Un cuento de Xilene Agustini

Julio insistió con un hijo, yo hubiera preferido un gato.

Cuando llegamos el lugar estaba poblado de mocosos sucios y desabrigados. El sol aumentaba el olor de haberse bañado muy poco. Tenían los pelos duros, las narices empolvadas y los pies descalzos. El lugar era un desarmadero de niños.

Camila le explicaba al nene nuevo que elegirían sólo a uno de nosotros. Le acomodó un poco el pelo con su saliva, le estiró apenas la ropa y le sacudió la tierra de las rodillas. Yo, desde la ventana, miraba a la pareja. La señora tenía las piernas bien flacas, se reflejaba el sol en ellas y brillaban. Era tan blanca como el azúcar y tenía el pelo tan largo que necesitaría ayuda para peinarlo. Un vestido marrón le hacía juego con su pelo castaño, un pañuelo color cielo la cubría del viento y sus uñas rojas y prolijas acariciaban el brazo del señor de traje que la acompañaba y nos saludaba más contento que ella.

Julio estaba tan contento como si estuviéramos entrando a un zoológico, los miraba sonrientes y los saludaba en un sacudón de manos exagerado. Yo lo intentaba calmar, le sujetaba el brazo para que se tranquilice. El patio era largo, angosto y frío. Había hongos de humedad en las paredes. No sé cuántas caras sucias tardamos en saludar hasta llegar a la oficina. La noche anterior habíamos discutido, Julio insistía en que alguien debería heredar nuestros bienes. Busqué hasta sus familiares más lejanos, incluí los míos pero Julio estaba empecinado en que debía heredar un hijo de él, decía que le quedaba poca familia viva y con buena relación, que no dejaría su fortuna a cualquiera. Me había conciliado bajo una condición pero en ese patio despojado de futuro Julio se estaba equivocando.

Camila sonreía con esmero y ordenaba a los más chicos, se arrimaron todos al patio para que los vean, yo los espiaba desde la ventana, no quise acercarme, yo ya tenía 11 años. Nací en el Hogar Una Esperanza, eso me contaron, mi mamá murió en el parto, era joven, tenía apenas quince años. Dicen que era una muchacha hermosa de ojos miel y cabellos claros, de huesos fuertes y caderas anchas; había vivido en el hogar hasta sus doce años, después una familia la eligió, empezó a estudiar pero regresó al poco tiempo. Nadie me contó de mi papá, supongo que ella nunca lo dijo.

Julio entró a la oficina con confianza, nos esperaban con unas galletas grasosas y en unas tazas sucias dos monjitas nos sirvieron café aguado. Julio iba por la segunda galleta cuando yo apenas pude sentarme. La directora empezó a mencionar algunas de nuestras obligaciones, buscaba carpetas y nos contaba la rutina que tenían. Las monjitas pretendían que estos animalitos creyeran en Dios. Les daban rosarios y los hacían bendecir la mesa. Julio hacía preguntas fuera de lugar, yo no quería conocer sus historias, seguro estaban acá por haber robado o algo así.

Camila tampoco creía que dios es bueno pero repetía un sí con su cabeza cuando la directora me decía que mi mamá también lo era por eso dios la eligió como su ángel para que desde el cielo me cuide mejor. Yo no creía en esas pavadas, había crecido en este lugar con niños tan huérfanos como yo, ninguno sabía dónde estaban sus padres, ni los padres de los padres, no teníamos hermanos ni primos pero la directora y las dos monjitas insistían que nuestra familia estaba ahora acá.

Julio acariciaba las fotos de los huérfanos, preguntaba sus nombres y volteaba a mirarlos jugar en el patio. Habíamos preferido la vida de una pareja siempre joven, hemos viajado por hartos lugares del mundo y estudiado suficientes doctorados. Julio, en cambio, le decía a la directora que habíamos intentado con esmero tener hijos, que se nos había pasado la edad en los intentos frustrados. Me preocupaba el entusiasmo de Julio por esos pibitos tirados en el piso con los pantalones rotos y los mocos chorreando los buzos.

