Foto: Celeste Gómez

Por Agustina Gonzalez

Algo se murió y cuando digo algo no solo hago referencia a ese cuerpo inamovible que reposa en ese cajón, que ni siquiera se parece al que nos dio la mano en vida. Hablo de otra cosa, una cosa que no se descubre el día en el que ese cuerpo dejó de respirar ni en los días anteriores de agonía cuando todos suponían que no había vuelta atrás. Que no había más nada por hacer. De un instante al otro dejas de ser una persona para convertirte en un cuerpo, un cuerpo que no se ríe, ni se enoja, ni se agita. Un cuerpo parecido a una masa amorfa que pronto se convertirá en cenizas. 

Cuando alguien se nos muere nos morimos un poco. Y tardamos en procesarlo porque lo que se muere no muere al instante. Muere después, muere en la mesa vacía, muere en el llamado que nunca llega. Muere cuando fracasamos y necesitamos un abrazo de aliento. Muere cuando lo bueno de la vida te llega y no tenés con quien festejarlo. O sí tenes, tenes millones a tu alrededor, que te abrazan, te festejan. Y te festejan el doble, porque te ven vacío, porque te ven débil. Te ven que andas por la vida como si no hubiera pasado nada cuando sí pasó. Y lo que pasó es que de un momento al otro te arrancaron de la vida a la persona que amabas. A la persona que te tendía la mano. A la persona que te preparaba un plato de comida caliente y te tapaba cuando tenías frío. ¿Por qué tenemos que andar por la vida como si eso no hubiera pasado?  Eso pasó y nos partió en mil pedazos, por qué andar por la vida como si estuviésemos enteros cuando nos falta un pedazo. 

Es parte de la vida, claro. La muerte es parte de la vida. Nos cansamos de repetir esas frases. Nos cansamos de pedirle al que está pasando la dolencia que tenga fuerzas. ¿Fuerzas para qué? «Hay que ser fuerte» dicen. Perdónenme, pero no creo que las fuerzas salden la ausencia ni el silencio de quién un día te acaricia el pelo y al otro día es un recuerdo. 

Reivindico el derecho a la tristeza. Me abrazo a la nostalgia. Reivindico el derecho del que no llora porque no puede, porque no le sale. «Tenés que llorar» «Tenés que hacer esto, tenés que hacer lo otro». Y con esto no quiero decir que la gente se equivoque, o sea mala compañía. ¿Por qué la gente tiene que entender la muerte? No creo que existan los buenos o los malos consejos. Ni los buenos ni los malos consejeros.  

Hoy se cumplen diez años desde que mi mamá murió y también se cumplen diez años desde que yo me morí un poquito. Y no creo que sea un lapsus como una vez me dijo un psicólogo porque dije «El día que yo me morí» haciendo referencia a la muerte de mi madre. Quizás en ese momento lo haya sido, nunca lo sabré. Después de pasar por distintos estadíos creo que sí. Cuando alguien se nos muere nosotros también nos morimos un poquito. 

2 comentarios sobre “El día que morí un poquito

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