño. Matan la lengua. Acompañados de cerveza, vino barato, Fernandito y un porro. Que luego serán pastillas y aquellos que elijan la mala vida: merca.

Esas esquinas siempre están ocupadas. Sea verano o invierno. Salvo cuando llueve. Se la van pasando de generación en generación. Cada cuatro o cinco años aparece un grupo nuevo de pibitos. Y toman la esquina. Se adueñan de la parada.

Amor vecinal

“Hoy hay milanesa con puré. Por eso hoy está más lleno que de costumbre”, me dice Mercedes Frassia, la presidenta de la Fundación Casasan, una casona que antes de la pandemia funcionaba como un centro cultural, donde había actividades como Yoga, Rap, Karate y clases de baile para los chicos del barrio. Hoy se convirtió en un comedor social y alimenta a 500 personas por día. La postal de una cuadra de fila, esta repetida en distintos puntos del barrio, como en el comedor “Los Camioneritos” donde son las nueve de la noche y se sirve el último tupper de fideos con bolognesa. Acá hay más comedores sociales que canchitas de futbol, me comenta un referente por lo bajo.

Estrellas de fútbol que iluminan el barrio

La cita obligada de fútbol del barrio queda en las canchitas de Catalinas. La zona más pudiente del barrio, donde hay una docena de monoblocks y en el centro, una cancha de fútbol de tierra de 7. En el cual se juega el “Torneo de Catalinas”. Participan de todas las zonas del barrio. Los pibes del bajo, de Caminito, de barrio chino, de Olavarría, del Parque Irala. Pequeñas tribus futboleras.

Es domingo y se juega la final entre El Poli y La Solís. Se enfrentan el primero y el segundo en la última fecha, con una diferencia de 1 punto. El goleador del Poli, es Mati. Metió 25 goles en 15 partidos. Es su jugador estrella, de donde le pega, es fija que es gol. Del otro equipo están los hermanos Ravana, son tres, delanteros, un tridente perfecto. Ese trio metió 40 goles en el torneo. Pero son más conocidos porque están metidos en la pesada, andan calzados, enfierrados. Afuera son temidos. Pero dentro de la cancha, no existe prontuario. Son siete contra siete. El ganador se llevara todos los aplausos del barrio. Esa gloria no tiene precio. Las gradas están llenas, no hay cantitos, sólo expectativas. Todos esperaron esta gran final, luego de 4 meses desde que comenzó el torneo. El primer tiempo no pasa mucho de fútbol: pases largos mal dados, mucho cuerpo. Es un partido de ripio. Salvo una pegada en el travesaño de Mati. Los Ravana, no pegan una. Tienen cara de resaca, de fastidio. Comienza el segundo tiempo, quedan quince minutos. A los 10´ el menor de los Ravana, gambetea, a uno, a dos, engancha dentro del área. Penal. Los de azul lo engancharon de atrás. Patea el mayor de los hermanos. “Otra vez campeones los Ravana”, lo quema uno. Pelotazo y la tira a las vías detrás del arco. Quedan dos minutos. Sale El Poli de abajo, pase al medio para Mati, se abre hacía la izquierda de la línea del lateral. Corre unos metros, hace seguir de largo a uno, dos, tres. Pelotazo. Entró al ángulo dibujada. Todos corren a abrazarlo. Suena el pitido final del árbitro. De inmediato suenan tres tiros desde el banco de suplentes de La Solís. ¡pum! ¡Ban! ¡Pum!

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