Por Diego Planisich

Esperarás, como cada año, el regalo debajo del árbol. Sabrás que serán ellos quienes… uno de ellos, quien lo coloque antes de salir. Serás parte del teatro, que ella olvidó su pañuelo, que la noche en casa de la tía estará fresca. O será él, que olvidó entrarle el agua los perros o ponerle la música fuerte para que se distraigan de los cohetes de la medianoche. Vos irás hasta el auto que espera en la vereda, te sentarás tranquilo en la parte de atrás y, en todo caso, te molestarás por la tardanza, pero no dirás nada, cumplirás con tu parte. Sabés que es a propósito y deberás tener paciencia, cuando empiecen los estruendos lejos de casa no podrás correr inmediatamente hasta el árbol. Tendrás que conformarte con la felicidad de los demás niños, viéndolos abrir sus paquetes, romper sus papeles brillantes y salir al mundo a mostrar su gracia. Tendrás, ya lo sabés, que esperar hasta el regreso y retomar tu papel de sorprendido. La noche, desde el brindis, será más corta, sabrás que falta poco.

Desde que saldrás de casa pensarás mucho en eso, en el tamaño, en el envoltorio, en su forma, en su peso. Estarás esperando que sea éso que quisiste todo el año, por lo que tuviste que hacer méritos y negociar comportamientos. Querrás el Family Game, querrás poder jugar en las siestas en el propio televisor de tu casa. Entrenarás para estar a la altura de tu primo, para juntarte con él y tener contiendas menos desfavorables. 

Comenzarán los primeros saludos de despedida, de a poco los parientes empezarán a retirarse, otros cabecearán con un vaso en la mano. Vos los mirarás, esperarás una señal, entre ellos, y esperarás a que te miren. Pensarás en la seña, si hablarás desde tu lugar o te arrimarás a ellos. Querrás irte y buscarás la forma, o estarás atento al aviso.

Al fin estarás de camino, mirarás por la ventana lo que deje mostrarte la noche. Verás foquitos de casas encendidos, el resplandecer de algún que otro caserío que habita en el monte. Mirarás al frente, intentarás contar los guiones de la ruta pero pasarán muy veloces. Irás reconociendo los parajes que están antes de llegar, irás descontando, achicando la distancia hasta tu árbol. Él se detendrá en el primer semáforo, observarás con detenimiento si en los demás vehículos hay envoltorios brillantes, de colores. Especularás con lo que verás en los interiores. Pensarás nuevamente en tu consola, en sus características, que te esperará debajo del árbol del living de tu casa. Planificarás cómo será tu llegada, tu ingreso. Sabrás que primero tendrás que abrir la reja para que entre el auto, luego cerrarla, y si tienes un poco de mala suerte, te verás obligado a saludar a los vecinos que aún perdurarán en sus veredas.

Entrarás finalmente a tu casa, verás cómo ellos tendrán sonrisas en sus caras, te darás cuenta que también estuvieron esperando este momento. Correrás al living, moderadamente, y verás que, efectivamente, habrá un regalo debajo del árbol. Comprobarás que su forma será la deseada, también su peso y la alegría de tenerlo en tus manos. Los mirarás y les dirás gracias, que no se hubieran molestado, que la verdad no esperabas nada, o al menos esperabas algo chiquito.

Abrirás tu regalo, romperás el papel porque dicen que da suerte hacerlo. Esperarás que explote la felicidad en tus manos, mirarás de reojo al televisor, medirás la distancia y el tiempo en que tardarás en ponerte a jugar. Explotará, pero no será tu deseo, será una de las primeras grandes desilusiones de tu vida. No será un Family Game, no podrás entrenar por las siestas para estar a la altura de tu primo. Volverás a mirar el televisor, traerás nuevamente la mirada a tu regalo: una máquina de escribir. 

Te mantendrás entero, revestirás tu semblante de un entusiasmo inexistente. Los  mirarás a los ojos, verás que están felices, que sus esfuerzos puso en tus manos una herramienta y, aunque aún no lo entiendas, te sentirás agradecido. Le darás vueltas a la cosa, no sabrás en principio cómo se abre ese estuche. Lo harás con una sonrisa en la cara, con supuestas ideas que podrás plasmar en esos papeles. Ellos te mirarán. Vos armarás la cosa, esa máquina, colocarás papel, teclearás cualquier cosa para comprobar su funcionamiento. Escribirás tu nombre, escribirás el de ellos. Jugarás con el carro, lo harás ir y volver un par de veces, te gustará su sonido, el olor de la tinta y el golpe de las letras. Escribirás de nuevo: pondrás tu nombre, lo subrayarás y, debajo, sin que sepas cómo continuarás, marcarás tres puntos suspensivos.

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