Por Celeste Gómez

Veintiún horas. Eso es lo que tarda en morir un pibe en manos de la policía. El último informe de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI) demostró que las denuncias por fusilamientos policiales son cada vez más recurrentes. Se expuso que la promoción de la violencia está en las instituciones. Desde su lugar, la escuela, los medios y, en definitiva, el Estado impulsa esta cacería sin escrúpulos.

El pelito rapado al ras, los aros, las zapatillas con resortes, la casaca, la gorrita que no te deja ver sus ojos, la gorrita como accesorio porque sí, como elemento para dudar, para desconfiar, para temer, para no ser parte. La gorrita como la determinación de aquel que no vale nada, ni siquiera vivir.

Kevin era un niño de nueve años de la villa 21-24 que en 2013 recibió un tiro en su cabeza mientras, temeroso, se refugió en su casa de un tiroteo entre la policía y dos bandas del barrio Zavaleta. Su caso impulsó la rabia y la organización de su familia. Ese mismo año, los vecinos impulsaron un nuevo protocolo, el Control Popular a las Fuerzas de Seguridad. Un documento para observar de cerca a quienes los controla.

Nelson Santacruz, vecino de la villa 21-24 y militante de La Poderosa contó que el dispositivo de Control Popular a las Fuerzas cobró mucho valor a partir del caso de Iván y Ezequiel. “Eze era menor de edad. En 2016 fueron secuestrados por Prefectura Nacional, los arrestaron y los llevaron al fondo del barrio, ahí, al margen del Riachuelo. Hicieron con ellos un simulacro de fusilamiento, los golpearon a mansalva, se burlaron, los hicieron rezar”.
Nunca se podrá saber si finalmente esos pibes fueron escuchados por Dios, pero sí fueron atendidos por los suyos, que hoy se encargan de acompañar y proteger a las familias víctimas de estos atropellos a sus derechos humanos.
El caso de Iván y Ezequiel llegó a la ONU, quien, a través de este nuevo Control Popular necesario y urgente, visitó el barrio. “¡El caso tuvo mucho vuelo, se catapultó!”, se impresionó Nelson.

En la villa 21-24 grupos de vecinos recorren el barrio tres veces por día. Buscan rastros y pruebas de cada injusticia caminando al costado de las cosas.

La cárcel es un artefacto inútil. Nadie sabe bien cuál es su función (¿reparar?, ¿castigar?, ¿educar?). Fue denunciada por muchos autores por representar la desigualdad misma, los abusos de poder y también (cómo no) los poderes revolucionarios. Al parecer, el “bien” está allí. En la cárcel radican las formas “civilizantes” de formar nuestros “valores”. Pero la política criminal en Argentina tiene condena social.

Ana Sicilia es etnógrafa en cárceles, participa como tallerista de lecto-escritura en el espacio «El Ágora» del Penal Nº 9 de La Plata y coordina la biblioteca de la cárcel de González Catán. «Pobreza y chorros van a haber siempre en un sistema capitalista. Se necesita una decisión política con coherencia y con convicción para tratar de lleno la pobreza estructural y no quedarnos con lo que se ve: los ‘pibes chorros’ o la ‘inseguridad’. Antes de todo eso que te muestran los medios, hay una raíz gigante y un problema mayor.”

Sobre las acusaciones, la Policía Federal Argentina nunca hizo mea culpa en público por los casos de gatillo fácil y abuso de autoridad que se registraron desde la vuelta de la democracia, mucho menos cuando los jefes de las Fuerzas Armadas reconocieron los crímenes de la última dictadura cívico-militar.

Nahuel Balsano vivía en Piñeyro, Avellaneda. Tenía veintiún años y ayudaba a su mamá a repartir puerta a puerta las leches del Plan Nacional “Más Vida”.

La madrugada del viernes veinticuatro de abril Nahuel salió a la calle y les abrió la puerta a los lecheros para que suban los productos que más tarde repartiría entre los beneficiarios. Fue entonces que, en pocos segundos, unos policías dentro de un patrullero a oscuras, en un auto casi invisible y a toda velocidad frenaron a metros de él y, sin mediar palabras, lo golpearon y obligaron a subir al auto.

La situación fue desesperante. Nahuel gritó auxilio como nunca antes había gritado. Su padre dormía. Su madre pedía ayuda a los vecinos. Se lo habían llevado.

Trece horas lo retuvieron en el Polo Judicial de Avellaneda luego de abrirle una causa por el robo de un vehículo que nunca vio. Después de estar veintiséis horas detenido, Nahuel declaró y continuó arrestado en la Comisaría Tercera de Dock Sud junto con otros siete demorados en una misma celda.

Uno de esos siete, tenía denuncias contra la policía.

Pasaron dos días desde su detención y su familia no sabía nada él. Ese lunes por la noche recibieron el llamado de su defensora, quien con total indiferencia les dijo “Hubo un motín en la comisaría y su hijo está internado en el Hospital Fiorito”.

Al día siguiente del incendio y con Nahuel en la sala de terapia intensiva quemado de forma plena, le concedieron la libertad.

Veintiún años y trece días de agonía pasó Nahuel antes de morir.

“Posiblemente alguien había calumniado a Josef K., pues sin que este hubiera hecho nada malo, fue detenido una mañana”.
Franz Kafka (“El Proceso”).

