Por Camila Belén Granella Oliva

La epidermis femenina es el lienzo del deseo. Nuestros cuerpos, teatros vivos de sexualidad y sensualidad. La piel que nos recubre tiene un valor en el mercado de la apetencia y cotiza más cuando es para otrxs. ¿Por qué el goce de las feminidades es tabú cuando se proclama autónomo? ¿Por qué es aceptado cuando es para consumo?

“Si te molesta y te carga, es porque gusta de vos”, nos decían en casa cuando nos quejábamos de algún compañerito. Nuestro primer acercamiento a sentirnos deseadas fue basado en violencia. Adentradas en la adolescencia, el mundo de la moda nos encasilló en “talle único”, y nos brindó prendas que hipersexualizaban nuestros cuerpos. Cuerpos que empezaban a dejarse llevar por la curiosidad, mentes que tenían infinitas preguntas. Preguntas que fueron respondidas con vergüenza por mamá, porque ella tampoco fue dueña de su goce, o por papá de forma escueta, quien no tuvo mejor idea que dibujar un pene y una vagina para hablarnos de penetración. Fin. Tuvimos que recurrir a nuestras pares y sus experiencias, a la industria del porno que nos seteó formas hegemónicas (y falsas) de tener sexo, de cómo se ven los cuerpos y, sobre todo, nos mostró que nuestro rol es complacer. 

Ya iniciado nuestro camino sexual, nos topamos con las reglas de una sociedad machista. Tenemos que priorizar ser deseadas de forma heterosexual, estar dispuestas y cumplir, para que después puedan reírse de costado con sus amigxs al ritmo del “no sabes cómo me la cogí”. No hay espacio para el goce propio, entonces, ¿cómo podría ser compartido? Un estudio realizado por el Hospital de Clínicas, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, afirma que el 30% de las mujeres encuestadas no suele experimentar orgamos, y que el 12% de ellas, NUNCA tuvo uno, ni masturbándose, ni vinculándose con otrxs. Si bien el orgasmo es liberación de tensión sexual, es también aquel punto al que nos enseñan debemos llegar, pero no nos permiten crear el “cómo”. Hasta los tenemos que contar, como si el placer pudiera ser medido, como si más fuese mejor, como si fuese la única expresión de satisfacción. 

El sexo y la propiedad privada

El acto sexual adquiere una sobrevaloración por estar ligado, como tantas cosas, a la pertenencia y por ser parte de un sistema monogámico vinculado al matrimonio, el cual está agotado. Las nupcias son una institución social que formaliza la unión entre dos personas a fin de normas legales, sociales, morales y religiosas (¿y el amor?). Las reglas matrimoniales se vinculan a la regulación de las relaciones sexuales, para definir ciertas tipologías tales como incesto, adulterio, exclusividad sexual (monogamia). Tras tantas décadas de “hasta que la muerte nos separe”, surge como alternativa la práctica de “amor libre” o “poliamor”. 

La monogamia termina siendo cuestionada porque responde al sistema capitalista en el que estamos insertxs, y marca de forma inconsciente la exclusividad sexual y afectiva al momento de pronunciar la palabra “pareja”. Dudosamente, una mujer pueda proclamarse poliamorosa sin ser tildada de puta. La posesión, los celos, el hecho de no cuestionar lo establecido nos lleva, una vez más, a frenar la creatividad vincular, sexual y afectiva. Entonces, ¿está mal la monogamia? No. Están mal sus condimentos tóxicos. El amor libre aún es verde, y no podrá madurar sin primero atravesar el camino del autoconocimiento, la responsabilidad afectiva y la consolidación de lazos fuertes. Que la sociedad, aliada con el reloj biológico, no nos hagan creer que estar solas es condena. Bienvenido el tiempo compartido con nosotras, para que, cuando elijamos y de la manera en que lo hagamos, la compañía sea sana. 

Una luna de miel en la mano

¿Cuántas veces hablamos de masturbación en espacios cómodos y sin tapujos? El simple hecho de llevar nuestras manos a nuestras vulvas también es tabú. Hay un alto porcentaje de mujeres que ni siquiera la practican y sólo experimentan placer y goce sexual en contacto con otrxs. ¡Qué difícil disfrutar en compañía cuando no podemos hacerlo en nuestra intimidad con nosotras mismas! Nos vemos presionadas desde muy pequeñas por nuestra imagen y figura y los cánones de belleza hegemónicos que nos marcan cómo tenemos que ser y lucir para estar más cerca del deseo. Esto desencadena niveles de inseguridad física y emocional altamente peligrosos y que pueden significar condiciones psicológicas dañinas. Tocarnos, recorrer cada centímetro de nuestras pieles, nos permitirá ser creativas y desobedientes ante la forma establecida de cómo tenemos que gozar. Nos permitirá también descubrir que en el mundo de la sexualidad, las posibilidades son infinitas. La diversidad sexual es un concepto que se usa para referirse a toda la diversidad de sexo, orientación sexual e identidad de género. El placer existe por fuera de lo que nos contaron y adopta formas poco usuales (o poco habladas). Tu placer, ¿es realmente tuyo?

El camino hacia el goce libre y real es arduo, y nos exige estar atentas a todo aquello que atente contra nuestra piel deseosa y deseante. Nuestros poros emanan creatividad, transpiran autonomía y depuran inseguridades. Las feminidades sufrimos altísimos niveles de abuso sexual, presiones sociales y censura al momento de enmarcar nuestras vidas en el derecho al goce, el cual no sólo es sexual. Podremos ejercer nuestra facultad de disfrute con educación sexual integral, aborto legal, seguro y gratuito, con la lucha diaria contra la homofobia, la creación de espacios seguros para debatir nuestras inquietudes, la ampliación de derechos en materia de Género y con la constante revisión del feminismo que queremos nos represente, para que sea con todas, desde abajo y de forma horizontal. 

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