Foto: Celeste Gómez

Por Agustina Gonzalez

Una botella de vino vuela por los aires. Salpica y cae lentamente, cae como el cuerpo de quienes menean al ritmo de un clásico cordobés. El pogo no es el más grande del universo pero le pelea la punta. El cielo se tiñe de colores y de banderas que flamean de un lado a otro mientras el franeleo de varones y mujeres parece interminable. El sol cae como cualquier día a la misma hora. Pero no es cualquier día y el reloj parece haberse detenido unas horas antes, cuando una catarata de mensajes inundó el teléfono de cualquiera, en cualquier parte del mundo. Se murió Diego Armando Maradona. Un silencio ensordecedor golpea como un estruendo. Quiero que sea mentira, pienso. Quiero que los medios vuelvan a mentirme una vez más y perdonarles la astucia.  

El pueblo no rinde homenajes solemnes. Mientras el cuerpo de quien fue el mejor jugador del mundo se enfriaba en la Morgue Judicial. El Obelisco empezaba a  entrar en calor. La gente llegaba de a poco con banderas, carteles, flores, fotos y cartas escritas a mano. Inimaginable pensar que un hombre como Maradona podía morirse. Inimaginable pensarlo humano. Con carencias y falencias como las de cualquier persona que transita las calles. 

La noche estaba estrellada y ardía. Dos climas. Mientras en el Obelisco se vivía una nueva fiesta popular y el virus que azota al mundo quedaba en segundo plano, en la Plaza de Mayo el escenario era completamente diferente. Las primeras banderas y cartas de despedida colgaban de las rejas de la Casa Rosada junto con claveles, rosas y algún que otro jazmín. “Gracias Diego, abanderado de los humildes” dice un cartel que acompaña a uno de los tantos santuarios. Pequeños papeles con nombres y apellidos y ciudades y fechas. Un nacimiento y un infinito. Junto a la bandera argentina que al otro día amanecería izada a media asta había gente amuchada, el fuego les iluminaba la cara. Encendían una por una las velas que formaban el nombre de quien hasta hace unas horas había sido el Dios y el héroe invencible. Aquel personaje que trascendía a la vida, a la muerte y a los muertos. 

A las diez de la noche sonaron los primeros aplausos organizados. Cientos de fanáticos y fanáticas miraban al cielo con los ojos vidriados, alzando sus manos, como señalando, creyendo encontrar en el cielo alguna respuesta imposible de conseguir con los pies apoyados sobre la tierra. ¿Dónde descansan los restos de un ídolo? Sino es en el cielo, es en un cementerio, o es en una cancha, o es en un potrero. O simplemente descansan en un pedazo del alma que uno le cede a quien amó incondicionalmente. 

Las canchas de fútbol donde Diego dejó su huella también se transformaron en un gran santuario. Desde La Paternal hasta La Boca, pasando por la mítica Segurola y Habana. Cientos de personas se acercaban a llorar a su muerto. La noticia trascendía el mundo. Y los homenajes no tardaban en aparecer, «Diego fue todo lo que era Nápoles y le devolvió la dignidad a la ciudad» tituló la BBC. Las cartas de líderes mundiales empezaron a viralizarse rápidamente, tal fue la del Presidente de Francia, Emmanuel Macron, que logró conmover a todas y todos los argentinos. “Las lágrimas de millones de huérfanos le responden hoy con una evidencia dolorosa” escribió, “Fue en Nápoles cuando Diego se convirtió en Maradona” enfatizó con mucha razón. 

«Sos la villa en carne viva» un pasacalles firmado por la Agrupación La Garganta Poderosa corta la Avenida de Mayo. El olor a carbón, la parrilla aprontándose, el humo esparciéndose por el aire. Un funeral, una despedida. “Vamos a cantar, esto parece un velorio” una voz ronca alienta a la oleada de gente que se suma a la vorágine popular sin dudarlo. Llegado el mediodía, con el sol picando en el cuerpo, la cola llegaba a 9 de Julio y doblaba a su izquierda, con el pasar de las horas se extendía, casi llegando a Constitución. Todos con un mismo objetivo, poder despedir a El Diego, así, con el artículo adelante, como él se denominó alguna vez. “Yo no soy público, yo soy popular” dijo en una entrevista televisiva en los años noventa. 

Desde niños y niñas acompañados por sus padres y madres hasta viejos y viejas que, por primera vez, salieron a la calle luego de estar más de seis meses encerrados, como quien dice, rompiendo la cuarentena, respetando el distanciamiento social que impuso el mismo gobierno que organizó este multitudinario encuentro. Era inevitable, decían los funcionarios. Claro. Era inevitable que miles y miles de personas no quieran ir a llevarle una flor a su ídolo por más virus que circule en las calles. 

