Por Gabriel Romanelli

Uno camina por las calles, transita veredas, vidrieras, locales, gente por doquier. Gente que compra, gente que quiere, gente que gasta su tiempo y su dinero en algún juguete, dispositivo electrónico, ropa, libros o chucherías. El símbolo de las fiestas que versa más en una liturgia del capital que de la fe. El nacimiento de Cristo que queda difuso ante las 6, 12 u 18 cuotas, el pago en efectivo y los descuentos en horarios irrisorios que ofrecen los centros comerciales.

Las fiestas parecieran que tienen que ver más con la dispersión y el desenfreno en detrimento de la unión o la reflexión de aquellos que profesan la fe cristiana o su bemol secularizado.

Compramos de más, gastamos de más, comemos y bebemos de más, molestamos de más y nos peleamos de más. La potencia y el excedente puestos en juego en el orden de la posibilidad. Qué se come, dónde y con quién la pasamos, de qué se habla y no se habla en la mesa, por qué la pirotecnia. La búsqueda paroxística de un signo de amor hacia el otro que se pueda envolver y tarjetear. ¿Qué nos regalen cosas entonces no es importante? Es importante, no es necesario. En líneas generales importa tanto o más quién nos da un obsequio más que el obsequio en sí. Todo regalo es un presente, en su doble acepción, de estar presente y de estar regalando algo. El problema subyace cuando el objeto obtura el vínculo: entre parejas, entre padres o madres e hijxs, entre familiares o entre amigues. Cuando la lógica transaccional mata al vínculo. El objeto por sí solo satisface una pretensión o un anhelo de alguien. Se juega en el terreno del conocimiento que tenemos sobre el otro. «Si no te gusta lo podés cambiar» es una prueba de fuego sobre nuestro conocimiento y sobre nuestras expectativas que tenemos hacia otra persona. Es lindo que nos regalen cosas, es lindo regalarlas pero más lindo es construir momentos. Nadie se acuerda qué le regalaron de chico salvo que haya sido significativo pero sí recordamos momentos, situaciones, aconteceres, o por ahí los inventamos, no se sabe bien pero si sucediera esto último, difícil que pongamos nuestra creatividad basada en objetos. Recuerdo a alguien que en fechas especiales le regalaban juegos de mesa. Amaba esos presentes sin embargo cuando pasaba el tiempo los juegos de mesa adornaban un mueble bien guardados: nunca había lugar para el jugar. El regalo como metáfora de un presente pero ese presente requiere la presencia de quien regala. Es eso lo que nos conecta no un mero objeto. Considero que un regalo sea cual sea debe conectar el mundo de uno con el del otro excediendo al mero objeto. No sé cuál es tu talle, no sé si este libro te va a gustar, no sé si esto es exactamente lo que necesita un chico: relajemos. Regalemos pero estemos. Tengamos el presente pero estemos también presentes. Feliz Navidad y salud.

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