El rompimiento del sistema educativo sarmientino tradicional, resultaba imposible. El sueño de romper esa concepción excluyente basada en el hombre burgués y heterosexual parecía inalcanzable. Sin embargo, en 2011 se creó un nuevo espacio donde podemos, por fin, travestir a Sarmiento.

Por Celeste Gómez

Es marzo de 1971 y la campana anunciaba que debía entrar al aula. Ingresó con entusiasmo, exaltación, felicidad. En los recreos iba al baño a peinarse junto a sus amigas. Bailaban, jugaban, se reían de sus cuerpos. Pasaron sus quince minutos, el timbre sonó y marcó el momento de volver a sentarse frente al pupitre. Él, sólo veía un torso vestido con un guardapolvo blanco, uno más del montón, un alumno (un sin luz), una cabeza con cabello corto, una sonrisa, una cara masculina sin glamour, un rostro natural, un niño más. Del otro lado de la mesa, frente a un cuaderno, una personita de seis años, de sonrisa pícara y alegría contagiosa atendía perfectamente su clase. Un niño que, con interés, recordaba cada palabra que mencionaba su profesor. Un niño que le aguantaba la miraba y mordía los lápices con esa sonrisa de pómulos rojizos elevados y los ojitos brillantes.

“El ingreso a la escuela fue muy doloroso. A los seis años me enamoré perdidamente de mi maestro, Roberto, porque era muy bello”, dirá Lohana Berkins cuarenta y cinco años después en una entrevista con la periodista Luciana Peker.

Desde el siglo XIX tenemos en Argentina un único modelo de educación. El modelo de Sarmiento: un estándar que tiene como finalidad alcanzar la racionalidad para suprimir la barbarie. Este proceso educativo tradicional no atiende a las necesidades ni particularidades de cada persona, mucho menos permite la auto-regulación de lo femenino y lo masculino. Guay quien se atreva a representarlo, vivirlo o cuestionárselo.

Durante los inicios de su adolescencia, a Lohana le gustaba jugar entre sus trece hermanos. “Siempre pedía que mi hermana fuera el papá y yo la mamá, sino no había juego posible”. Ropa femenina, maquillajes, pelo largo, pómulos y tetas grandes, “quería tener tetas y sabía que no me iban a crecer como a mis hermanas”, comentó. A los trece años se dio cuenta de que no era mujer, “creí que era mujer y que había un error que iba a ser solucionado”. Tuvo miedo, pero también llegó a una primera certeza después de tanta incertidumbre: Lohana era travesti. Fue entonces que su padre la echó de la casa. No era lo suficientemente hombre.

Fuera de su hogar y sin la protección de su familia, Lohana buscó ayuda en otras manos para sobrevivir. Se refugió en familiares, como en los brazos de su tía Flora; en otros espacios llenos de vida como en el carnaval, el frío de la calle y en la prostitución.

Lohana sintió tanto dolor y tanto orgullo. Ante su familia respaldó sus decisiones con furia y convicción. El deseo de cambiar esas mismas concepciones convencionales, conservadoras e individuales no tardó en llegar. No había otro remedio más que arrancarlo de raíz. Moviéndose en los carnavales conoció mujeres que la aceptaban con todos sus sentires, como prostituta se acercó a chicas en su misma situación de vulnerable. Supo armarse, pero luchar nunca fue fácil, Lohana pagó con sudor y lágrimas el peso de ser dueña de su propio cuerpo. Sufrió, en carne propia, el castigo de poder decidir.

A los veintidós años la detuvieron  y se desmayó. La segunda vez sólo tuvo miedo. La tercera se lo esperaba. La quinta –o quizás la sexta–, conoció a La Mocha, una travesti tucumana que trabajaba en la zona de Flores y no sabía leer ni escribir. Cuando caían las dos en cana, Mocha le pedía a sus compañeras de calabozo que le leyeran. Lohana, junto a las demás, aprovechaba el espacio de las celdas para enseñarle a leer. “Hacelo de manera que ella no se sienta mal, que no se sienta menos”, les exigió.

En la numerología, el número 11 simboliza evolución, encuentros entre las sombras, el dolor y también con una nueva luz. Para los esotéricos, la fecha 11/11, como un código, abrirá las puertas a un mejor lugar. Después de tanto sufrir, ocurrió. El Bachillerato Popular Trans “Mocha Celis” nació el 11/11/11 en el corazón del barrio porteño de Chacarita. Ese día, cientos de personas encontraron en el más acá, un nuevo mundo.

En 2005, Lohana impulsó junto a Josefina Fernández su libro «La gesta del nombre propio», fruto de una ardua investigación que terminó cinco años antes de su muerte. Esta nueva visión transfeminista expuso datos impactantes. La investigación aseguraba que el 75% de las personas trans deja la escuela secundaria por discriminación, violencias y motivos económicos y su límite de vida es de sólo 35 años. El deseo de cambio y deseo de vida de Lohana Berkins estaba más latente que nunca. El 95% de las travestis que atraviesan esta situación contaron que terminarían sus estudios secundarios si existiese alguna institución que respete y apruebe sus elecciones, vivencias e identidades.

