Por Celeste Gomez

Lorena Tuffner aún recuerda con claridad la tarde en que Oscar Sosa asesinó a su hermana, el 19 de julio de 2015. Fue El Buey, un hombre hostigador y observador del cuerpo de las mujeres, “un tipo desagradable”, un vecino del barrio, un cercano.

Para sus amigos de Glew y otros barrios, Melisa Tuffner era Mel. Estudiante de psicología, militante por los derechos humanos, acróbata, hincha fanática. Ella no le temía a nada ese domingo. Iba a vender entradas para un evento artístico en el Centro Cultural “Gringo Viejo”, un espacio que construía como quien cuida su casa. Después iría a encontrarse con su familia en la cancha del club que amaba y seguía a todas partes: Temperley. Tenían que ver juntos el segundo tiempo contra Independiente, pero Melisa nunca llegó.

El Club Temperley acompañó el pedido de justicia por Mel. Créditos: Adan Solian.

Después de salir, sus primeros pasos terminaron con golpes por todo el cuerpo. Estaba inconsciente en la vereda. Los vecinos que la encontraron herida y con todas sus pertenencias encima alertaron a la familia y la trasladaron de urgencia a la Unidad de Pronta Atención de Longchamps. Según los médicos, se encontraba estable. Cuando la trasladaron al Hospital Sirio Libanés del barrio porteño de Villa Devoto, el diagnóstico cambió: a Melisa la atacaron con dos puntazos de arma blanca en la cabeza. Tenía muerte cerebral. Tres días después, falleció. Sus familiares encontraron refugio en la solidaridad y, esa misma tarde, decidieron donar los órganos.

Lo único que se supo de Melisa es que fue atacada de sorpresa. Un mes después de la agresión, reconocieron al Buey en las cámaras de seguridad. Oscar Sosa, quien estuvo presente en las marchas pidiendo justicia, fue el último que cruzó a Mel con vida. “Él era vecino vecino del barrio. Somos seis hermanos y nos conoce de chiquitas, también conoce a mis padres”, recordó Lorena.

Las hermanas Tuffner describieron al Buey como un tipo desagradable que manejaba una actitud “común en todos los asesinos de mujeres”. Tenía denuncias por robo, violencia de género y por un intento de violación a su sobrina. Nada de eso fue suficiente. Él estaba libre, y su presencia -agregó Lorena- incomodaba. Entre el asco y la bronca, aseguró que era un hombre del cual las mujeres preferían no hablar. Si lo veían en la calle, él las obligaba a saludarlo. Mencionó que se conocían, pero nunca dijo lo mal que se sentía cuando estaba cerca suyo porque “nunca había pasado nada”.

Se necesita valentía para cruzar cualquiera de los umbrales con que se encuentran las mujeres al momento de decidir a quién confían o a quiénes confían y cómo, qué opción de vida prefieren, con quiénes caminan o incluso en qué tono hablan con los otros, qué conversan, qué se callan, qué defienden.

Foto por Agencia de Noticias Redacción

Florencia Dimenzza era su amiga, fue compañera de colegio y una hija más para la familia. Con Melisa no dejaban pasar ni un día sin hablar. Cuando la recordó, se preguntó “¿Cómo olvidarlo?”. Horas antes de que asesinaran a Mel, Florencia le recomendó que vaya directo a la cancha a disfrutar el día con su familia, pero ella insistió en ayudar en el centro cultural. Al salir, le dijo que guardaba el celular porque la zona donde debía caminar era peligrosa. Desde entonces, no se comunicaron más. Florencia creyó que no respondía porque estaba dormida, ocupada, porque había ido a bailar o se quedó festejando con su familia. Entre pausas y suspiros, repitió una y otra vez la fecha: domingo. Domingo diecinueve de julio. El día siguiente era el día de las dos: el día del amigo. Se rió como quien cae en una broma y contó que a las doce de la noche le escribió un mensaje que decía “te amo y no sé qué haría sin vos en mi vida”. Melisa no respondió. A la mañana siguiente, Florencia supo que su amiga estaba en terapia intensiva.

