Un cuento de Xilene Agustini

Paola señalaba con las manos una línea divisoria antes de empezar. No sé si nos elegían por altura, color de pelo, amistad o porque realmente jugábamos bien. Los chicos se sentaban en el pasto a esperar, se reían de los criterios y se fastidiaban a veces con tanto rodeo en la preselección. A mí me gustaba mirar como ella cargaba con el equipo y con cuánta soltura desplazaba a los que no quería y celebraba a los elegidos.

Las tardecitas de verano eran de fútbol en la cuadra de mi barrio. Paola, la mediocampista, elegía su equipo. Del otro lado Verónica se enfrentaba en su elección. Algunas tardecitas la línea dividía por colores favoritos: rojo o azul; otras veces por gustos de helado: dulce de leche o vainilla. Los jugadores optábamos entre estos dos grupos como preselección para que luego ellas nos elijan para formar su equipo de fútbol. Quien no hacía su preselección jugaba de árbitro, aunque no era difícil identificarse con colores comunes o gustos de helado tradicionales siempre había alguien que prefería verde o crema del cielo.

Paola tenía una soltura para liderar, siempre salía ganando, silenciaba a todos y fácilmente a mi hermano. Sus amigos se burlaban cuando amablemente lo dejaba sin palabras. En mi casa mamá no lograba eso, mi hermano se enojaba y se levantaba de la mesa cuando lo retaba. Yo también me reía y le decía que llame a Paola, mi hermano se enfurecía más cuando mamá preguntaba quién era esa niña. No es una niña como yo, le corregía, es la mediocampista.

El equipo de Paola siempre ganaba. Hacía la mayoría de los goles, se las arreglaba para no respetar las reglas y que no le cobren falta. El árbitro, de todas maneras, nunca se animaba a enfrentar a Paola porque ella lo rebajaba de entrada al quedar en ese puesto por no saber elegir entre las cosas que les proponía. Cuando el equipo ganaba, los jugadores corrían alrededor de la cancha con su mediocampista liderando la fila y el perdedor juntaba monedas para pagar las gaseosas. El festejo terminaba cuando salían las madres a la vereda gritando que la comida estaba lista, los jugadores nos retirábamos de la cancha prometiendo una revancha a la tardecita siguiente.

Volvíamos siempre juntos con mi hermano. Mamá se ponía contenta que era un partido mixto, nos esperaba con la cena servida y ansiosa de escuchar nuestras anécdotas. Emocionada yo le contaba que Paola no tardaba mucho en elegirme, mamá le sugería a mi hermano que la invitara un día a jugar a casa, pero él se negaba, nos pedía que lo dejemos de joder con esa chica. Algo así decía, yo en cambio la invitaría, le mostraría mi pieza, jugaríamos a cambiar a las muñecas, las peinaríamos… mi hermano siempre interrumpía riéndose, decía que Paola ya no jugaba a las muñecas.

Así sucedía el verano en mi barrio y el día antes de comenzar las clases terminaba el torneo.

Yo había jugado todos los partidos con Paola. Ella me elegía, me traspiraban las manos cuando esperaba que pronuncie mi nombre, seguía su observación hacia los divididos por la línea, así nos llamaba antes de elegirnos. La miraba, tenía un pelo color almendra que se sujetaba por sí sólo a lo alto de su cabeza, usaba pantalones cortos y apretados, no se le amontonaban las piernas cuando corría, ataba sus remeras largas con un nudo que reemplazaba su ombligo. Tenía la edad de mi hermano pero no era una niña.

Ese último día la línea divisoria me dejó fuera del partido. Había escuchado que mi hermano el día anterior le sugirió otro criterio, como decía Paola. Se había demorado hablando con ella, me mandó a casa en el primer llamado de mamá, él llegó al quinto.

A la última línea Paola la pintó de rojo con un aerosol. El baldío parecía más una canchita de barrio ahora. El cabello de Paola alcanzaba su cintura ese día, se lo ataría en un rodete antes de jugar, tenía una remera roja que le tapaba el pantalón, parecía no vestir nada abajo. Entró a la cancha sonando el silbato, con la pelota en mano señaló la línea roja y ordenó: lado derecho Boca, lado izquierdo River. Los vi preseleccionarse a cada lado, un rojo diabólico revelaba mi pasión. Mi hermano se agrupó del lado izquierdo, mis amigas del lado derecho, Paola me miró riéndose.

Los de Independiente quedan afuera –Me dijo.

Soy árbitro entonces –Insistí

Hoy es un amistoso, no habrá árbitro –Señalando la calle por donde podía retirarme.

Me fui a casa arrastrando el llanto. Esquivé preguntas de mamá. Me fui rápido a mi pieza. Abrí la ventana, desde mi pieza se veía la canchita. Me tiré en la cama con las muñecas.

Mi muñeca favorita tenía el pelo largo, se lo había pintado color almendra, lo até en un rodete a lo alto de su cabeza, le saqué el vestido rosa de fiesta, le puse una remera larga. A la muñeca que no quería tanto, le arranqué el pelo tan corto que pareció un varón, le puse una camisa y un pantalón largo. Escuché a Paola llevar la pelota. Agarré una tijera, descocí la camisa. El grito de mi hermano anunció el gol. Le quebré la pierna a la del pelo corto. Paola subió a la espalda de mi hermano. Le arranqué la remera a la del pelo largo. Festejaron el gol. Los vi caerse al piso. Le quité la ropa a las dos. Se escondieron en el rincón del baldío. El nudo de la remera ahora era el pezón. La de pelo largo quedó desnuda. Me corté el pelo como la muñeca que fue varón.

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