Ninguna gorra, ni los amigos, ni droga, ni barrio, ni el nivel socio-económico con que el contamos explican la muerte.
A la muerte solo la explica el odio, el ensañamiento, la ignorancia, la omisión de derechos humanos, las prácticas violentas reconocidas social, cultural y políticamente. Las muertes solo pueden ser explicadas por el Estado.

Las denuncias por liberar zonas para el delito y los crímenes, por brindarles protección a prostíbulos, por fomentar el trabajo infantil y la delincuencia en los jóvenes se repiten sin detenerse. En los últimos años, la actual Ministra de Seguridad de la Nación Patricia Bullrich salió a defenderse ante los medios por varios escándalos judiciales y promovió el recambio de oficiales ‘manchados’ por otros que todavía no lo están.

Sin embargo, las cifras crecen. El 85% de las víctimas de violencia institucional fueron asesinadas bajo custodia policial y gatillo fácil.

El nivel de control y formación de sentidos y subjetividades es muy fuerte, como con cualquier otra institución hegemónica. Nelson lo vive de cerca “Muchos pibes y pibas terminan encontrando una especie de ‘protección’ o ‘progreso’ en las fuerzas de seguridad, ya sea con la Marina, sean los militares, con los gendarmes o donde sea. Esos son espacios que en mi barrio son bien vistos como salida de la pobreza y para poder llegar a ser clase media. Eso me resulta agresivo y bastante triste porque demuestra que esos pibes no encontraron otra cosa. Es muy sencillo tener un arma en la cintura y eso me produce muchas cosas. Tiene muchos efectos. Entre ellos, produce que cualquiera con un mal corazón pueda hacer lo que quiera.”C

Cualquiera, para dejar de dormir al calor de las cuatro hornallas encendidas, al calor de una noche de invierno que cada vez cae más abajo, puede tomar esa decisión. El hambre, en ocasiones, produce ese efecto: Matar o morir.

“Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo o
Llevarte a la guerra.
Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.”
Bertolt Brecht

Todavía se escuchan por los pasillos de la villa a los pibes y pibas que aspiran a ser fuerzas de seguridad. “¡Quieren ser eso, quieren ser el bien!” piensa uno de los vecinos. En realidad, lo que pretenden esos adolescentes es huir de ese mundo tan hostil.

La violencia, esa que es visible y las otras que no, puede signar el camino en el gesto de privar a las personas de todos sus derechos.
Para Ana Sicilia, la delincuencia es el último punto a tratar. Primero hay que resolver las situaciones de vulnerabilidad económica de las personas en situación de encierro «Es más fácil atacar o poner los medios en el problema menor. La delincuencia y la inseguridad no son problemas menores, pero son parte del último eslabón. El primero es la pobreza estructural que es la más difícil de desarraigar, de limpiar, de sanar y de tratar. El último eslabón es lo que se ve, es la punta del iceberg».

Natalia Federman fue Directora Nacional de Derechos Humanos del Ministerio de Seguridad, trabajó en la Dirección Nacional de Derechos Humanos del Ministerio de Defensa y en el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). A partir de septiembre de 2012, la Dirección Nacional de Derechos Humanos con la colaboración del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) inició un proceso de trabajo para agotar las posibilidades de identificación de personas detenidas desaparecidas cuyos cuerpos hubieran sido inhumados como NN durante la última dictadura cívico-militar entre los años 1975 y 1983 «El proyecto se basa en la existencia en poder de la Policía Federal Argentina y de otras dependencias administrativas y judiciales del Estado, de impresiones digitales de cadáveres de personas que fueron asesinadas por el terrorismo de Estado y habían sido inhumadas bajo la categoría NN. Las fichas contienen información dactilar que el actual desarrollo tecnológico permitía cotejar de forma masiva y así establecer la identidad de algunas de las personas y aportando información sobre el contexto de su desaparición forzada y posterior muerte».

El inicio de este trabajo no es casual. Mediante la aplicación de esta estrategia de búsqueda se pudo identificar el cuerpo de Luciano Arruga en 2014, un muchachito de dieciséis años que estuvo desaparecido desde el 31 de enero de 2009 -tras haber sido detenido por la Policía Bonaerense- hasta el 17 de octubre de 2014, cuando apareció su cuerpo enterrado como NN en el Cementerio de la Chacarita.

Ana se emociona. La biblioteca itinerante del penal de La Plata lleva su nombre. Empezó sus clases meditando con los presos, trabajó sus textos, les enseñó a expresarse a través del arte. “Para mi llevar los libros al penal es abrirles otro mundo, y los números muestran los resultados”. Ella puso en discusión los valores y sentidos de muchas autoridades «Yo siempre hablo de ‘pobreza de valores’. Cada vez es mayor esa pobreza. Nosotros trabajamos sobre la pobreza estructural pero no trabajamos sobre unos buenos cimientos, sobre volver a los valores. Hay que sanar todo el problema, de poner el ojo y trabajar sobre eso haciéndolo a la par de todos los principios».

En las villas los vecinos, en organizaciones los familiares de víctimas y en las cárceles los presos son quienes se organizan para obtener Justicia y hacer efectivos sus derechos. Pero no todos llegan. Hay muchos obstáculos. Uno es la pobreza de valores. Otro es la promoción del odio al otro. Pero el principal problema, quizás, es la burocracia para acceder a ella.

“Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta ante este guardián y solicita que le permita entrar en la ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona, y pregunta si más tarde lo dejará entrar. ‘Tal vez’, dice el centinela, pero no por ahora.”
Franz Kafka.

celesteyaelgomez3@gmail.com

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