El impacto que generó La Gesta fue grande y urgente. Los dirigentes de la Organización Internacional “Acción Global por la Igualdad Trans”, Agustín Fuchs y Mauro Cabral se reunieron luego de conocer estas cifras y planearon un nuevo proyecto, un esquema que daría un pliegue de época, cranearon una revolución en el sistema educativo a nivel mundial: la creación de una escuela secundaria para travestis.

Frente a un parque inundado de duro cemento hay un edificio gris, cuadrado y húmedo. Es la Mutual Sentimiento, sede de el nuevo hogar. En él asisten noventa estudiantes. La mayoría adoptó este nuevo espacio para hacerlo propio, para ser.

En el Bachi Mocha solo el 40% de los que lo conforman son personas transexuales o travestis. Es decir, no es un espacio excluyente, es un lugar libre de discriminación, de sexismos y estigmatización. El plan de estudios abarca tres años y está avalado por la Dirección de Adultos y Adolescentes del Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires. Quienes se gradúan, reciben el título de “Perito Auxiliar en el Desarrollo de las Comunidades”.

Victoria Heredia cursa el segundo año del “Bachi”. Ella habla de la escuela como su casa. “No es sólo pintar y barrer, arreglar las mesas y sillas con la plata de nuestros bolsillos, es también amar la escuela”, expresa emocionada.

–Dos años atrás estaba viviendo en un basurero al lado de la Villa 31 consumiento pastabase con un grupo de gente y se me acercó Marlene Wayar para rescatarme y explicarme la experiencia Mocha Celis. No le di mucha bola. Dos años después, quise salir de la droga y empecé a militar. Ahí conocí a Alma Fernández (la primera presidenta trans de un Centro de Estudiantes del mundo), me anoté y empecé a estudiar. El Mocha me cambió la vida rotundamente.

La psicóloga y docente Antonella Córdoba comenta que para la psicología, al igual que en la docencia, lo que prima en la persona Trans es la patologización. En el CIE 10, uno de los manuales con más perspectiva social, todavía se sigue considerando al travestismo como una enfermedad. “Si uno no puede primero despatologizar, desde el discurso hegemónico y jerárquico, estas vivencias tan particulares y singulares del cuerpo y del sentir, es muy difícil que la sociedad pueda dar lugar a esa diferencia”, asegura Antonella.

Lo mismo sucede con la ley.

En el artículo 5 de la Ley de Identidad de Género se establece que todos los poderes públicos de la Ciudad de Buenos Aires deben, entre otras cosas, promover el reconocimiento de las capacidades, los méritos y las habilidades de las personas trans y de sus aportes en relación con el lugar de trabajo y el mercado laboral. En ese sentido, se debe fomentar en todos los niveles del sistema educativo desde el nivel inicial el respeto de sus derechos.

Berkins no es sólo una referente social. Es también maestra y madre de las travas más jóvenes, líder travesti de una comunidad que buscó un nuevo feminismo, uno diverso. Una mujer que luchó por el reconocimiento y nuevas oportunidades con la fuerza, la energía y el amor que a nadie le permitían tener. Es santificada entre la comunidad lesbiana, gay, travesti y transexual por su sencillez, su inmenso humor y cariño protector.

Gabriela Kut es la profesora de teatro. Uno de los requisitos de la materia es ir con ropa cómoda y ganas de jugar. Hacer teatro en el Bachi es una oportunidad para conocer el niño que todos llevamos dentro, una forma de conocer y adueñarse de sus propios cuerpos, tal como nacieron, pero sin prohibiciones. Sin embargo, no sólo produce entretenimiento, sino también angustia. No es fácil imaginarse dentro de otro cuerpo otra vez. No resulta sencillo forzar la garganta, cansada de tanto gritar en vano, para evocar a quienes no son. Gabriela, a través de la actuación y la representación de nuevos niños y niñas, intenta ayudarlxs a recuperar el tiempo perdido.

Romper con las estructuras es sumamente difícil, pero no imposible. Mocha Celis borró el miedo de volver a la escuela. No es un camino fácil. Pero, como diría Lohana: “en este mundo de gusanos capitalistas, hace falta coraje para ser mariposa”.

Lohana Berkins fue una instructora revolucionaria de nuevos sujetos revolucionarios. Una madraza trava. Una luchadora que defendió con cuerpo y alma a su bandera. La nueva Sarmiento. Mocha Celis fue su compañera y hoy, ambas, tienen un nuevo espacio de homenaje.

Desde este lugar lograron que el tiempo de los excluídos y excluídas se quede a vivir. Y no, la escuela no es como se la imaginaban. No hay guardapolvos blancos, no hay homogeneización, pero sí diversidades. El tiempo tardó. Para algunas, este renacer nunca llegó. Pero hoy, por fin, la comunidad travesti/trans puede izar una bandera. Su bandera.

celesteyaelgomez3@gmail.com

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