Una revisión de este clásico del cine, que no busca cancelar ni tampoco comprender la trama con la idea de que “era otro momento”. Se trata de rever que estaba sucediendo allí y no volver a comernos el cuento de forma impasible.

Por Malena Bianca

Las películas de los 90’ y principios del 2000 tienen una imagen imperfecta, parecen una filmación un poco sucia y eso hace que se las reconozca rápido y con algo de nostalgia. Hace 26 años se estrenaba “El Perfecto asesino” del director francés Luc Besson, lo protagonizaba Jean Reno, en el papel de León; Gary Oldman, el villano; y Natali Portman, en su primer protagónico. En pocas palabras, la historia cuenta la vida de un asesino a sueldo que vive en New York, sus días monótonos cambian cuando elige salvar a una niña de ser asesinada. Hasta acá, parece que se trata de un policial, pero en realidad resulta en un drama incomodo.

La película concentra su atención en explorar la relación entre Mathilda, una niña de 12 años y León, que aparenta unos 40. Mathilda está caracterizada como una niña madura y segura, tal vez producto de vivir una infancia violenta. La escena de verla fumar despreocupada, refuerza la caracterización de una niña adulta que se vio obligada a crecer de golpe. Mientras que León se muestra como un adulto niño, que para poder ser eficiente en su trabajo se vale de rutinas metódicas y escaso contacto social. Es un hombre sin herramientas, que se vio obligado a dejar su país y que es constantemente manipulado. Si la trama se centrara en un adulto que entabla amistad con una niña y procura ayudarla, no sería necesario repensar lo que plantea el film.

Lo problemático de la película resulta en la clara decisión de que la relación entre ambos tenga tintes románticos y sobrevuele una sutil tensión sexual ¿Por qué sutil? Porque nada explícito sucede entre ambos, pero son las miradas, los movimientos corporales y las palabras los que dan a entender que algo más podría pasar entre ellos, sobre todo por la sexualización que hacen de Mathilda. Ella está creada como la voz dominante que busca conscientemente atraer a León, mientras que él parece infantil y no sabe cómo proceder. Hay una escena en particular, donde la niña le dice al portero de un hotel: “Él no es mi padre, es mi amante”. El conflicto no es que la niña esté enamorada, sino en jugar con la idea de que un adulto pueda corresponder esos sentimientos y que en ese proceso se la erotice como objeto de deseo.

Natali Portman dio un discurso hace dos años, en una marcha por el 8 de Marzo. Recordó cómo fue tener 13 años y vivir el éxito que le trajo la película. En esa época abrió una cuenta para recibir correos de fans, entre los que recibió, había una carta de un hombre que le confesaba su fantasía de violarla. Esta situación repercutió en la vida real de la actriz que sufrió situaciones que la atemorizaron y la llevaron a pensar que “si se mostraba como alguien sexual, iba a sentirse insegura porque les daba lugar a los hombres a que la cosificaran y por eso su cuerpo no iba a estar a salvo”. Los sueños de ser actriz se transformaron en el miedo de no sentirse protegida.

Son constantes las maneras en las que ponen a Mathilda a seducir a León. Una no puede evitar preguntarse ¿Por qué contar una historia así? ¿Por qué la necesidad de naturalizar una relación romántica entre un adulto y una niña? Sobre todo porque no se trata de algo platónico, sino que es clara la intención de validar la posibilidad de ese vínculo. Sin embargo, lo que más me sorprendió al hacer una pequeña investigación sobre la creación de la película, fue un dato sobre la vida personal del director. Luc Besson, al momento de filmar, tenía 32 años y estaba en una relación con una joven de 15 años. La intención no es hacer amarillismo de la vida privada, pero volviendo a la pregunta ¿Por qué había necesidad de crear este relato? ¿Era con fines de naturalizar sus propias vivencias? En varias notas Portman cuenta que sus padres se oponían a que participe porque lo consideraban inapropiado para su edad. Luego de aceptar, insistieron en cambios de guion porque ciertas escenas de tonos sexuales les parecía inadecuadas para exponer a su hija.

La cultura, en este caso expresada en el cine, es espejo de una sociedad y es también una forma de perpetuar conductas. Cuando volvemos a ver clásicos del cine en la actualidad, es imposible y absolutamente necesario hacerlo con una mirada crítica y consciente de que son productos de una época, pero de ninguna manera debemos continuar consumiéndolos de forma indiferente. No creo en la cultura de la cancelación, pero si en reflexionar sobre nuestros consumos. Si disfrutaste del Perfecto Asesino, está buenísimo. Tiene geniales actuaciones, el ritmo de la historia es atrapante, hay escenas magníficas y encima hoy carga con esa nostalgia noventosa. Los clásicos siempre van a estar cargados de recuerdos personales y del disfrute que generaron la primera vez que los vimos. Considero que la tarea no es olvidarlos, sino que sean una herramienta para revisar nuestra mirada actual sobre los temas que plantean.

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