Tenía el alquiler al día. No debía ni un sólo mes. Pero su hijo menor quiso suicidarse y eso al propietario no le gustó.  Mientras la policía y los bomberos intentaban rescatar al adolescente, el dueño, violentamente, la obligaba a dejar la casa.

Por Agustina Gonzalez

La vereda del Hospital Evita se transformó en el patio de entrada al lugar que, Andrea González, de 49 años,  habitó durante más de treinta y cinco días junto a su hijo menor, Mateo, de 17. 

El cigarro se consume y las cenizas caen sobre el asfalto grisáceo y poceado de la calle Río de Janeiro al 900. Lanús Oeste, al sur del conurbano bonaerense. Los días son todos iguales para los que debido a los trabajos que hacen, viven la pandemia en el interior de sus hogares. De esa forma, esta madre,  lo percibió hasta la noche del primero de mayo. Andrea se sube el barbijo, apaga el cigarro con su pie derecho e ingresa al hospital. “No tengo que tocar nada”. Hace fuerzas para no olvidarse.  

Los días son todos iguales, lo que cambia es la dosis que baja lentamente por el suero que conecta la medicación con el brazo izquierdo de su hijo. Siempre se dice que cuanto menos se medique mejor. Pero a veces es necesario y ella lo sabe. 

El desalojo 

Sábado dos de mayo. La policía corta la avenida Remedios de Escalada entre Osorio y Rucci, en el barrio de Valentín Alsina. 

— ¿Qué pasó ma?  Está todo cortado. 

— No importa Santi. Vos vení rápido.  

Santiago apura su paso. La mañana es fría y la calle está un poco desolada. Hace apenas cuarenta días el gobierno nacional decretó el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio en toda la Argentina debido a la pandemia ocasionada por el coronavirus. Sin embargo, para Andrea no todo gira en torno al covid 19. Tiene enfrente a su hijo menor, un adolescente de 16 años que desde hace días, debido al encierro, comenzó a presentar episodios autodestructivos y de violencia para con su hermano mayor. Lo tiene de frente pero unos metros más arriba. El joven quiere suicidarse. La Policía Bonaerense, los Bomberos Voluntarios y el S.A.M.E activaron un protocolo para evitar el peor desenlace. Colchonetas, tablas, redes y el traslado preparado para llevar al chico al centro de salud más cercano.

Mientras Andrea corría desesperada por el pasillo del departamento que alquilaba desde febrero del corriente año. El dueño la perseguía violentamente para que juntara sus cosas y se fuera. Llegó a empujarla hasta una reja y le dijo: «Mirá lo que hiciste. Te vas de mi casa» Obligándola a dejar el departamento en 48 horas. «Me arrojó a la calle porque mi hijo se quiso suicidar». Andrea hace un silencio que incomoda. Respira profundo y sigue. 

Los desalojos están prohibidos por decreto presidencial. Pero eso no importa. Ocurren igual. Ocurren porque al mercado inmobiliario es muy difícil controlarlo. Más aún, cuando los inquilinos no firman ningún tipo de contrato al ingresar. Esto sucede porque muchas veces se carece de recibo de sueldo y/o garantía propietaria, y es motivo para que los propietarios abusen de la necesidad de los inquilinos.

La mañana del dos de mayo, mientras Andrea internaba a su hijo menor, los propietarios amenazaron a su otro hijo, que en ese entonces se encontraba dentro de la casa y cuando éste logró irse a realizar la denuncia policial, le vaciaron la casa dejando los muebles y electrodomésticos afuera del departamento. Efectivamente, se habían quedado sin hogar en plena cuarentena. Cuando las mudanzas también estaban prohibidas por decreto presidencial. 

El protocolo que se activó esa mañana fue exitoso. Lograron bajar al adolescente del techo. El próximo destino para Andrea y su hijo era el centro de salud más cercano: Hospital Interzonal de Agudos Evita de Lanús.  El más grande que tiene el municipio. Fue creado en 1952 bajo la proyección del ex ministro de salud Ramón Carrillo. Los techos altos, las paredes descascaradas, los ascensores fantasmas y las esperas interminables caracterizan a este lugar. Cada pasillo es un mundo.  

La guardia  

Hace meses que las personas que nos rodean se convirtieron en posibles portadores de un virus que no es letal, pero asusta. Si sos paciente de riesgo los cuidados tienen que ser aún mayores porque afecta aún más. Muchas veces se dice que es preferible no ir a una guardia porque los virus están en el aire. Y es posible ir sano y salir enfermo. Pero esto no aplica para el caso de Andrea y de su hijo. 

