El 16 de octubre de 1979 Las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) proclamaron el Día Mundial de la Alimentación. Su principal relevancia fue concientizar sobre las problemáticas que se dan en el mundo en torno a la alimentación, el hambre y la desnutrición.

«Verdurazo» by Fotografías Emergentes is licensed under CC BY-NC 2.0 
En Argentina se realizan verdurazos en modo de protesta.

Por Gabriel Romanelli

Lejos de que merme la brecha social con respecto a la alimentación, el hambre nunca dejó de ser un problema mundial. Esto en nuestro país se acrecentó en los últimos años. Luego de numerosas manifestaciones en las en las calles, el pasado 18 de septiembre se aprobó la Ley de Emergencia Alimentaria en un país, que paradójicamente, produce alimentos.

Ahora bien, la malnutrición y desnutrición no sólo se produce por hambre sino también por consumir alimentos no nutritivos que afectan nuestra salud.

La alimentación se la puede definir por su aspecto cultural, por su aspecto placentero, o también por su aspecto nutritivo. Este último suele ser el abandonado en la alimentación cotidiana. Nadie sabe bien qué está comiendo cuando toma un producto de la góndola del supermercado. La tabla de valores nutricionales es un mero cuadrante diminuto con datos que se pierden en las bondades del envase del producto. Alimentos que desatan un torbellino de neurotransmisores en el cerebro, alimentos que apelan a la incorporación de vitaminas o minerales como «superalimentos», alimentos irresistibles, alimentos que en sí de alimento no tiene nada. Cualquiera que lea detenidamente un envoltorio de algún alimento ultraprocesado se encontrará con cantidades gigantescas de azúcares, o lo que es peor, el famoso JMAF (jarabe de maíz de alta fructosa), de harinas refinadas, de sal y de centenares de calorías que no aportan absolutamente nada. Desde caja de cereales hasta galletitas dulces, pasando por gaseosas. Lácteos que prometen incorporar nutrientes a mansalva, a los bebés, niños, adolescentes y adultos. Todo lo que incorporamos en un supermercado tiene poco o nada de nutritivo. El azúcar y las harinas tienen niveles adictivos que nos llevan a comer más, se activa el denominado «circuito de recompensas» en el cerebro, en el área tegmental ventral. Comemos mal, nos enfermamos más porque debilitamos nuestra flora intestinal a causa de una mala alimentación. Según la OMS (Organización Mundial de la Salud) 2,8 millones de personas por año mueren a causa de la obesidad o el sobrepeso. Es por esta razón que los Estados están tomando cartas en el asunto en relación con políticas de salud, leyes de rotulado de productos, entre otras. La alimentación ha perdido su estatus de encuentro con comida de verdad, sin envoltorios, ni conservantes, ni químicos. Lo que ingerimos muchas veces es un porcentaje menor del producto que creemos que estamos consumiendo. Es por eso que en nuestro país, uno puede observar también en las góndolas productos que simulan ser leches y son alimentos a base de leches, o mieles que no son tales y así centenares de productos.

Es trágico este mundo de la abundancia por un lado y de la carencia alimentaria por el otro. Trastornos alimentarios, déficits nutricionales, poco tiempo para dedicarle a cocinar o ser consciente de lo que uno ingiere. Lo cierto es una cosa: si dejamos nuestros cuerpos a merced del mercado, no nos estamos alimentando nosotros: los estamos alimentando a ellos.

Gabrielromanelli88@gmail.com

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s