Un cuento de Santiago Ospital

La cámara tiembla. ¿No tiene balas?, duda una voz aguda. Agudísima.

— ¡Acción!

Se abre la puerta marrón y entra una madera con forma de escopeta. La sostienen dos brazos finos, finísimos. Una cabeza redonda, redondisima, sigue su movimiento. Se inclina levemente. Cierra un ojo, abre otro: apunta. Demasiado grande para el cuerpo, la cabeza parece estar por caerse. El cuello delgado, delgadísimo, ¿estará por quebrarse? Dan ganas de sostenerla entre las manos y…Completan el cuerpito una remera blanca demasiado grande, pantalones grises anchos, anchos y zapatos marrones desgastados. El chico grita: PGI put yor hands on youre hed.

Acá estamos en Crónica Tv, dice la vocecita del que filma. Policía con dos personas. Es un tiroeteo trágico en crooonica teve. Hay un rehén que esta lellendo un libro. No se olviden, siempre miren cróooonica TV, donde las balas siempre van de costado…

Risas y tiros de plasma y plomo se cruzan en el aire, en todas direcciones. Sin dirección. Sin control, sin frenos. Rebotan en las paredes blancas o las ventanas azules. En los dos placares abiertos o los dos cerrados, en el escritorio o la estantería, en las camas o los cuadros. En las estanterías o las lámparas o las pieles o los ojos o las ropas. Rebotan y empiezan un nuevo camino. Esquivan, rozan, chocan. Se mezclan. Se amasan en un bolo de ruido agudo, agudísimo, y fuerte, fuertísimo.

Un minuto, pide el cámara. Los objetos pierden forma y se vuelven colores: el encuadre se mueve descontrolado. Eso…, dice al escuálido enano que sostiene una réplica de pistola del 1700, eso existió hace mucho tiempo.

¿En qué tiempo están los chicos cuando juegan?

La cabeza redonda, redondísima, abre los labios finos, finísimos: ¡pausa!, pará de filmar.  

Desenfunda otro cigarrillo. Lo enciende mecánicamente. Las puntas amarillas del dedo índice y del medio tiemblan. Respira. Cierra los ojos, se acerca el tubito de papel blanco y naranja a la boca, inhala. No abre los ojos. Aguanta. Uno, dos, tres, cuatro… despega las pestañas lento mientras sopla el humo. Tose. Tose dos veces más.

¿Por qué estoy tan nervioso? 

Hace cinco horas que esperan afuera del supermercadito. Es un local en Tigre sobre una paralela a la 197 de barro y ruinas de asfalto. Habían empezado a arreglar la calle antes de las elecciones, justo antes. Demasiado cerca: el intendente perdió y las obras ahora están paradas. Eso fue hace tres años.    

Un uniformado grita desde la calle que salgan, que no va a pasar nada. Nadie va a matar a nadie. El resto espera. Ya no se escuchan tiros.

Otro cigarrillo. No sabe por qué, pero la situación le suena. Como un Dejá vu. Como un recuerdo que viene de lejos, que dormía dentro suyo y ahora abre los ojos y se despereza, pero no quiere terminar de levantarse.

El pelado con chaleco de negociador sigue gritando, nadie le responde.

Inhala, exhala. El humo se expande y desaparece. Cubrió cientas de tomas de rehenes a lo largo de toda la provincia, ¿por qué lo inquieta tanto esta? Cierto, nunca es un trámite. No es un papeleo más: a pesar de estar lejos del hecho una bala puede escaparse y herir a algún un compañero o policía. Los nervios, siempre están los nervios. Pero esto le recuerda a algo más… ¿a qué?

Creen que detrás de la puerta de chapa se refugian dos asaltantes. También ellos estarán nerviosos. Hay dos o tres rehenes. Uno, están seguros, es un autor vernáculo más o menos famoso, por lo que el suceso seguro será noticia. Y los oficiales más jóvenes están nerviosos.

Va por el quinto o sexto cigarrillo cuando los policías levantan las armas, las sostienen a la altura de la cabeza. Él tira el chester. Lo aplasta contra la tierra y toma la cámara del móvil. Su compañera ya tiene el micrófono en mano. Se paran lado a lado.

Siente que empieza una función que ya vivió. Que todos son actores que saben sus líneas y las dicen en el momento justo, mas no podrían decirlas antes. Si se las pregunta, no las sabrían. Piensa que la vida es una obra, una obra contada por… 

Un tiro. Dos. Tres, cuatro. Transpira, levanta la cámara. Tiembla. ¿No tiene balas?, escucha de una voz aguda, agudísima, que viene desde adentro suyo. 

Bueno… ehhhh… acá estamos en vivo y en directo en esta transmisión…

— Estamos en el carnaval…

…En el terremoto de Libia y el quilombo este que se armó, emmm… Bueno pasamos en vivo y en directo con vos, Charlie González.

— Gracias Cristina por este carnaval — contesta otra vocecita simulando lágrimas de emoción—- Gracias.

Después de que San Martín descubrió América, fue lo mejor que me pasó, sigue el nuevo conductor y ríe. El primero retoma la palabra: el paisaje está bastante lindo, pero ahhhh, TERREMOTO.

El ventilador de techo da vueltas, los cuerpos sobrecalentados respiran agitados. Ojos bien abiertos, pupilas expandidas. Los niños se mueven y es difícil contarlos. Parecen ser cinco. ¿A qué juegan?, ¿los chicos juegan juntos? ¿Hay algún hilo que una sus divagues? Quizás su verosímil es amalgamar lo inverosímil… Quizás ese es el mundo del niño.

