Por Gabriel Romanelli

En otra columna para este medio, había hecho referencia a la tristeza, a la imposibilidad de expresarla en tiempos donde la felicidad más que vivirla se actúa y al mandato mismo de felicidad que se instala en muchas situaciones cotidianas, tejiendo micromundos que dejan de lado cualquier negatividad.


El pensamiento positivo no está mal per se. Es una condición necesaria muchas veces para llevar a cabo un propósito. El inconveniente se suscita en esa mentalidad positiva que nos conmina a esconder la tristeza o el malestar en pos de una normalidad que pondera los sentimientos positivos.
«Todo va a salir bien», «hay que dejar que el tiempo pase», «el universo conspira a tu favor», «si sucede, conviene» son frases que se escuchan o leen habitualmente que tienen un denominador común: un sujeto pasivo descentrado de su responsabilidad. Saca de foco a la persona, a su accionar, a su hacer, a sus posibilidades. Las cosas no salen por rachas del universo o del tiempo, las cosas suceden y solo a veces suceden asumiendo la responsabilidad y actuando en consecuencia. Hay circunstancias en nuestra existencia que no son elegidas, lo que podemos hacer con ellas quizá sí. Tiempo, reflexión, entender que uno es susceptible al error, son algunas de las posibilidades que tenemos. Un paciente me decía hace poco: «veo el instagram de este pibe y me encantaría ser como él». La época y la cultura alientan una versión cristalizada y monolítica de las cosas donde la felicidad, el éxito y el prestigio están al alcance de la mano, mientras que por fuera queda velado todo el derrotero o el trasfondo de esa foto en una red social: todos solemos pasarla mal de vez en cuando. La máscara de la felicidad es la forma precisa de no ensayar emociones y sentimientos. Es inflar un globo y aguantar hasta que estalle. Ser positivo sin tiempos de reflexión es tan nocivo como ser negativo sin esos mismos tiempos. La vida en sí parece más una película pero en tiempos de inmediatez la foto impera como el paradigma del deber ser. Si uno no cumple con ese ideal tiene dos destinos como observa el filósofo surcoreano Byung Chul- Han: el burnout (síndrome del quemado) o la depresión. Los tiempos actuales compelen a estar siempre con un semblante en cara, una sonrisa dibujada y un pensamiento positivo para atraer lo positivo.

Sonreír cuando uno está devastado es estéril. Cuando todo se prende fuego alrededor, invocar al tiempo o al universo no sirve de mucho. Todo lleva tiempo, lleva reflexión, conlleva riesgos y solo tenemos la posibilidad de intentar. El éxito o la felicidad no depende solo de nosotros sino que es una conjunción con variables situacionales que no manejamos: no elegimos a nuestra familia, no somos el entrevistador de RR.HH que nos va a elegir para el trabajo, no somos el profesor que nos va a evaluar, no somos el cliente que nos va a dejar propina por haber pedaleado bajo el signo del calor y la precarización. Tener una actitud positiva es un estado mental necesario para proceder pero solo con aquello no alcanza: un estado mental como la percepción misma de felicidad. No pretendo erosionar creencias de cada persona pero al universo le somos totalmente indiferentes: solo tenemos nuestro bagaje, nuestra historia y nuestros intentos. Quizá eso nos defina: nuestros intentos. Los logros lamentablemente no dependen solo de nosotros.

gabrielromanelli88@gmail.com

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