Foto de Marcelo Renda en Pexeles

Por Santiago Ospital

— ¡Tenés el italiano! Qué suerte, ganaste la lotería.

Bueno, la heredé; pienso. Pero digo que sí, que tuve suerte.

Me pregunta si tengo también documento argentino. Claro, le doy el pasaporte. Es flaco, joven y un poco pálido. Con el pelo cortado al ras. Viste saco azul marino, casi negro. Detalles colorados y un pin brillante sobre el lado derecho del pecho. Y barbijo, siempre barbijo.

Pregunta qué voy a hacer allá y me pide que pese la valija. Dice que ya está el registro o check-in y levanta un ticket. Lo sostiene con las dos manos, lo acerca.

— Con este ticket…

— Y cómo…

Silencio. Terminá, perdón, le digo. Después te pregunto.

Con este pasaje volás Argentina-París, París-Barcelona, y no hace falta que retires las valijas y las vuelvas a despachar. Qué me ibas a preguntar.

Ah, nada. Me respondiste. Gracias. ¿Por dónde voy?

Me señala hacia la derecha. Nos vemos arriba, dice.

Nos vemos.

Voy hasta la pared, hay una puerta. Miro al guardia, me mira. Me señala hacia su izquierda. Camino. Hay una señora en otro mostrador. «AFIP»…. ¿Ahora? Me indica, camino. Una agente de seguridad me pide el pasaporte, me pregunta a dónde voy, dónde vivía en la Argentina, si tengo ganas de viajar y me saluda. Cruzo la zona de embarque hasta el escáner y pongo mis valijas.

—  ¿Y a dónde vas? — me pregunta la oficial después de comprobar que la herramienta que creyó ver en el monitor son auriculares.

Respondo.

—  Ahhh. ¿Y tu familia está acá o allá? ¿Se fueron hace mucho? Y acá vivís solo… Mirá. ¿Y qué estudiás?… ¿Y vas a seguir desde allá?… ¿Y después buscás trabajo?

Mis valijas esperan al final de la cinta. Le explico que no, que Andorra no es España pero está cerca. Entre España y Francia.

Deja otra pregunta a la mitad y se sienta frente al monitor: llegó otro pasajero. Agarro mis valijas y espero. Termina, me mira. La saludo y me desea buen viaje.

Está inclinado sobre una mesa, justo antes de Migraciones. Mira un papel: “Declaración Jurada”. Saco la mía y la completo. Él sigue levemente doblado, ahora con anteojos y otro papel en la mano. Es un poco más bajo que yo, es decir: es bajo. Tiene los ojos achinados que para nosotros tienen todos los asiáticos. Metale japonés, chino, taiwanés, tailandés. Y coreano, me dice que es coreano. ¿Sería su apodo acá “el chino”? No sé si explicarle: no importa a dónde va o por qué; sí, que “el Estado Argentino no podrá garantizar su regreso”. Me insiste con “Corea”, “Corea”, “Corea”. Y le digo que no, no, Avenida 9 de Julio. Chubut. Le digo que eso dice la hoja que tiene en la mano.

Sigo hasta migraciones. Desde el otro lado de la ventanilla me piden el pasaporte. Lo doy. Foto.

—¿Sos esencial?

—No, no soy esencial.

—¿Cuánto tiempo te vas?

—¿Más de noventa días?

—Sí.

—¿Entre dos meses a tres años?

—Eso, dos meses a tres años.

Me está por dejar pasar y levanto la declaración jurada. ¿Esto te lo doy?, le pregunto.

—Sí, cierto. Dejámelo acá—.

Los asientos delante de la puerta 17 están casi todos vacíos, así que tengo para elegir. Elegir uno sí, uno no, uno sí, uno no… Además de carteles en los asientos hay flechas, piecitos, doble flechas, rayas, círculos, que marcan las distancias permitidas. Hay carteles que recuerdan que se debe usar barbijo todo el tiempo.

Veo, sobre todo, viajeros solitarios y familias con niños. Todos con barbijos, y dos con trajes de plástico que cubren todo el cuerpo. Esos que parecen de Chernobil o E.T.

Un azafato de Air France camina con una cajita con barbijos quirúrgicos. Por decreto del gobierno francés, la aerolínea no deja subir al avión sin esos tapabocas especiales. Cada aerolínea tiene sus propias regulaciones. Alitalia obliga a llevar máscara quirúrgica y cambiarla cada cuatro horas. Aerolíneas pide tapabocas. Emirates Airlines, máscara y guantes. Air Asia; masker wajah, obligatorio, y pembersih tangan, recomendado. Usar mascarillas es la base; luego, a mirar los requisitos de cada empresa.

Y los requisitos de cada nación. Todas tienen listas de países desde los que no permiten la entrada y países desde los que sí y países desde los que sí, pero con restricciones. Sí, pero si se lleva certificado de esta prueba o aquella. Sí, si se hacen 14 días de cuarentena o 22. Sí, si…

Luego está México: que pase, pase el que quiera. Llene un formulario y pase. Y Turquía, que lo mismo. Y Somalia y Afganistán, que ni eso. Y se les suman la República Centroafricana y Kosovo y Somalia y el jovencísimo Sudán del Sur, entre otros.

Pistolita, la estaba esperando y apareció. Apuntan, disparan y revisan los numeritos analógicos dibujados en las pantallas, empleados de Air France. La estaba esperando, más al entrar en Ezeiza, en manos de personal de Aeropuertos Argentinas 2000. Otros viajantes que habían despegado semanas antes me habían contado que les tomaron la temperatura apenas entrados al edificio. La página web de la compañía argentina dice que se revisa «en el acceso de las terminales».

