Masiva movilización en Argentina en apoyo a Evo Morales. Crédito: Celeste Gómez .

Por Gabriel Romanelli

Luego del golpe de Estado perpetrado por el ejército, la policía y distintos sectores políticos y civiles contra el gobierno legítimo de Evo Morales, mucho se ha discutido en redes sociales si fue o no fue un golpe de Estado: como quien discute si hubo agarrón adentro del área o no en un partido de fútbol pero con consecuencias mucho más dañinas. Quizá por ignorancia pero con un inicio malintencionado, la época actual ha vilipendiado categorías que son extremadamente sensibles en un corolario sangriento latinoamericano. Conceptos como «dictadura» o «tiranía» se han usado hasta el hartazgo como definición de gobiernos democráticos, quizá antipáticos para ciertos sectores sociales, pero elegidos por el voto popular. Casualmente esas denominaciones caen sobre gobiernos regionales que en las últimas décadas han tenido mayor llegada a sectores mayoritarios, vulnerables: Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa, Hugo Chávez y por supuesto Evo Morales. Nobleza obliga, también he escuchado el apelativo «dictadura» sobre el gobierno de Macri. Cuando un término se vulgariza pierde su efecto, todo pasa a ser más o menos lo mismo. En ese sentido se le baja el precio a la democracia. En el caso boliviano, si frente a nuestros ojos tenemos a un «tirano» como se lo ha denominado a Evo Morales, el final de esa palabra es el preludio de un marco subjetivo que posibilita justificar cualquier cosa como daño menor. Entonces el golpe de Estado pierde su efecto regional y gana su pero, reitero: primero con malicia, luego propagándose, viralizándose con verdadera ignorancia. Si enfrente tenemos a un tirano y no a un representante elegido por el voto popular, el accionar queda por fuera de los límites establecidos: una especie de estado de excepción contra un gobierno donde voluntades con intereses puntuales encuentran la veta para erigir una «salvación». No es casual que muchos de los movimientos actuales neoliberales y conservadores en Latinoamérica lleven el sello de alguna facción religiosa detrás: la búsqueda mesiánica de salvación para un pueblo. Si se trata de Dios, volvemos a lo mismo, forzamos los límites y los excedemos: ¿quién va a estar en contra de Dios?

En su texto «El latino indolente», Ignacio Martín- Baró describe lo que denomina el síndrome fatalista. Él lo puntualiza en su país, El Salvador, pero es atribuible a Latinoamérica en su conjunto. Las principales ideas versan sobre un destino que está escrito desde el nacimiento, inmodificable y cuyo mentor es Dios. Un Dios lejano, todopoderoso e imposible de ser interpelado. No es casual que históricamente y actualmente la palabra de Dios se cristalice en bondadosas fuerzas armadas y de seguridad con fusil en una mano y la Biblia en la otra. 

Volviendo a Bolivia, la justificación del golpe de Estado o más bien de la «derrota del tirano» estuvo focalizada en la corrupción y la falta de alternancia en el poder, dado que Morales estuvo como mandatario desde la victoria en los comicios del 2005. Si bien son materia de discusión estos aspectos, nada justifica la reacción. «Es un golpe de Estado pero…» es una maniobra artera para polarizar dos ejes de manera dialéctica. El compromiso democrático asumido por los pueblos latinoamericanos, luego de las sangrientas dictaduras de los ’70 y los ’80, pierde fuerza ante hechos de relativización desmesurada. Si todo es dictadura, se le pierde el foco a la dictadura y se le baja el precio a la democracia. Si en la disputa entre hombres, uno invoca a Dios, cualquier situación se puede justificar con la consecuente falta de interpelación. ¿Dios podría ser un tirano?

gabrielromanelli88@gmail.com

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