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Por Gabriel Romanelli

Se suele hablar de manera peyorativa que estas nuevas generaciones son «blanditas». Personas que no soportan la adversidad o no «bancan» las situaciones que no se presentan ideales. En términos psi, personas que muestran baja tolerancia a la frustración.

Hace miles de años atrás, los individuos debían enfrentar adversidades tales como el hambre, el frío, o el peligro de la naturaleza indómita que dividía de manera cruenta la vida de la muerte. Todo esto sumado a la escasez de objetos y recursos. Fue propicio en esos tiempos generar estrategias para paliar tales situaciones. Una de ellas fue la cooperación entre pares para la supervivencia, sumar esfuerzos conjuntos. Desde esos tiempos a estos todo fue complejizándose a la sazón de un sistema capitalista. Los esfuerzos son calculados, estables y medibles en valores imaginados como el dinero. A la vez las cooperaciones que generaron consecuentemente comunidades sirvieron para contrarrestar los riesgos inminentes. El esfuerzo controlado sirvió para adquirir los objetos propicios para salvaguardar la vida.

Este reduccionismo diacrónico plantea cómo llegamos al siglo XXI rodeados de objetos y con poca capacidad de tolerancia a lo adverso, de esforzarnos por fuera de lo calculable. Hoy el frío, o el hambre o la naturaleza ya no son los peligros inminentes para aquellas personas con capacidad de producción y acumulación de objetos. Si uno tiene frío inmediatamente prende la estufa, si luego le da hambre abre la heladera y escoge qué alimento ingerir, de ciertos vaivenes de la naturaleza uno puede refugiarse en su casa… todo esto si uno tiene casa, heladera y estufa (pensemos cómo los planteos vitales de hace más de 10000 años siguen siendo los problemas de personas que viven en la calle). En el capitalismo actual muchas cosas se adquieren rápidamente mediante un objeto. Esto no es una invitación a salir a cazar una vaca o a hacer una fogata, tranquilos. Es una obviedad que es mejor poder solventar raudamente las incomodidades en este tiempo a diferencia de los antepasados. Sin embargo el exceso de comodidad trajo aparejado que las situaciones levemente distintas a las imaginadas o aceptadas sean totalmente adversas. Nos acomodamos tanto que no solo no tenemos que cazar el trozo de carne que vamos a comer sino que tampoco lo tenemos que ir a buscar dado que podemos solventar un delivery que lo haga por nosotros… a pesar de contar con una carnicería a 4 cuadras. Todo esto, insisto, no es para acostumbrarse a «vivir mal» ni mucho menos, pero sí para pensar que la estructura de nuestra realidad nos lleva a querer acomodar las cosas (y a las personas) a nuestro gusto y piacere. De a poco dejamos la dimensión de personas o individuos a convertirnos en clientes hasta de nuestra propia vida. No es casual que en esta era sea visto con malos ojos «pasarla mal». No de manera periódica pero sí a veces es normal, es natural y hasta diría es saludable. No tenemos las respuestas a todo ni tenemos las apps para estar siempre «en potencia o a tope o ATR». Las necesidades fueron cambiando y mutando. Hoy nos genera ansiedad una videollamada o el celular, un sacudón dopaminérgico que nos estimula, nos obnubila y nos pide más: pensemos que hace poquito tiempo (no hace miles de años) no existían los celulares. Hoy hay diagnósticos precisos para ese tipo de ansiedad. Queremos estar siempre cómodos o siempre comunicados pero a veces aparece el individuo y sus deseos o los imponderables (el objeto conexión de wifi que se corta). ¿realmente queremos ser presa de la comodidad? Y pasa no solo con los objetos sino también con los vínculos: no soportamos a alguien que piensa distinto o que quiere distinto o que ama distinto. «Yo estuve siempre cuando me necesitabas ¿y vos?». Diseñamos conceptos como la tolerancia entre las personas o la empatía pero siempre mirada desde nosotros mismos y nuestras comodidades. No es heroico pasar hambre o frío o aceptar que otro piense distinto, pero sí nos hace humanos. Humanos que dejan el traje de clientes o usuarios por un momento y pueden entender que quizá no todo es comprable o consumible, que a menudo despojarnos de ciertos objetos no nos hace más débiles ni nos mata. En definitiva no hay objetos que nos enseñen a vivir.

*Psicólogo Uba / contacto: gabrielromanelli88@gmail.com

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