La guardia es un quilombo, siempre es un quilombo, médicos y médicas que vienen y van. Y el tránsito, personas que llegan y se van en menos de cuarenta y ocho horas. Si sobra alguna camilla es la gloria; de lo contrario, la espalda empieza a pasar facturas. Cualquier persona que cuidó de alguien en un hospital público sabe que dormir en una silla es una opción. Pero ¿Cuántos días?

El agua cae pesada y helada. Un chorro duro que entumece los músculos. Andrea abre la canilla y recalcula. Da un paso para atrás. Piensa dos veces: ¿cuánto más puede aguantar el cuerpo sucio? Un día más. Tal vez. 

Diez días estuvieron en la guardia. Andrea pidió en reiterados momentos el traslado a un lugar especializado en salud mental de adolescentes pero se lo denegaron porque los traslados eran exclusivos para pacientes con covid. 

En el sector en donde estaban había diez camas y en reiteradas ocasiones hubo evacuaciones por casos de coronavirus, que por diversos motivos, los ubicaban en ese sector. “Ni siquiera nos decían que pasaba, nos terminábamos enterando después que tenían el virus. De hecho había un hombre que estaba a un metro nuestro, que ni siquiera podía sentarse solo, quería ayudarlo y no podía, como ser humano me daba mucha impotencia” sostuvo. 

Luego de los diez días le ofrecieron una habitación en un lugar más adecuado para la problemática que tenía su hijo y para la que enfrentaban los dos; no tener una casa. Lo aceptó, pero también, de cierta manera, fue aceptar que afuera no había nada. 

El tercer piso 

Colchones apilados, camas rotas, habitaciones vacías y otras no tanto. Cuando la trasladaron de piso Andrea se encontró con un escenario distinto al que vio en la guardia. Cada interno porta una historia. Existen casos de personas que aún con el alta, siguen viviendo dentro del hospital porque afuera no tienen casa. Otros casos de adultos mayores que nadie fue a buscar. Andrea se refleja un poco en cada historia. Pero escribe la suya con matices y particularidades que prefiere evitar. Se quiebra. “En otros momentos hubiera estado acompañada, con mis hermanos y con mis hijos mayores, pero no. Fuimos Mateo y yo en soledad”. 

Las paredes de la habitación son claras como las de cualquier hospital. La luz del sol se cuela por las hendijas de la persiana que impide ser levantada por completo. Le hacen llegar sábanas y frazadas como si se tratase de una estadía en un hotel. Un hotel sórdido, sucio y desprolijo. “Lo que menos me molesta es limpiar, fui y le pedí los elementos para poder hacerlo”. Ese fue el primero de otros tantos actos en los que Andrea sintió a ese lugar como suyo. Con la impotencia de no tener otro que se parezca más a una casa. 

El 14 de mayo Mateo cumplió años. El festejo fue con un choripan y una porción  de papas fritas que Andrea compró en una parrilla frente a la guardia. Sentados al borde de la cama se tomaron una foto que aún conserva.

En el tercer piso no hay casos de covid. A diferencia de la guardia Andrea tenía la tranquilidad de dormir en una habitación exclusiva para ellos dos. Sin embargo, la lectura de diarios, redes sociales y los antecedentes de España e Italia la seguían atormentando, “Cerraba los ojos, me dormía y soñaba que salía por los pasillos y había gente tirada por todos lados esperando ser atendida. Me daba mucho miedo que pasara algo así estando con Mateo ahí adentro” dijo, con un atisbo de tristeza. 

¿Dónde vivir? 

Un hospital no es un lugar propicio para que un adolescente realice un tratamiento psiquiátrico que puede hacerse de manera ambulatoria. No obstante, la salud mental en esta pandemia quedó relegada por diversos motivos que, por supuesto, cuando la vida está en riesgo, son aceptables. Lo cierto es que el encierro agudizó problemáticas en torno a los trastornos de ansiedad. Ahora bien, en el caso de Mateo, este confinamiento se vio intensificado porque el lugar a habitar no fue una casa sino un hospital público. 

Un equipo interdisciplinario tomó el caso de Andrea y de su hijo. Dada la situación el hospital no le cerró las puertas. Si no que los hospedó hasta que Andrea consiguió un lugar para poder vivir junto a su hijo. No obstante, las presiones que recibió para que se vaya fueron demasiadas. 

