Por Gabriel Romanelli

Elsa Bornemann describe en su gran cuento, «La caridad no usa botones», a un país ficticio llamado Peoresnada reinado por la miseria, donde pocos tienen mucho y muchos tienen poco. Una de las regiones más extensas de este paisito, llamada Malagua, sufre devastadoras inundaciones que provocan catástrofes. Los poderosos de este país estaban convencidos de que las inundaciones que se producían en esa zona era algo escrito en «el inmodificable libro del destino», por esta razón nada hacían para evitar futuras desgracias. En cambio sí llevaban adelante la práctica de la caridad. Donaciones por doquier se presentaban ante cada nueva emergencia: ropa, calzado, frazadas, colchones y alimentos.     Como peculiaridad, aquellos encargados de separar la ropa descubren que las prendas carecen de botones y cierres: a las prendas les falta algo. No voy a decirles el destino de esos botones y cierres porque Elsa lo cuenta mucho mejor que yo. Sí voy a contarles cómo la literatura me deja pensando, en este caso sobre el concepto de la caridad. Término que siempre genera discusiones. Tiende a confundirse con la solidaridad… pero la solidaridad es otra cosa. Luego de las elecciones presidenciales que determinaron la llegada de un nuevo gobierno a partir del 10 de diciembre, simpatizantes del actual oficialismo salieron a vilipendiar los resultados planteando que «de ahora en más no iban a donar ni ropa, ni comida ni nada». La lógica de la caridad plantea por un lado a un sujeto dador pero que no da cualquier cosa: da lo que le sobra, otorga el resto. Por otro lado a un sujeto carente, un necesitado, alguien que debe recibir ese resto y debe estar agradecido. En la caridad la necesidad se recorta desde el donante, no desde aquel que la recibe. Como teoriza el sociólogo norteamericano, Richard Sennet en su libro «El respeto», la caridad tiene el poder de herir, ya que en las sociedades occidentales el que recibe la donación tiene una carga pesada en relación con el donante. Lo mínimo que se espera de aquel es gratitud. Así queda moldeado un esquema donde la donación es una relación de poder donde alguien da algo y debe recibir algo a cambio.

He escuchado en infinidad de circunstancias la frase «cuando donás algo, te sentís bien», entonces realmente de ser cierto esto, ¿se está pensando en el otro? ¿se piensa realmente en la necesidad de aquel, o más todavía, en el deseo de esa persona que necesita? El deseo del necesitado es excluido de esta categoría: todo queda enmarcado en el «sentirse bien» del que da y el «sentirse agradecido» del que recibe, no hay incompatibilidades, no hay falta, porque hay resto, hay ropajes pero sin botones. Es la plusvalía de un sistema que excluye, de un paradigma que se quiere recortar en la igualdad cuando debería recortarse en la justicia. Alguien «necesitado», también es alguien que sueña, que llora, que se alegra y quiere lo mismo (o tal vez no) que otrxs: no es un mero cuerpo a alimentar o a arropar con remeras agujereadas. Con esto no quiero desalentar el acto de la donación pero sí que podamos pensar que aquel que recibe es más que un cuerpo o un signo debido de gratitud: es otra persona. Prestar orejas o prestar ojos quizá, en ocasiones, es un acto mucho más digno para equiparar las cargas, para vincularnos entre personas y no meras necesidades: es dar lo que nos falta, no lo que nos sobra. El acto de brindarnos como personas ante otras personas nos pone en lugares simétricos, en repartir botones, en un lugar compartido.

gabrielromanelli88@gmail.com

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