Por Gabriel Romanelli

Cámaras de seguridad, redes sociales, celulares, dispositivos que nos acercan pero a la vez compartimentan la vida entre lo público y lo privado. Es en esta tensión que se da un fenómeno muy particular de la época: el control entre unos y otros en espacios virtuales. Es moneda corriente visualizar en las redes escraches por doquier. Desde lo legal hasta lo moral, todo se termina homogeneizando en una sociedad en la que impera la espectacularización como pensaba Guy Debord. 

En la comunidad donde se crea y se recrea el concepto de indignación, el escrache versa sobre una muestra de «justicia por mano propia» con un fin de repudio generalizado. Una justicia hecha a la medida de cada uno. El problema se suscita cuando en el abánico de situaciones termina «igualándose» una acusación de un abuso con el robo de un celular: se pierde la verdadera dimensión de los hechos a la luz de acusaciones en formato publicación en redes. Nosotros, jueces, jurados y audiencia, asistimos al espectáculo de la justicia, de la cual no sabemos a ciencia cierta bajo qué criterios estamos juzgando. Este camino de la «justicia de redes» también está allanado por una crisis de las instituciones, sobre todo las que conciernen a impartir la tan esperada justicia que restituya la injuria de un estado previo. El famoso simbolismo de la mujer con el velo que le cubre la vista mientras sostiene una balanza queda cada vez más alejado cuando vemos las injusticias cotidianas. La verdad quizá sea esa: no hay justicia. 

En La República, Trasímaco, discípulo de Platón decía que la justicia era el provecho que sacaba el poderoso del que obedece: la relación entre poder y justicia queda más indeleble que nunca desde ese entonces. Tal vez nada sea justo en un mundo de calamidades, de injusticias al alcance de la mano y del poder que sostiene voluntades. No pareciera ser opción tomar nosotros esa herramienta tan compleja dado que el uso que se le brinda hasta el momento trajo y sigue trayendo más sinsabores que justicia en sí: gente escrachada, gente de la cual se desconoce si es inocente o culpable en términos judiciales, revictimizaciones y todo un procedimiento que dista del posicionado en terceridades que medien a través de instituciones y leyes. Alguien que toma el poder (y la justicia) en perjuicio de otro con tono de denuncia, alguien que dice «se lo merece», alguien que responde en contra, otro que grita «ah, ¿lo defendés después de lo que hizo?», es el híbrido perfecto donde se pierde dimensión del hecho, del agravio y queda todo en el marco de un alivio proyectado a una opinión pública más adepta al escarnio que a la búsqueda de justicia. Las sociedades de control que teorizaba Deleuze quedan hoy más vigentes que nunca en la era digital de la denuncia y el escrache. Presenciamos el confinamiento de la justicia en «me gusta», «emojis» y «compartir», donde todo tiene valor a poco y donde todo se pierde en una catarata de datos.

gabrielromanelli88@gmail.com

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