Te maté boludo, avisa uno y le responden que no, porque esa es la pistolita que no deja… emmmm… no deja…  Y el acusado cierra la contesta con un elocuente y sincero: ¿Qué me importa?

Estamos en el centro de problemas. Hola, soy Roger Roger Williams y turrón (y muestra un turrón) y estamos en el centro de problemas, donde está la gente con…

— ¿Cómo mierda te llamás?

… problemas. Como Agus…

— ¿Cómo mierda te llamás?

… como Javi…

— ¿Cómo mierda te llamás? 

… como el tipo ese que toma agua. Y el raro que tiene un casco y no sé cómo se llama y me apunta con una pistola que no funciona.

El de la cámara grita corte. Y cortan.

El teléfono tirita a pesar de que se concentra en mantenerlo fijo. Tensa los músculos del brazo, aprieta las manos. No importa cuánto se esfuerce, cuánto apriete, cuánto se concentre, la grabación de la catedral sale movida.

Putea a la catedral, intenta por el nombre: Catedral Metropolitana de la Asunción… de la Asunción de la Santísima… Asunción de la… Derrepente se da cuenta de que no se estremece solo el teléfono, sino que también vibran sus brazos. Su torso, su cabeza, sus piernas, su cuerpo entero temblequea.

Y baila la iglesia. Y se mueven el Palacio Nacional, el Edificio de Gobierno, el Antiguo Palacio del Ayuntamiento, y El Zócalo entero.

Y las carpas del carnaval se desploman, los payasos corren, las cholas huyen. Las máscaras, los disfraces coloridos, los gritos van de acá para allá, de allá para acá.

Y México entero se estremece.

A pesar de nunca haber estado en Ciudad de México, ni en un terremoto, saborea algo conocido.

Es….

Jura que la palabra está en la punta de su lengua. El recuerdo está ahí nomás, pero no logra aclararlo. Una pintura mojada.

El suelo ríe.

En el terremoto en Libia y el quilombo este que se armó…, escucha.

 Estamos en la casa de Project Runwai, anuncia el cámara mientras abre la puerta y entra al cuarto y canta un titirititit. Nuestro concursante número uno: Felipe el Muerto.

Boludo, tengo un arma, dice Felipe mientras dispara plasma imaginario del tubo de plástico. No soy un zombie.

Ríen.

Auch, grita el cámara. El impacto del tubo, frío y duro, le desbalancea la pierna. Le arde el muslo. Los otros dos niños se acercan riendo.

¡Matenlo!

Otro golpe. Y otro. Las risas paran, los aullidos no.

Los golpes tampoco.

Tranquilos, tranquilos, tranq… Y más, más, más golpes.

¿Sigue el juego?

Y de cinco voces, una queda en silencio. Cuatro ríen estridentes. Estridentísimas.

Algo debe haberse acomodado en su cráneo con el último puntillazo.

Desparramado sobre la vereda, le sorprenden dos cosas: a pesar de estar machucado, golpeado a no poder más, sus ideas parecen lúcidas. Veraces, incluso.

Esa es la primera. La segunda es menos importante, quizás, pero hace tanto que la rastrea que debe ser importantísima. Trascendental.

Primero le llega como destellos. Relámpagos que iluminan un cuarto de paredes blancas. Y entre fulgor y oscuridad va distinguiendo dos ventanas de marco azul, dos camas contra las paredes. Un escritorio. Una pecera vacía. Un manchón de humedad en el techo blanco y gris. Y ve a cinco niños. Parecen de siete, ocho años. ¿Diez?  

Corretean. Juegan con dos pistolitas: una de plástico de la Guerra de las Galaxias; la otra, «artesanal», una escopeta de pino abrazada en el medio con cinta negra. Saltan, dan vueltas.

Cree oírlos… Sí, ahora los oye. Uno ruge algo de un secuestro. Otro se anuncia como policía y entra chillando tiritos. Pium, pium, pium. Otro, callado hasta el momento, anuncia un terremoto.

Entonces ve al de la cámara. Lo ve y lo reconoce. Lo recuerda de las fotos de esos álbumes viejos que archivan memorias, pero sobre todo juntan polvo. Con alivio, con sorpresa, con terror, se da cuenta de que es él mismo. Se da cuenta que ya sabe qué va a pasar.

Hace frío y es de noche. Su cuerpo a la vera de la ruta es un bulto. Un montículo de tierra, una bolsa negra de residuos secretos. Cualquier cosa. Después de la golpiza, que le llegó de izquierda, derecha, arriba, abajo, norte, sur, este, oeste, su cuerpo quedó tendido, quieto. Cuando le llegaron las imágenes las acompañaron estertores leves por sus extremidades. Ahora, dándose cuenta de quién era él, de quién era el niño sosteniendo la cámara, de qué eran sus recuerdos… Ahora convulsiona violentamente. Entero.

Trata de advertirse, decirle al él de la infancia que corra. Que huya.

No puede, en la noche nadie lo escucha.

Se escucha gritar con esa voz aguda, agudísima, que ya no es la suya. Que el tiempo ensanchó, volvió grave y adulta.

Ve cómolos cuatro chicos se le acercan riendo.

¡Matenlo!

Otro golpe. Y otro. Las risas paran, los aullidos no.

Los golpes tampoco.

Tranquilos, tranquilos, tranq… Y más, más, más golpes.

¿Sigue el juego?

Y de cinco voces, una queda en silencio. Cuatro ríen estridentes. Estridentísimas.

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