Imagen de sam moody en Pixabay

Por Rocío Abad

Cuando leí el lema de la semana de la lactancia materna 2020 me enojé mucho. Como si ser mujer, madre y dar la teta no fuera lo suficientemente difícil ahora también había que salvar el planeta. ¿Algo más tenemos que hacer? Como si una ya no se sintiera culpable por cada cajita de fórmula que abrió y desechó. Ni hablar de las mamaderas que le compré a mi hija, no tengo oro para dejarle a mis tataranietos pero tengo cinco mamaderas que todavía estarán en el planeta cuando ellos vivan. Si es que mi hija es tan egoísta como yo y se reproduce. Quizás primero piense en la huella de carbono y decida que lo mejor es no agobiar más al planeta.

Todo eso y más pensé cuando leí el lema. ¿Por qué estaba tan enojada?
Probablemente porque me había sentido interpelada. A mí el planeta me importa bastante. Es y será el lugar donde crecerá mi hija. Y a pesar de que me encanta la ciencia ficción con futuros distópicos, no es ese el planeta que quiero para ella.

Durante ocho meses sostuve con mucho esfuerzo la lactancia mixta. Mi hija tomaba teta y mamaderas con mi leche y complementaba con fórmula. Cuando nació descendió mucho de peso y le costó dos meses y medio pesar más de cuatro kilos. Mamar la agotaba y la dejaba sin calorías. La mamadera le permitía alimentarse sin gastar calorías. Lo tuve que aceptar.
Pasamos por muchos momentos difíciles en nuestra lactancia y cuando todo parecía mejorar yo me enferme. Una pancreatitis, dos cirugías, una semana de internación enchufada a una bomba de morfina fueron más que suficiente para destruir nuestra lactancia. La fórmula se instaló como la única alternativa.

Pero, ¿es la fórmula siempre la única alternativa? Si revisamos las estadísticas de la OMS o de WABA (World Alliance for Breastfeeding Action) pareciera que la fórmula no es una alternativa a la leche humana sino el consumo hegemónico. Esta semana debido al lema se debatió en redes sociales si la lactancia materna es un mandato o debe ser un deseo y si realmente las mujeres debíamos cargar en nuestras tetas la solución a todos los problemas del mundo.

Tras leer mucho y conociendo datos como que solo el 41% de los lactantes menores de seis meses recibe leche materna de forma exclusiva a nivel mundial comencé a cuestionarme mi enojo. Entonces, buscando voces para comprender la polémica encontré una historia en Instagram de la socióloga y puericultora Paula Díaz de Arcaya en donde ella decía que son cinco días al año en los que hablamos de lactancia materna, la industria de la leche de fórmula tiene esos cinco días y los otros trescientos sesenta para imponerse. Porque el mandato no es la leche materna sino la fórmula. Me explotó la cabeza. Le escribí y le dije que entendía lo que ella planteaba pero que para muchas mamás igual era doloroso leer frases así. Paula se tomó el trabajo de mandarme muchos audios y me dijo: “el error es pensar que la WABA le habla a las madres, la WABA le está hablando a los gobiernos del mundo”. Datos como el siguiente permiten ver con claridad que el mandato es la leche de formula ya que la producción de la misma genera 86000 toneladas de metal y 364000 de papel anualmente. El sistema patriarcal y capitalista en donde la hegemonía es la leche de otro mamífero nos quiere hacer creer que dar la teta es un mandato.

Lo entendí, logré hacerlo sin culpas, sin arrepentimientos. Elegí lo que era lo mejor para mi hija en un momento de mucha vulnerabilidad como es el puerperio. Mi beba con sus patologías, su posible cirugía del corazón y su dificultad para mamar necesitaba alimentarse de forma eficiente. La mamadera y la fórmula lo permitieron.

Pero había otras alternativas, si el trabajo de las puericultoras estuviera regulado y tuvieran su matrícula las obras sociales y prepagas cubrirían sus servicios. Si los gobiernos entendieran que dar la teta es económico, saludable y sustentable invertirían en llenar las salas y los hospitales con puericultoras en vez de mirar para otro lado cuando la industria láctea viola todos los días el código de sucedáneos llenando de publicidad todos los espacios de salud.

Si los sacaleches no costarán una fortuna y todas las mujeres pudieran acceder a uno podrían complementar con su leche. Si se comprendiera que el éxito de la lactancia de una díada no depende solo de esas dos personas sino de toda una red sosteniendo y acompañando tal vez los porcentajes de lactantes amamantados con leche materna exclusiva serían más lógicos. Somos seres mediados por la cultura pero biológicamente somos mamíferos. Nos denominamos así porque nuestra principal característica es que durante la primera etapa de nuestras vidas sobrevivimos mamando la leche de nuestra especie.

La lactancia materna lejos de ser un mandato es hoy un acto contrahegemónico.
Permitamos sentirnos interpeladas en vez de culposas. El mundo que le estamos dejando a nuestros hijos y a nuestras hijas lo necesita.

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