Por Gabriel Romanelli

Imaginemos por un segundo que nuestro jefe o jefa nos pide que a las 8 am estemos conectados para arrancar un zoom dada la imperiosa necesidad de mantenernos comunicados entre empleados y empleadores. Imaginemos por un segundo el desgano que nos provoca eso dado que luego del zoom de las 8 a 8.40 arrancará otro zoom (o quizá el mismo porque hay ideas que no se terminaron de perfilar). Luego de estas videollamadas, comenzará otra. Finalmente llega la hora del almuerzo y como sobremesa toca confeccionar todas y cada una de las planillas, fichas, o papeles por doquier que nos solicitaron a la mañana, considerando a la vez «el enorme esfuerzo que está haciendo la empresa en este difícil momento manteniendo los sueldos al día». Imaginemos el cansancio, el agobio que nos genera interactuar con personas que no tenemos en el mismo espacio porque no se escucha, porque se pierde la conexión, por esto o por lo otro. Ahora imaginemos las mismas sensaciones, las mismas situaciones y los mismos deberes siendo niños o niñas.

Desde el comienzo de la cuarentena uno de los ámbitos que tuvo que adaptar y a la vez aggiornar sus prácticas y esquemas fue el educativo. La premisa básica parte de trasladar lo máximo posible la escuela a casa, salvar la distancia lo mejor que se pueda de no contar con el aula, con los espacios educativos y de socialización. Es por eso que actores y actrices educativos tuvieron que adaptar (y aprender y capacitarse a contrarreloj) su forma de trabajo para poder dar respuesta a la demanda educativa de chicos y chicas a lo largo y a lo ancho del país. Videollamadas, zooms, classrooms, guías de actividades, pdfs, ocuparon el escenario cotidiano de grandes y chicos. Estrategias que van y que vienen para tratar de hacer lo más amenas posibles las clases virtuales. No obstante, pasados los cien días de confinamiento preventivo queda más que claro el hartazgo desde los distintos estamentos. Docentes que trabajan mucho más que antes, padres y madres que no saben qué hacer y con qué disfraz abocar el vínculo con sus hijos (ser padres/madres, docentes, profesionales terapéuticos, todos a la vez) y por si fuera poco, niños agobiados que no saben qué hacer ni qué decir. 

Considero que es importante entender que esta situación pandémica no fue escogida por nadie, es entendible y loable el esfuerzo de querer que los chicos no pierdan el ciclo lectivo, sin embargo es complejo poder sacarle provecho máximo a una situación que nos excede a todos. Estamos poniendo énfasis en un presente cuando el futuro, hoy más que nunca, está en veremos. Tampoco la idea es ir por las antípodas, no hacer nada y que pase lo que pase no creo que sea la opción indicada, pero sí entender los tiempos de cada uno, de docentes, de profesionales, de padres y de niños. En principio los aspectos emocionales están a la orden del día (y más después de 100 días). No son vacaciones pero tampoco un momento propicio para aprender contenidos formales y estipulados en diseños curriculares. Los padres y las madres en principio son padres y madres tautológicamente hablando. No tienen el conocimiento específico (ni tienen por qué tenerlo) sobre aspectos educativos o terapéuticos. Vivimos inculcando a los más pequeños limitaciones al uso de pantallas y hoy la pretensión es un contrasentido: queremos que se conecten a cuanto zoom haya. En los casos de los chicos más pequeños que muchas veces no tienen desarrollada una atención para mantenerla durante un tiempo prudencial, dependen también del acompañamiento del padre o de la madre, que quizá, a la vez es la persona del ejemplo dado al principio de este artículo y tendrán que repartirse el tiempo no pudiendo participar de todas y cada una de las actividades demandadas. Niños cansados, padres cansados, docentes cansados y terapeutas cansados. La sensación es que esta situación no nos encontró preparados y nos excede por todas partes, es por eso que es necesario buscar en la medida de lo posible un concilio que permita ser sostenible para cada parte y a la vez estimulante y atractiva sin esperar por ello un aprendizaje marcado o productivo. Pienso que se trata más de la lógica de un oxímoron este tiempo: estar cerca a la distancia, acompañar cuando sea posible y permitirse no saber qué hacer o qué decir (de hecho siempre vivimos con esa sensación con o sin cuarentena), hacerse el tiempo para escuchar al otro y a la vez escucharse. Nadie dice que es fácil pero se vislumbra como cierto factor común un desgaste, un agobio y una presión quizá desmedida en todas las partes pero por sobre todo en los actores y actrices que muchas veces no tienen la forma de expresarlo con palabras precisas: los niños. Ojalá este tiempo nos deje un aprendizaje, no desde un punto de vista productivo o formal o de un saber específico que tenga una utilidad puntual, predecible y medible. Quizá el aprendizaje valga para entender que el mundo a veces se detiene y eso nos lleva a sondear una imposibilidad: que no siempre se puede con todo y que acompañar y acompañarse en momentos caóticos es más importante, estimulante y significativo que un saber de una currícula.

*Psicólogo UBA / contacto: gabrielromanelli88@gmail.com

2 comentarios sobre “La nueva normalidad: el agobio virtual de chicos y grandes

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