Un mes después, el 16 de agosto de 2015, Sosa se acercó a la casa de los Tuffner. Le dió el pésame por la muerte de su hija a Marcelo, su padre. Al día siguiente se presentó en la comisaría. Aseguró que quería aclarar el caso, pero que “iba a hablar cuando Dios se lo permita”. Desde entonces, no habló más.

El pedido de justicia por el femicidio trascendió los barrios. Amigos y cercanos de otros países exigieron condena a los culpables, sus bandas de música favoritas vistieron la cara de Mel en los escenarios, Glew se llenó de murales y festivales artísticos. Dijo la familia Tuffner “Estábamos creando un lugar hermoso en honor a ella que fue y es tan querida. Así transitamos los días, cargados de angustia, de desesperanza y de enojo también”

El compromiso social de Melisa comenzó en la secundaria del Colegio Nacional Almafuerte de Alejandro Korn. Su trabajo en la escuela la llevó a participar de los programas interescolares de la ONU que se hacían a nivel provincial. Fue educadora y formó parte de los modelos de UNASUR, donde recibió diversos premios. Días después de su asesinato, la Comisión Directiva de la Red Iberoamericana de Trabajo con Familias lamentó lo ocurrido y presentó sus ponencias sobre el sistema educativo. Las organizaciones políticas la convocaban, sus docentes la tenían en cuenta.

El reconocimiento de Melisa por su trabajo en los barrios facilitó la visibilización del caso y la gestión de homenajes a lo largo del distrito. Su rostro sonriente copó las pantallas de TV y portales web, pero muy pocos comunicaban certezas. “El misterioso caso de Melisa Tuffner, la chica asesinada en Glew”, “El misterio de Melisa: la atacaron salvajemente y murió”, “Un caso en 5 imágenes: el crimen de Melisa Tuffner”, fueron algunos de los titulares que circularon en internet.

Si bien lo ocurrido no quedó registrado por las cámaras de seguridad, no fue escuchado por los vecinos, ni se pudo reconstruir la escena con la declaración del acusado, hay coincidencias que indican que hubo un intento de abuso sexual contra la víctima que se defendió hasta donde pudo, costándole la vida. El 15 de noviembre de 2017, Sosa fue condenado a 24 años de prisión en los tribunales de Lomas de Zamora bajo la carátula de “homicidio simple”. Él no estuvo presente en la lectura del veredicto. Sin embargo, habló y sostuvo: “soy inocente”.

En el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, el observatorio “Ahora Que Sí Nos Ven” publicó los datos de su relevamiento anual. Entre los primeros días de enero y el 20 de noviembre del corriente año, hubo 265 femicidios, lo que se traduce a un femicidio cada 29 horas. Las conclusiones son las mismas año a año: en un 80% de los casos, hay un femicida cercano a la víctima.

El Buey vivió debajo del tanque que provee agua a todo Glew, en la plaza del barrio. Su hermana Lorena pasó su infancia y adolescencia cruzando ese terreno con miedo, durante años ignoró los comentarios y llamados que el femicida de su hermana le gritaba cuando pasaba. El 19 de julio de este año, ese mismo lugar fue reacondicionado y reinaugurado como la Plaza “Sonrisas por Mell”. El espacio surgió a partir de la necesidad de transitar un duelo interminable en compañía y en un lugar físico de su barrio.

Los años pasan y a su familia las fechas les pesan como el primer día. El 25 de noviembre de 2019, el mismo día de lucha contra la violencia machista, el Club Temperley inauguró un Banco Rojo en las instalaciones de la institución con el objetivo de sensibilizar y concientizar contra la violencia hacia las mujeres. La inscripción sobre el rojo vivo, expresa “En memoria de la socia Melisa Tuffner y de todas las mujeres asesinadas por quienes decían ‘amarlas»’.

El consuelo que les queda a sus familiares es continuar el trabajo que Melisa inició. Quizás, con la creencia de que volverán a encontrarse cuando la vida -o aquello que excede a la vida- lo permita.

Lejos de romantizar el femicidio de su amiga, Florencia señaló la importancia de no perder la constancia a pesar del paso del tiempo y las condenas que se puedan conseguir.

—Las personas que perdieron a una mujer cercana por un femicidio tienen que buscar apoyo. Tienen que estar juntos. La unión hace que el dolor se comparta y sea más liviano.

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