Por Gabriel Romanelli

Seguramente sea un tema trillado en la cotidianidad dado que todo está invadido por el amor. Eso que une a las personas, que nos hace mejores. El amor quizá sea el sentimiento del cual más se charla o se escribe (de hecho lo estoy haciendo en este preciso momento). Veo a mis mascotas en el jardín de mi casa, ¿sentirán amor ellos? Algunos con una concepción antropomorfocéntrica (palabra difícil que significa ver todas las cosas a imagen y semejanza del ser humano) dirán que sí, que las mascotas y los animales sienten amor. No estoy muy seguro de ello: el amor pareciera ser un sentimiento que a diferencia de una emoción, necesita participación activa del sujeto. Tradicionalmente se habla de emociones básicas que compartimos con todos los seres vivos: alegría, tristeza, miedo, asco, sorpresa e ira. La combinación de éstas y la cultura traen aparejadas emociones más complejas. La respuesta que damos a esa emoción es lo que habitualmente definimos como sentimientos. Si el sentimiento entonces es una respuesta del sujeto, ¿por qué se sigue pensando en algo que viene de manera externa? Es obvio que al nacer, al ingresar a este mundo, tienen que querernos, amarnos,  aquellos que resguardan nuestra vida. Sin embargo la cultura nos interpela de tal manera que nos brinda distintos abanicos de posibilidades de amar y al final de ese camino nos encuentra a nosotros. Hay íconos comunes donde se plantea un amor externo, sobre todo en relación con el amor de parejas. Cortázar lo metaforizaba en «Rayuela», palabras más, palabras menos, como «ese rayo que lo parte a uno y que uno no elige». La imagen de Cupido, ese ángel regordete que da un flechazo y une a las personas. La idea misma de unión también en la mitología griega que nos trae Hesíodo en La Teogonía en relación con el nacimiento del Universo y el papel preponderante de Eros (dios primordial responsable de la atracción sexual, el amor y el sexo, venerado también como un dios de la fertilidad). La idiosincrasia occidental conserva ciertos preceptos con la idea del amor: el amor como dolor, el amor como una energía externa que posibilita la creación, el amor como unión, el amor a veces como un malentendido. Lo que entendemos o sentimos sobre el amor está mediado por estas condiciones. Muchas veces las personas esperamos ese rayo que nos parta los huesos, sin embargo, siguiendo el ejemplo de Cortázar, la energía eléctrica de ese rayo inexorablemente debe surgir de cada uno de nosotros. Uno no elige a quién amar… ¿o sí? Lo que sí es cierto es que uno puede elegir cómo amar. Y hay amores de los buenos y hay amores de los malos. Amores que se plantean como necesidad y no como algo inherente al deseo de construir junto a la persona que se tiene al lado. Si el amor es un rayo, externo, momentáneo, evanescente, vamos a capturar más sinsabores que gustos en la boca. El amor es complejo porque uno no elige más que la forma en la que ama y muchas veces amamos como nos amamos a nosotros mismos. El otro día me topé con un posteo en Facebook alusivo a «Los puentes de Madison» y a la decisión que toma Francesca, el personaje que hace Meryl Streep. La decisión de Francesca versa en permanecer con su familia o irse con Robert, interpretado por Clint Eastwood. Con él durante un fin de semana tiene un romance fugaz ante la ausencia de su esposo e hijos que partían hacia un viaje. Un rayo que aparece en su tediosa vida y la decisión que eso conlleva. Mucho se habla del poco valor que tuvo Francesca  por no «jugársela». Sin hacer ánimos de futurología, es probable que la vida de Francesca y Robert se convirtiera en el mismo tedio que el que ella poseía con su familia. Es probable que a la hora del amor se tenga que considerar más la construcción de uno con el otro que el de jugársela por lo que uno quiere. En principio porque es difícil saber qué es lo que uno quiere, o ama, qué elige a la hora de elegir.

La fantasía que cada uno posee es alimentada por todo este ideario arriba mencionado, pero sólo con eso no alcanza. A decir verdad nunca alcanza porque hay una dimensión insondable e inaccesible que es el otro: su deseo, su propia fantasía, sus búsquedas. Es muy probable que nosotros amemos no solo de la forma en que nos amamos sino también de la forma en cómo nos amaron. Aunque no es definitivo sí es importante poder pensar y reflexionar sobre eso. Es mentira que al amor hay que sentirlo más que razonarlo: sino piensen en las noches de angustias rumiando pensamientos y llorando por un amor, sea cual sea, que todos tuvimos que atravesar. Considero que el amor más noble es el que empieza por casa, que luego portamos, confrontamos y a veces transformamos. No hay garantías en el amor, pero la elección de construir junto al otro debe ser justamente eso: una elección y no una necesidad. Nadie sabe exactamente lo que uno necesita o incluso quiere: a menudo no lo sabemos nosotros mismos. Nadie porta un saber del otro. Buscar afuera lo que nos falta adentro trae más frustraciones que satisfacciones. Lacan acuñó una frase que ya se lee en todas partes «el amor es dar lo que no se tiene a quien no lo es». El amor como malentendido, pero a la vez como posibilidad. Lo que necesitamos es cumplimentar el escenario de nuestra fantasía, el problema es que no somos espectadores pasivos de eso sino actores y actrices que vamos improvisando sobre la marcha. A veces sale bien, a veces sale mal. No hay garantías en el amor ni hay garantes del amor, hay personas que construyen, arman,  desarman y tropiezan. El amor es una potencia que debiera venir de nosotros, de lo que somos y poseemos como personas para así construir con otros. El rayo indefectiblemente parte desde nosotros.

gabrielromanelli88@gmail.com

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