Camila jugaba delicadamente, bien sabía que había que demostrar buenos modales. Yo imaginaba a mi mamá aplastándose el pelo con saliva para que la vieran tan linda como ahora hacía Camila. Mi mamá se había ido con el pelo largo y un vestido floreado, volvió con marcas en la espalda, el pelo arrancado y una panza asomándose; eso también me contaron.

Julio no dejaba de comer esas galletas que chorreaban grasa como los mocos. Yo ya había elegido a uno, había planteado una condición pero si hubiese sido por Julio volvíamos con cinco criaturas, nunca lo había visto tan entusiasmado con la idea de tener un hijo, esto no era un hijo, era una suerte de sorteo. Me estaba asfixiando la humedad de este cuartito que se daban el gusto de llamarlo la oficina, agarré firme la foto del pibe que hace menos tiempo estaba en este lugar, pedí la carpeta y los papeles para firmar. Le dije a Julio que ya era suficiente, que otra taza de café tampoco iba a tomar. Firmamos y dejé indicado que la próxima semana volveríamos a buscarlo, que necesitábamos unos días para acomodar la casa y no sé qué otras cosas más que decoren la adopción de la que sólo Julio estaba encantado.

Camila era la más grande de todos en el Hogar, aún no conseguía quien la elija. Cada vez que alguien venía ella se preparaba con expectativas pero siempre se llevaban a los nuevos, las monjitas decían que eran más fácil de educar. Yo, en cambio, ya no soñaba con una familia. El señor de traje miraba hacia el patio sonriente, la señora sostenía la foto y hablaba con la directora que no dejaba de buscar datos en las carpetas. La señora elegante parecía estar decidida con uno, el señor miraba a todos. Le ofrecieron café y galletitas que habíamos hecho la tarde anterior. No escuché las preguntas que hicieron, firmaron unos papeles y los vi retirarse de la oficina satisfechos.

Julio se detuvo a saludar uno por uno cuando nos retiramos por fin de la oficina. Yo quise atravesar rápido ese patio largo y frío, Julio les prometía volver a visitarlos y regalos para el día del niño. Julio ya le ató los cordones al que compramos, lo miró compasivo y le besó la frente; la directora nos había pedido que no digamos nada para no crear expectativas, por si se arrepienten dijo una de las monjitas; Julio le aseguró que eso no pasaría, yo en cambio pensé en qué posibilidades tenía de convencerlo de no comprarlo.  Me acerqué a Julio y tuve que arrastrarlo hasta el auto. De regreso a casa no supimos hablar; yo repasaba los motivos que nos llevaron a no tener hijos y Julio miraba por la ventana el sembrado con nostalgia. Ya estarás satisfecho, le dije cuando llegamos a casa, por suerte es el menos peor, parece bueno y domesticable.

Camila bajó la cabeza con la misma decepción de la última vez. Ya se había desacomodado el pelo y las rodillas estaban de nuevo envueltas en tierra. Los calmó a los más chicos y los mandó a jugar, el niño nuevo había quedado ilusionado porque todos sabían que era el elegido. La gente que iba a vernos, sin decirnos siempre nos daba a entender a quién de nosotros habían elegido. La vi a Camila alejarse hacia la hamaca de rueda que colgaba del árbol, vi como las monjitas la miraron compadeciéndose, ya está grande dijo una; sí, ya es tiempo de pensar dónde irá cuando cumpla su edad, dijo la otra. Nosotras sabíamos que cumplir su edad significaba no poder estar más en el Hogar. Yo quise seguir a Camila, la directora salió conmigo, se paró a mirarla y me palmeó la espalda, volverá para cenar, me dijo. Vi a Camila alejarse unos metros, entré al hogar con el mismo desgano con el que salí, el niño nuevo estaba contento, era tan chiquito que sería fácil de educar.

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