Crédito: Imagen de Joshua Woroniecki en Pixabay

Por Gabriel Romanelli

Los tiempos de pandemia trajeron aparejado una revolución inconsciente de las comunicaciones. Pantallas habitando de manera total el vínculo de unos con otros. El mundo digital como certeza de las relaciones humanas. En tiempos de rendimientos podemos afirmar que la comunicación hoy está, literalmente, al alcance de nuestras manos. Un esfuerzo cero que nos lleva de una app a otra app, de una videollamada a una charla telefónica, de ésta a un mail. Fuera de todo protocolo el esfuerzo cero de la comunicación hace que pasemos de una a otra, de una charla a una serie, de conversar con familiares a escuchar un podcast.

La expansión de la comunicación se ha convertido en la hiperpresencia digital pero amesetando los vínculos. Todos tenemos las mismas cosas que contar porque habitamos la aldea global, mejor dicho, no la habitamos: la transitamos, la navegamos como indica el filósofo surcoreano, Byung Chul- Han. Los vínculos quedan a merced ya no de nosotros sino de dispositivos, de empresas de tecnología, de proveedores de Internet. Charlamos pero en definitiva no charlamos, porque sabemos que están ahí los chats, los contactos, nuestros conocidos. No hay casualidades ni serendipias, no hay un contar de «¿no sabés a quién me encontré en la calle?». Se gana y se pierde, se pierde esa presencia real de las casualidades, de ver un cuerpo que muchas veces nos dice más que la palabra, o de interpretar algún gesto: «algo te pasa». La conexión débil que nos avisa el Whatsapp nos pierde de vista. Las conversaciones sobre cualquier tema que culminaban en discusión y en un atropello de palabras, hoy se transforman en dos personas que inician una conversación, no se escuchan e inmediatamente hacen silencio. Lo que antes era un no ponerse de acuerdo que derivaba en una charla existencial de por qué uno es así o asá, hoy culmina con un enojo inmediato de rápida digestión. Las presencias de ocupar un mismo espacio, de oler los mismos aromas, los perfumes, las comidas y ese aroma como Proust lo narraba de manera magistral con la magdalena en «En busca del tiempo perdido», hoy se pierde. Se pierde y se gana, como siempre, pero da la sensación de que no se narra. Los cuerpos y las almas quedan presas de una marea de megabytes que permite (o no) ubicarnos visualmente y auditivamente si todo marcha bien. Entablar un diálogo, vincularse con otros, exige un esfuerzo, un dar de nuestra parte, por eso no nos vinculamos con cualquier persona porque no a todos estamos dispuestos a dar tal ofrenda. Dar el tiempo, dar ese esfuerzo tanto corpóreo como del alma a menudo es gratificante. Hoy se vuelve una marea de pantallas que no implica más que la rabia porque no se escucha, porque se cae la conexión o porque algo no funciona bien. Con todo esto no quiero decir que «todo tiempo pasado fue mejor» porque se volverá de algún u otro modo a cierta normalidad que nos lleve a comunicarnos en un mismo espacio, cara a cara y no pantalla a pantalla. Solo es un planteo de lo que se fue perdiendo durante esta cuarentena: que la comunicación entre personas pierde algo de espontaneidad. No es un día cualquiera a la hora cualquiera que me quedé charlando con fulano y terminamos hablando de aquella profesora de matemática que nos bochó en diciembre. Hoy los tiempos son tiempos totales. La reunión es a las 9 y a las 9,40 vence el link. Hoy somos presas digitales de un tiempo acotado, poco espaciado, de silencios incómodos y de conexiones débiles. Ojalá nos quedemos con lo valedero de esta cuarentena que es el hecho, creo yo, de escucharnos o vernos a la distancia pero los vínculos, las narraciones, las cosas que pasan en las películas o en las series, están del otro lado de la pantalla.

gabrielromanelli88@gmail.com

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