Máscaras, tapabocas, lentes y hasta algunas personas con guantes. Muchas caras guardadas detrás de una tela y un plástico. Muchos gestos perdidos y otros no tanto. Sillas de ruedas, muletas, hasta personas que por alguna promesa, hicieron el camino arrodillados. “A veces no teníamos para comer y lo veías en la tele y te hacía feliz”, solloza un hombre de unos cincuenta, sesenta años. Y este no es un caso aislado. El pibe de Villa Fiorito, que nació y creció en la marginalidad y llegó a niveles insospechados de éxito y de riquezas, fue para muchos una bandera a imitar. Muchos pibes y hoy muchas pibas creyendo que es posible soñar. Como soñó él y como vivió él, nunca olvidándose de sus raíces y reivindicando su pasado. Y reivindicando a su madre, Doña Tota, la misma que fingía un dolor de estómago a la hora de la comida porque no alcanzaba, la plata no alcanzaba. La historia de Maradona pibe se cuela en miles y miles de historias de pibes del conurbano bonaerense que asistieron, sin pensarlo dos veces, al funeral, que lloraron abrazados a su camiseta y a flores marchitas, y se abrazaron a desconocidos, porque si hay algo que logró Diego Armando Maradona es el reencuentro de muchos que en otros contextos estarían a los piedrazos. “Diego es pueblo y Diego es del pueblo” repetían una y otra vez. Acongojados, pidiendo poder entrar a la Casa Rosada a tirarle una flor a su ídolo. Y verlo aunque sea por primera vez en sus vidas dentro de un féretro. Eso no importaba, ni tampoco importaba que no pudieran quedarse unos minutos a dedicarle unas palabras, sólo querían poder verlo desde la lejanía. Explicarle tal vez, explicarle a un Dios irreverente que ya ni se inmuta ni se agita ni se conmueve, que sus goles le dieron sentido a la vida, cuando a veces, ésta no lo tenía.

Amigo invisible, héroe, Dios, prócer, futbolista, padre, hijo. Cuántos nombres caben en un cuerpo. Cuántas responsabilidades para una sola persona. ¿Cuánto le pesó a Diego Armando Maradona haber sido quién fue? ¿Cuánto le pesó haber jugado el partido siempre del lado de los humildes? Quizás si no hubiese transpirado siempre la misma camiseta no hubiera cargado con todos los nombres con los que cargó a lo largo de su vida. Diego amó a su país como pocos patriotas y no tuvo pruritos en decirlo y repetirlo en cualquier parte del mundo. Y como dicen por ahí el pueblo no olvida a quien no lo traiciona. 

Llegada la tarde cuando la Policía de la Ciudad quiso cortar la cola comenzó el caos. Paradójica despedida la del diez. La gente no tardó en manifestar su bronca y su tristeza, tenían la última posibilidad de acercarse a su ídolo y se la estaban arrebatando. Una vez más los gases lacrimógenos, una vez más disparos y más disparos y palazos, una vez más aquello a lo que no podemos acostumbrarnos pero sucede a diario. Sucede igual, sin piedad, la violencia a la luz del día, la violencia en la cara de niños y niñas que lloraban junto a sus padres, comiéndose la angustia. Chiquitos consolando grandes. Chiquitos que escucharon una y mil veces la historia de un jugador de fútbol y aprendieron a amarlo. Le pusieron alas y lo recrearon en dibujos que más tarde colgarán en sus heladeras, le pusieron palabras y se apropiaron de un amor que excede a lo grande. 

El desahogo popular, la furia acumulada, el encuentro después de tantos meses de encierro, la desidia. Un sacrilegio. Cuando los hinchas irrumpieron en la Capilla Ardiente y todo parecía desmadrarse, se trasladó el féretro de Diego al Salón de los Pueblos Originarios. Los trapos, las cartas y las flores que lo rodeaban formaban la Argentina. Sobre su corazón se posaba un pañuelo de las Abuelas de Plaza de Mayo.  Una camiseta de Boca, otra de Argentinos Juniors, la celeste y blanca y la Copa del Mundo, la que él supo levantar, como si lo estuviera escoltando. 

La rabia no mermaba. Las rejas de la Casa Rosada se habían transformado en una cancha de fútbol, El Presidente, Alberto Fernández, salió con un megáfono a pedirle calma a los asistentes. Pero no había calma, ni había consuelo. Se había creado la ilusión de que el coche fúnebre iba a pasar por Avenida de Mayo pero salió por Paseo Colón. La efervescencia era tal que la autopista ya estaba colmada de gente que buscaba tocar el coche que trasladaba los restos del diez.  Nadie quería perderse la última oportunidad de sus vidas. Aunque eso valiera la vida. Tan efímera y tan vertiginosa vida. 

Murió nuestro Diego. Pasó lo que muchos y muchas pensamos que iba a pasar en algún momento de nuestras vidas ¿Cuántas veces lo dijiste o lo repetiste para hacerte la idea rotunda de que tu Dios se ha muerto? ¿Cuántas veces pensaste que fuiste contemporáneo a la leyenda más hermosa y más contada? ¿Cuántas veces? Vivimos en un mundo que ya no tiene la voz ni la magia de Diego Armando Maradona. Un mundo igual o un mundo más injusto que el que él supo denunciar. 

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