El primer ofrecimiento que tuvo Andrea fue el traslado al Club 9 de Julio, un lugar que el municipio de Lanús preparó para asistir a pacientes con covid-19 o contactos estrechos que no puedan aislarse. Se negó en primera instancia y lo sintió como una burla. Diversas trabajadoras sociales desfilaron por la habitación en la que se encontraba con ofrecimientos poco viables.  Desde recortes de publicaciones de Mercado Libre del año 2017 hasta números de teléfonos de pensiones que Andrea no podía solventar por una cuestión económica. Por este motivo, solicitó la elevación de su caso al Ministerio de Desarrollo Social para buscar una solución a su problemática y las respuestas fueron casi nulas.  ­—Si lo que vos buscas es un subsidio habitacional, en provincia no existe, sólo en Caba— le dijo una trabajadora social. Andrea agarró los cigarrillos del fondo de su campera y respiró hondo. Ella sufrió un desalojo hace quince años y recibió un subsidio habitacional. Por lo que cree que la atinada respuesta fue porque buscaron su historial en los archivos, no para ayudarla si no para estigmatizarla. Toma sus cigarrillos dando por finalizada la conversación y aumentando el estigma. «No tengo casa, no tengo trabajo, pero me alcanza para los vicios», Andrea piensa lo que piensan los demás. Lo dice sin decoro, mientras una pitada profunda de nicotina le da un segundo de paz.  

Pompeya

«Espera, espera que del Ministerio te den una respuesta». Esa frase sonó en los oídos de Andrea durante largos días. Sus hijos, amigos y familiares le explican cómo tiene que transitar los días sin casa. «Me lo explican como si yo no supiera moverme en la vida. Lo que se olvidan es que hay una pandemia en el medio. Está todo parado». Andrea se enoja con su alrededor. Ella sabe lo que tiene que hacer. Pero también sabe que una habitación de un hospital no es el lugar adecuado para criar a su hijo. Eso sí, la comida no les faltó. Lo dice mientras reciben un plato de locro. El famoso locro del veinticinco de mayo. 

Mientras Andrea y su hijo vivían en el hospital. Santiago, de 18 años, buscaba intensamente habitaciones en pensiones que acepten tres personas. Él trabajaba de repositor en un supermercado chino pero el sueldo era de $19.000, por este motivo, la dificultad para encontrar un lugar acorde, era mayor. 

La segunda semana de junio Santiago pudo reservar una pensión en el barrio de Pompeya. Pero no fue fácil. La idea de compartir baño y cocina con otras personas, en un contexto donde la higiene y la asepsia son esenciales, no le convencía, pero no tenía otra opción, ya que deambuló por la casa de familiares durante casi cuarenta días y ya sentía la necesidad de estabilizarse, y por supuesto, estabilizar la vida de su madre y la de su hermano menor. 

***

Hoy Andrea cocina criollitos, rosquillas y pre pizzas en la pensión de Pompeya. Trata de hacerlo en horarios insólitos para que los demás no se den cuenta de que gasta mucho gas. Las vende por el barrio. Se queja, porque le enseñó algunas recetas a una señora que vive al lado de su habitación y ésta ahora le regala rosquillas a todo el barrio. “Me cagó el negocio, encima no le salen como a mí” bromea. 

En el barrio de Pompeya existen diversos lugares como el que Andrea reside junto a sus hijos. Muchas personas viven en estos inquilinatos mayormente habitados por extranjeros que no cuentan con los requisitos necesarios para alquilar una vivienda dentro del marco legal. 

Andrea menciona la nueva ley de alquileres, cree necesaria cierta regulación para que sea más accesible el alquiler de una vivienda para los que no cuentan con demostración de ingresos o garantía propietaria. Abre una discusión y una problemática muy difícil de saldar, gobierne quien gobierne. 

Hoy los días no son todos iguales para Andrea, la habitación es pequeña pero siente cierta libertad para moverse. Mateo continúa con su tratamiento psiquiátrico, pero a bajas dosis. Una madre siempre quiere ver a su hijo despierto y con la rebeldía característica de la edad. Pero nunca con intenciones destructivas. Andrea se prende un cigarrillo, mira la caja y se toca el bolsillo. “Estoy fumando mucho más que antes” dice con cierto descontento. Apaga el cigarrillo, sube su barbijo y entra al lugar que no eligió, pero que sin dudas es mejor que un hospital público en medio de una pandemia.

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