Por Pedro Benitez

Suena el despertador en mi cabeza a las 4:39 hs. Siempre abro los ojos un minuto antes de que suene el celular. Hace cuatro años que madrugo. Hace cuatro años que maldigo. Quién fue el hijo de puta que inventó la frase “El que madruga Dios la ayuda”. 

Me levanto. El pantalón cargo azul cuelga sobre  el sillón. Lager, mi gato, duerme arriba de la prenda. Lo miro dos segundos, me da pena despertarlo, él no tiene la culpa que yo sea un obrero. Él es feliz durmiendo con mi aroma. Yo no tanto, con pelos en mi ropa de trabajo.

Cierro la puerta con llave del yoti. La cerradura es nueva: la dueña se apiadó y la cambió. Por suerte, ya ningún comprador callejero va a poder tomar merca en el baño. Me pongo por primera vez alcohol en gel en las manos. Camino tres cuadras hasta la terminal del 29. La calle esta desierta y negra. El pavimento gris. El cielo azulado y veo reflejos amarillos.   El virus espantó a los pibes de la esquina. Camino entre sombras que van y vienen. En la parada siempre somos los mismos. Una mujer me hace compañía. Ella viaja cinco minutos hasta el Hospital Argerich. Yo en cambio tengo una hora clavada hasta Monroe y Libertador. Ahí mismo donde Boca perdió la final de la Libertadores contra su hermano.

Subo al colectivo, apoyo la sube. Me siento. Segunda vez que me pongo alcohol en la mano. Ya tengo una mezcla de vaselina con aroma a Prime. Recuesto la cabeza en el vidrio lentamente. Esta vez  no viajo con Borges o con Umberto Eco. Decido dormir, ya que hoy sólo dormí cuatro horas. Abro los ojos sobre la avenida Santa fé al cuatromil y pico. Un portero espanta el virus del suelo con los chorros de agua. Él también es un trabajador esencial. Es el encargado de que el virus no entre en el edificio. Luego suelta la manguera y pasa una franela al portero eléctrico. El virus es letal. Mata. Pero es sencillo de matarlo.

El de seguridad me dispara tres veces. Una en la frente. Marca 33 grados. —Mierda que estoy muerto— suelto una falsa sonrisa. Juan me pide el brazo. Marca 36. Pasa. Firmo la hoja de entrada y pongo la hora. Seis y cuarenta, agrego. Antes, juan hacía ese trabajo. No me da su birome para no esparcir el virus. Aunque él ya fue positivo hace un mes. Me lo dijo el muchacho de maestranza. Cuando aparece un caso no hay fuentes oficiales que te lo adviertan. Se dice en voz baja por los pasillos. Como soy externo, no participo de las reuniones de protocolo en las cual el gerente del local anuncia los brotes de covid-19. Esta vez no sé cuántos casos hubo. Cada día que voy me entero de un caso nuevo. El repositor de Quilmes dio positivo. Pobre Coppola, es un viejo con polenta. De brazos anchos. Duros. Barba al ras, negra. Ex barrabrava de Tigre. En el desayuno, cuando éramos veinte y tomábamos mates con dos termos, nos hablaba con dulzura y nos aconsejaba como un padre. Él era uno de los psicóticos, cuando  inició la cuarentena, se ponía alcohol cada diez minutos. Luego se ve que se relajo. Bajó la guardia. Pum positivo. Mañana le mando mensaje a ver cómo está. Aunque un whats app no sirve de nada. En esos casos, solo esperas el mensaje del doctor y su parte médico. 

Arranco por las golosinas. Me llega un mensaje de mi jefe. —Muchachos las ofertas son blablablá—. Esta semana sale un dos por uno en Tatín. Diez cajas desde arriba de la góndola me miran para reponerlas. Son todos blancos. Ese alfajor es la versión manaos del Tofi. Me acomodo el barbijo. Ya me empieza a transpirar el bigote. Me vuelvo a poner alcohol en gel.

Pongo la Futurock, ya son las siete. La radio me hace olvidar de mi trabajo. Cuando me pongo los auriculares soy un ente. No existo para los clientes —Ayer hubo record de casos de coronavirus, once mil casos de en todo el país— informa Flor Halfon. Siempre hay un record.

Estoy parado en el medio del pasillo de galletitas. Soy el dueño del 50% de la góndola. Eso dice mi buzo. El otro 50% es de Franco, el pibe de Kraft. Guillermo estacionó un palets en la punta del pasillo, es el encargado de salón. Uno de mis jefes. Relojeo para ver que hay. Macucas, Sonrisas, Diversión, Maná, Mellizas, Las amor, polvoritas, mielitas, chocolinas, coquitas, Vocación, merengadas y las Rumba que también están de oferta. Segunda al ochenta. Hoy hay laburo. Mejor. Así pasa rápido la hora. Cuando entré en el 2017 a trabajar en esta empresa, hacía dos palets por día. Eso fue lo que yo llamé “la primavera macrista”. Fueron solo dos meses de trabajar full. Ahora me llegan escasamente al depósito dos palets por semana. 

Está envuelto en un sábana de film. Una momia de plástico. Desnudo las cajas de galletitas. Me vuelvo a poner alcohol en gel en las manos. El contagio comunitario está presente en todos lados, me dice un spot del Ministerio de Salud a través de los auriculares.

