Los mandatos de masculinidad comienzan en la niñez y estos producen estragos en niños que son víctimas de un sistema que los priva de la ternura y de la emotividad por no responder a los patrones de conducta masculinos.

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Por Gabriel Romanelli.

En una cancha de fútbol infantil podés encontrar de un lado a niños jugando, del otro a menudo a padres y madres gritando. No necesariamente a ellos, quizá al técnico, quizá al árbitro, quizá entre ellos mismos. La dimensión de lo lúdico se pierde, choca con lo competitivo: bienvenidos al mundo. Si bien es algo que está cada vez más en discusión por suerte, las identidades culturales de género siguen produciendo estragos en niños y niñas. Y quiero detenerme puntualmente en los primeros. Padres y madres siguen regalando a los varones pelotas, armas, bloques de armado, y obviamente, tablets donde el tópico de los anteriores objetos mencionados pasa a la dimensión virtual. Fifa, Fortnite, Clash Royale, Minecraft, son algunos ejemplos que responden al sesgo de identidad relacionada con lo masculino. Inteligencias lógicas, inteligencias de hegemonía, inteligencias de competencias. ¿Por qué los varones no juegan con muñecas? ¿por qué hay un segmento determinado de juegos exclusivos para varones y otro para mujeres? El juego en la infancia reviste de una importancia suprema como signo no solo de elaboración de situaciones sino de producción subjetiva. Es la manera por excelencia de dejar huella en un entorno demasiado real y a partir de eso «ser y parecer en el mundo». Al varón se lo priva comúnmente de su emotividad, de llorar, de gritar. «No seas maricón» como premisa de algo que se cae de la identidad masculina. Existen actualmente generaciones de adolescentes y adultos varones que les cuesta conectarse con lo que les pasa. Personas que lloran en soledad, en silencio, sin conexión con el otro «porque llorar es de mina».  Las niñas sí tienen reservado lo emocional: se las dota de muñecas, peluches, juegos donde el desarrollo de sentimientos tiernos está a la orden del día. Si para el varón la realidad de su juego se basa en la violencia y la competencia, la realidad del juego de la mujer versa en la protección, en la ternura, en la emoción seguida de una palabra. Siguiendo la simplificación anterior, se suele ver mujeres mucho más conectadas con sus sentimientos, con sus emociones, con lo que les pasa pero también encuentran su barrera: «hacés drama por todo». El drama verdadero no es decirlo, sino callarlo. Por suerte cada vez más se están transformando estas ideas ya vetustas pero que siguen sesgando a las personas. Por suerte cada vez más las niñas juegan a «juegos de niños» pero aún no se cumple a la inversa. Suelo escuchar en la clínica situaciones como «el padre no quiere que el nene use pulseras o aprenda a cocinar». Cada vez más las mujeres ocupan lugares detentados por hombres y eso es un acto de justicia. Otro acto de justicia sería que el hombre pueda conectarse, tenga lugar para jugar «como una niña», que pueda ser tierno y desarrollar su potencia emocional, que pueda llorar, que se le permita ser sensible. Que el día de mañana, si así lo quiere, pueda ser un padre conectado con su familia, no solo como «sostén familiar». El dominio, las relaciones de poder y la competencia son los paradigmas de explotación capitalista y se transmiten de generación en generación. Por suerte la ternura también se puede transmitir. Para que un día dejemos de hablar de varones, de mujeres, de lo que es de uno y de lo que es del otro: para que podamos reconocernos en la dimensión humana de ser personas.

gabrielromanelli88@gmail.com

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