«Tristeza» de 
Manuel Carlevaro
 está licenciado bajo 
CC BY-NC-SA 2.0 

Por Gabriel Romanelli

Escribo estas líneas mientras digiero la muerte de una de mis mascotas. Algo repentino, intempestivo, algo que parte como un rayo. Hora y media  que convierte lo que es en recuerdo, en la nostalgia de los hechos que uno conlleva en la memoria y los recrea de manera discrecional. Porque eso es nuestra memoria, un presente que recuerda como le sale. Escribo y estoy triste. Pienso en la tristeza, en esa emoción que muchas veces no dejamos ser. «No estés triste», te consuela unx amigx. No es su culpa, ni la tuya: nos enseñan así. Nos enseñan a sonreír en la foto, cuando la sonrisa muchas veces es una mueca cultural de agrado, no más que eso. Nunca nos van a decir «no estés sonriendo». La mueca múltiplo de todo es la sonrisa, el sentimiento es la felicidad. Sinceramente es exultante estar alegre, sin embargo vale la pena a veces estar triste. Vale la pena bajonearse por las cosas que nos importan. Nos enseñan a no inoportunar a los otrxs con nuestra tristeza, ¿Por qué no? ¿Acaso los otrxs están alegres? La presión social, el bombardeo de imágenes, las redes sociales, llevan a un concepto donde todo es válido en materia de agrado. Cuántas veces nos dicen «shh, no hablés de la muerte», como si ésta entendiera de voces. Nuestra voz se apaga en el silencio de otrxs, en un puente que no conecta. Ojalá hablásemos más de la muerte, más de la tristeza, más de esas «cosas de las que no se hablan». Hablar de esas cosas no nos convierte en personas tristes, callarlas sí. Entender que todo porta una voz, una palabra a pronunciar, sería un alivio al peso del dolor que como tal existe y siempre estará. Al dolor hay que chamuyarlo, para no besarnos con el sufrimiento, con la negación, con el «aquí no ha pasado nada». Los que consuelan deberían prestar más sus oídos que sus consejos, perdón, a veces también caigo en la trampa de la consejería. No hay recetas para afrontar situaciones, solo hay palabras y ojalá no se callen: se digan. Mientras pensaré y recrearé la memoria de la pérdida como para atesorar, como para a veces recuperar y como para a veces reinventar.

gabrielromanelli88@gmail.com

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