Termino diez minutos antes de las nueve. Quiero ir a desayunar cuando el comedor está recién desinfectado. Desolado. Entro en forma clandestina, de puntas de pie. Está prohibido desayunar con los internos. Como en su momento estuvo prohibido que los repositores externos hablen con las mujeres, con las cajeras, las internas. Pero eso es otro capítulo. Llevo mi vaso de plástico, del bolsillo saco una cucharita. El nuevo protocolo no permite que haya tazas o cubiertos si no son descartables. Hoy toco té negro con magdalenas con dulce de leche marca Bimbo. Me siento en la mesa, es un cúbico de cuarenta por cuarenta con tres mamparas de policarbonato. Hay cinco mesas distribuidas por el salón donde se sientan de a dos enfrentados. Hay que respetar la distancia del metro y medio como lo indica el Ministerio de Salud de la Nación. Quedó en otra vida la mesa larga donde discutían de política y sobre mujeres los muchachos de Mondelez, Coca, Danone, Sancor, La Serenísima, Molino y Unilever. Me vuelvo a poner alcohol en gel y como un bocado del muffins. El desayuno dura veinte minutos. Me paso cinco de lo que indica la fotocopia pegada en la pared “No estar mas de quince minutos  en los espacios cerrados como en el baño o en comedor”. Por momentos me vuelven flashes y recuerdos de  la vieja normalidad: tener una hora de desayuno y descanso. Algunos compañeros dormían sentados como lo hacía, el perro, el pibe de Molinos. 

Acá los nombres y apellidos son borrados. Acá te llaman por la marca de empresa o tipo de agencia de cual venís. Podes ser Arcor o PDV.

Salgo afuera a tomar un poco de aire. A matar el tiempo. Me quedan tres horas hasta que pueda retirarme al mediodía. Para disminuir el contagio la empresa nos redujo a seis horas la jornada de trabajo por el mismo sueldo. Me siento un obrero alemán. Hernán, el muchacho de Unilever me espera con celular en mano. También es hijo de un paraguayo como yo. Hernán esta todo el día con el celular en mano, vé la cotización del dólar y la bolsa. Opera en la bolsa o algo así. Está en la movida de las criptomonedas. “Este país no tiene solución”, afirma. Cruzamos ideas. Discutimos suavemente. Luego me refuta, «Ojo que mi mujer voto al Alberto y es kirchnerista». Nos reímos y hablamos de la vida. Él también esta podrido de este laburo. Quiere empezar a estudiar una carrera universitaria, pero como tiene hijos no tiene tiempo y se excusa. Me felicita porque me queda poco para recibirme. Me hace poner colorado y miro para un costado. Hay una fila de cincuenta metros para entrar al supermercado. El seguridad ordena y vigila para que haya el distanciamiento de metro y medio. Está armado con un láser e indica a los clientes que se pongan el alcohol en gel en la mano. 

Me voy al pasillo de almacén. La bandeja del chocolate amargo Aguila esta vacía. Repongo el gramaje 225, 150 y 100 gramos. No hay caso,  todos los días lleno y amanece desierto. El repositor interno me dejó una carreta con puré de tomate y latas de arvejas. —¿No hay salsa de pizza?— Miro indiferente. —¿Hay o no hay?— Me repregunta una señora con grandes aretes violetas que sobresalen del pelo. —No, no hay— respondo en seco. Justo estaba hablando Pepe Mújica, vieja de mier…. Por lo menos hubiera dicho buen día, exclamo con rabia por dentro. Luego paso  a poner la polenta. Agarro una caja, la desarmo y apoyo mis rodillas. El piso está congelado. Los viejos repositores aconsejan no apoyar la rodilla en el suelo, porque el frío del suelo a larga te saca enfermedades. Estoy en forma de gato, un viejo me choca con el changuito los talones y pega un estornudo. Dispara sus mocos dentro de su barbijo y algo me cae en la nuca. Me vuelvo a poner alcohol en gel. 

Por último me voy a jugos. Pero antes voy al depósito. Es amplio, ronda unos cien metros cuadrados con un techo como si fuera un templo religioso. Me recuesto sobre un metro de azúcar Ledesma. Con las manos en la nuca y cierro los ojos. Me traslado a Tailandia.  Cargo una caja de jarabe de naranja BC en un chango abandonado. Un módulo entero de BC La Campagnola y Arcor me esperan. Frenteo. Quiere decir acomodarlo y poner la mercadería para adelante. Al nuevo protocolo de trabajo se le suma sacar fotos de lo que hiciste en el día. Y mandárselas a tu supervisor. Me agacho y disparo. Trato de hacerme el reportero fotográfico. Que tenga un buen plano y me ayude la luz. Hago una recorrida final. Puré de tomates, ok. Atún listo. Mermeladas ya está. Tostadas y las Rex listo. Galletitas de agua y salvado, ok. Los bizcochuelo Godets ya tienen el cartel de oferta pero le falta el precio. Voy hasta la pc de la oficina del mercado. Por suerte esta Karina. Me los hace y empieza a hablarme de su novio. “Los arianos son así”. Karina pasó los cuarenta años, tiene un novio mucho menor que ella. Tiene miedo a la convivencia, me confiesa. El lugar para hacer precios, viola todos los protocolos. Tiene un metro por tres. María que hace inventario, chusmea y se ríe por lo bajo. Con ella no tengo confianza. Recién cuando le vendí una campera comencé a saludarla. Soy tímido. Confieso. 

Quedan cinco minutos para finalizar la jornada. Voy al vestuario a hacer tiempo. Está deshabitado. Sacaron los bancos de quincho y pusieron cuatro sillas enfrentadas. Es la imagen del juego de la silla sin niños pero con virus.

Me voy y firmo la salida. —Poné la hora también— me ordena la señora de seguridad, que tiene cara de llamarse Marta y tiene cara de sargenta, mentón ancho y grandes rulos rubios.

De camino a la salida me pongo el alcohol en gel de los clientes. La fila sigue larga. Sin fin.

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