A las 12.40 nos llaman a subir por grupos. Familias con hijos pequeños. Zona 1, Zona 2, Zona… Cuando entro, encuentro el 28D y me siento, me sorprende que no hay nadie al lado mío. ¿Distanciamiento físico? No, distanciamiento económico. Miro hacia mi izquierda: cruzando el pasillo hay dos pasajeros grandotes sentados uno al lado del otro. Pegaditos, pegaditos.

El gobierno francés eximió a las líneas aéreas de dejar un metro entre pasajeros o cancelar asiento por medio. Lo mismo pasa si uno viaja por tren o metro o cualquier transporte público en territorio azul, blanco y rojo. No obstante, otros países, como el nuestro, obligan por protocolo al distanciamiento en transporte público y no en la aerolínea de bandera. 

Al barbijo quirúrgico hay que cambiarlo cada cuatro horas, recomiendan.

Solo podés sacártelo para comer. Para comer y para cambiarlo, cada cuatro horas.

Raciono una botellita de agua, sorbo a sorbo, para descolgármelo de vez en cuando. La destapo cuando siento que la tela se me pegotea en el bigote húmedo, en la barba. Cuando respiro mi propio calor y me marea.

Trato de leer, pero la respiración caliente me empaña los anteojos. Exhalo, nublado. Inhalo, despejado. Niebla, claridad, me los saco.

En la sala de espera del Charles de Gaulle, aeropuerto parisino, echo siete horas de espera sobre las trece de viaje desde Ezeiza. ¿Son las 6 de allá y las doce de acá? Aunque es difícil calcular la diferencia horaria, no tanto el paso del tiempo: cada media hora una voz grabación me recuerda del Covid y me advierte de no hacer esto y me recomienda hacer aquello. Primero en francés, luego en inglés.

28 veces me recuerda del coronavirus, no me vaya a olvidar… 

Cuando llaman a subir en mi puerta de embarque y hago fila y me dicen que no, que mi vuelo no es ese, y espero media hora y vuelvo a escuchar a la señora advirtiendo sobre el covid, y vuelven a llamar y me amucho detrás de un pasajero y delante de otro, empiezo el último tramo. Hora y media hasta El Prat en Barcelona.

Arrastro cansancio y suciedad y treinta kilos de valija y veinte horas de viaje. Pasé los controles argentinos y parisinos, y por fin llego a la última puerta corrediza. Me habla, se abre y se cierra. Soy el próximo.

— ¿De dónde viene?

— París, respondo.

— ¿Y antes?

Pienso que ya sabe, que lo leyó en la etiqueta de la valija. ¿Antes?, de Argentina.

Pase por acá, por favor; me dice el oficial señalando un detector, otro detector más, que se traga mi valija, mi carrión y mi mochila. Cruzo por al lado.

Me pregunta si tengo una máquina de escribir. Le digo que no, que es un robot para limpiar el piso. ¿Nuevo? No, usado.

Son cinco hombres vestidos de chomba verde de la Guardia Civil, y una mujer de camisa blanca y pantalón negro. Ella se me acerca. Me pregunta cuánta plata tengo, le respondo. Me vuelve a preguntar y le digo lo mismo y empieza a contar. Tengo que mirar, me dicen que tengo que mirar. Y uno, dos, veinte… Perdí la cuenta, pero simulo seguirla.

Siento a la gente mirando. Hay dos vidrios o vinilos translúcidos, pero muy adelante o muy atrás. En el medio: un agujero. Veo viajantes que pasan y pueden ver como ella cuenta y como yo miro y simulo contar. Como atrás mío, un guardia revuelve mis calzoncillos. Como empiezan a vaciar mi mochila, apoyando en la mesa una botella de jugo a medio terminar, el cuaderno donde anoto lo que no muestro a nadie, cuaderno donde anoto esto, el cargador del teléfono, la funda de la computadora. Computadora y cargador. All the pretty horses, de Cormac McCarthy. Una barrita, dos galletitas, un paquete de Don Satur dulces; que miran y giran. Bufanda, auriculares, un cuaderno con resúmenes de la facultad.

— ¿Alguna sustancia ilícita?

—No.

Ahora tengo que contar la plata yo, me explican, y ella me tiene que mirar. Y yo cuento y ella mira. Me piden ver la cartera. Me quedo quieto… ¿cartera? Saco la billetera. 

Sí, eso; me dice. Le explico que nosotros le decimos cartera a otra cosas y me afirma que sí, sí. Que ellos le dicen cartera.

Acá tengo pesos también, ofrezco; pero esos no los contamos.

—Esto es para el mate, ¿no?

—Sí,para el mate.

Me dicen que puedo empezar a guardar. La mujer se para entre los dos vidrios. Explica que es para que no me vean. Le agradezco, aunque se necesitarían a tres de ella para eso. Y meto la computadora en la mochila. Y la botella, el cuaderno y el otro cuaderno y el pasaporte.

Ya guardé todo y me pregunta un guardia si puede palparme. Y sí, claro, puede palparme. Llaves y dos papeles de basura. Gracias, me dicen. Gracias, respondo. Y salgo.

De ahí subo a un auto con «AND» y el escudo andorrano en la patente. De ahí ruedo hasta Andorra.

De Argentina a Francia, a España, a Andorra.

2 comentarios sobre “De Argentina

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