Por Diego Planisich

El calor golpea y no es metáfora, el viento norte es una caricia que te apoya sus manos pesadas en el lomo. Llevo en mi cuello el barbijo protocolar, arriba el casco me separa del exterior un poco; sienten, casco y cabeza, el seseo del viaje laboral. Diez kilómetros y chirolas hasta la biblioteca, hasta il laboro, como suelta Dani por Skype de vez en cuando al recordar sus clases de italiano. 

Antes, el ritual: probar si marcha la moto, si alcanza a girar su motor, si hace combustión interna esta pieza marca nacional. La moto marcha, porque hace calor y sus líquidos viscosos internos circulan con mayor facilidad, porque al burro, así, no le cuesta tanto empujar sin la ayuda de la pobre batería, que sufrió el parate de una cuarentena inesperada. 

Salgo, una cuadra y media de calle de tierra inicia un recorrido con plena atención, los pozos, esas cicatrices que no logran borrar los municipales con la motoniveladora y que las lluvias, como a toda herida terminan lavando, hacen que refuerce el equilibrio, que esquive una tras otras esas verdades. 

Esta calle alguna vez fue intransitable, el agua al calar su tierra copiaba las huellas más profundas de los vehículos del barrio, hasta que un día, alguien tuvo la idea de sembrar piedras hasta el asfalto.

El trayecto es inevitablemente peligroso, lo sabe cualquier motociclista, es la naturaleza del oficio. Debo atravesar una ciudad, salir de ella para llegar a la otra, al otro lado del puente, al otro lado del arroyo. Desde mi casa el recorrido es un tanto zigzagueante, salir es un cúmulo de eses, donde el doblar las esquinas hacia la derecha necesita plena conciencia de circulación. Desde que me chocaron no repuse el espejo, así y todo ando, monto como un pequeño kamikaze de vitrina. 

Tomo las calles con el silencio que permite la monogamia entre piloto y vehículo, no paro, no intervengo los espacios que me rodean, no puedo, me da paja el tapaboca, ponerlo, sacarlo… Y el casco los anteojos y el arranque la batería el espejo y el bicho. Hay en las calles un silencio diferente al mío, uno que va pasando, como los árboles al costado de la ruta, como sus ininterrumpidas líneas blancas. Hay en las calles un silencio que no existe, la pura trama de los incrédulos y esponjas.

La mayor parte del recorrido es por la Ruta Nacional N°11, atravesando Avellaneda y Reconquista, al norte santafesino, de punta a punta, del lado de los ríos. Pandemia y tránsito transnacional, del Mercosur o lo que queda de él. Camiones cargados, pesados y vertiginosos, animales que poco miran donde pisan, y quienes hormigueamos el camino vivimos heredando la pena y la alegría de andar junto a la muerte. Los semáforos menguan el ritmo, bajan revoluciones y retrasan a los dormidos, abren una posibilidad de triunfo, son las luces de un flipper del que somos lanzados hacia el futuro. Aunque no hay música que acompañe, más que el tronar de las cajas de cambio y la expulsión de los gases de escape. 

Las ciudades están unidas, o separadas como gustan decir algunos, por un arroyo con tantos codos como en la barra de un bar. Curvas y contracurvas dibujan el límite jurisdiccional, largos kilómetros de cauce hasta el gran río. Y es un puente el que une, o separa, a las urbes de estos lares, un puente angosto en el que se forman cuellos de botellas y automovilistas ofuscados. Por eso estoy sobre dos ruedas, puedo sortear dificultades innecesarias y llegar a tiempo a donde voy. 

Atravesarlas es el juego diario, maquinar hasta el crepúsculo, dejar parte de nosotros en el trayecto: aire, dióxido de carbono, partes del mundo que tocamos.

Paso el boulevard Yrigoyen, la perla del norte parece quedar atrás con sus lapachos florecidos, pero no, no termina nunca, pareciera extenderse cada día un poco más. Salgo de la 11, tomo la rotonda hacia Puerto Reconquista, enfilo detrás de algunas lanchas que, a paso de hombre, pasan por encima de los reductores de velocidad como si fueran a romperse. Acá en el norte tenemos, a esta altura del partido, habilitaciones sociales que otros no pueden disfrutar. Me tienta seguir esos trailers cargados para unos días en la isla. Pienso en mi kayak, en la tierra que habrá juntado desde la última vez, en la travesía que hicimos con mis amigos río arriba, pasando El Boquerón, ese barrio de casillas elevadas para soportar las crecidas. Pienso, quiero seguir hacia las islas, remar en contra de todo, prender un fuego controlado para darme calor y ahuyentar alimañas. Pienso, sigo detrás de esas embarcaciones hasta bajar al barrio, a mi trabajo, en una biblioteca semi abandonada, con su rociador en la puerta de alcohol 70/30 y una gran cantidad de libros en cajas.

Llego 10 minutos antes, no siempre es así, a veces llego más temprano y otras tantas después. Franco y la Norma de la tarde me miran desde adentro, ya están corriendo las mesas, los bancos y almohadones para hacer el lugar. A la mañana hay otra Norma, las Normas le dicen, “hay que hablar con las Normas” te suelen decir si querés hacer algo en la biblio del barrio Zulema. Franco es mi amigo y es profe de teatro, así se presenta, con el título. Yo no puedo, no puedo porque soy poeta y los poetas no tienen títulos, no tienen nada, son entes que pierden todo. Juntos damos un taller de poesía y teatro, lo hacemos con todas las herramientas que tenemos: con el cuerpo, con los poemas, con el momento que ellas y ellos nos regalan.

Jugamos, actuamos, escribimos. Ocupamos el espacio como estrellas. Estamos ahí para brillar a pesar de todo, a pesar del barbijo que cae a los minutos, a pesar de los protocolos que apenas nos permiten tocarnos. Jugamos, actuamos, escribimos. Hacemos un grupo de whatsapp para estar comunicados. 

Terminamos, termino. Empiezo a mover las cosas, a llevarlas a su lugar, quiero devolver el favor y disculpar mi tardanza. Trato de armar en mi cabeza un mapa con las cosas que pasaron. Franco está contento y transpirado, yo zafo, pero siento el calor de la tarde. Conversamos y decimos que estuvo bueno, que podríamos probar con tal o cual cosa. Pensamos, juntos, en Carla, en Yamila, en Lara, en Aye, en Alfredo y en Ticiana, sobre todo en Ticiana, que creíamos que se escribía con zeta y no como se escribe: con ce.

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