La era digital nos permite conectar con personas desconocidas, interactuamos, cambiamos opiniones, pero el anonimato exacerba las formas de odio, racismo y discriminación.

Por Gabriel Romanelli

La distancia óptima para decir «lo que se nos canta» es la distancia entre dos pantallas. Nuestra realidad se traspone en los resquicios de ceros y unos que engloban los mensajes virtuales. El cara a cara supone todo un vertedero de ceremoniales y protocolos que tienen que ver más con las buenas costumbres que con una amabilidad hacia los otros. Decir lo que pensamos siempre ha sido una cualidad curiosa. El «yo digo lo que pienso» plantea una premisa falaz de frontalidad. Más si esa aparente frontalidad tiene tintes de impulsividad y de daño hacia un otro. Las redes sociales hacen galantería de todo eso pero de una manera trágica: quitan la cercanía de los cuerpos, de esa potencia que conlleva el cara a cara con otros. Es por estas razones que el anonimato brinda una lejanía necesaria para mostrar a menudo nuestra cara más cruenta. El hecho de la distancia consumada plantea un escenario entre dos cuerpos sin cuerpos, entre dos miradas que no se cruzan. El mirar sin ser visto plantea un dominio sobre el territorio que permite volcar absolutamente todo sin ningún tipo de costo, sin ningún tipo de borde. Es tarde cuando nos damos cuenta de que ese dominio no es tal sino a la inversa: somos observados sin ser mirados y sin poder mirar. El terror a la ausencia de la mirada: nosotros no podemos mirar, pero el otro tampoco puede.

La mirada no es cualquier cosa. Uno en la mirada de un otro ve algo de su reflejo. La trampa tendida por la virtualidad habla del terror primigenio del que nace: una mirada que no es tal, que no nos mira. Vemos a otros en las redes sociales, sin embargo no miramos. Nos ven otros pero no nos miran: los otros no nos devuelven ningún reflejo. 

No hay corte entre mirar-ser mirado, ergo, caemos en la alienación perpetua de la red. La mirada del otro nos plantea muchísimas cosas, entre ellas un límite. Cuando no hay límite todo desborda, incluso nosotros. Entonces todo equivale a lo mismo. Los límites entre lo público y lo privado estallan en mil pedazos. Por esta razón se rebasan: insultamos, discriminamos, nos desnudamos, compulsivamente nos narramos de mil maneras diferentes, estallan los bordes, estallan los límites. Esos ojos tecnológicos presentificados ven, observan, calculan pero no miran: mirar es otra cosa. Mirar es reencontramos con nosotros mismos. Existimos a partir de la existencia de una mirada que nos dio una identidad. No hay nada más perturbador que la mirada del otro dado que es imposible calcular qué indica. El sujeto cartesiano muere en la duda de una mirada que lo mira y que al mismo tiempo mira: no hay pensamiento ni forma de poder simbolizarla. Por alguna razón «nos animamos» más en la distancia de la red social, del monstruo de la big data que une y desune rápidamente. Narciso murió ahogado por venerar su reflejo en un estanque: buscaba una mirada. Ojalá podamos ser algo más que los Narcisos digitales de esta época. Por el momento el estanque digital está presto para ahogarnos.

gabrielromanelli88@gmail.com

Un comentario sobre “Redes sociales: La cara más cruenta de un “No me gusta”

  1. La realidad de las redes sociales tiene también su lado positivo, en la gente que se anima a comentar páginas o publicaciones en las que no conoce a quienes les plantea un Punto de vista propio, una opinión. Siempre van a estar los que se aprovechan de eso y toman partida para mostrar su lado humano, buscando ser «graciosos» con la impunidad que les da no tener al otro cara a cara, insultando o degradando a quien se les cruce.

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